Uno de los primeros grabados en los que aparece Colón
Uno de los primeros grabados en los que aparece Colón

Colón es en realidad un invento de patriotas gringos

El catedrático de la Universidad de Texas, uno de los grandes revisionistas actuales, analiza el olvido de Colón durante siglos

Por JORGE CAÑIZARES-ESGUERRA
HistoriadorActualizado:

Una cosa es la «historia» y otra lo que las sociedades escogen del pasado para celebrarlo. Colón no merece celebraciones públicas. Que yo sepa nadie derramó lagrimas por él después de su muerte. Entre los Austrias nadie lo memorializó con estatuas. Nadie escribió ni poemas ni épicas. Las hubo a fines del siglo XVI para el demonio, Draco (el pirata Drake), pero no para Colón. En su Política Indiana (1647), el jurista Juan Solórzano y Pereyra no le concedió a «Colonia» más peregrina atención que la que él le dio al nombre «América», ambos en su opinión desperdicios.

Será solo un aislado flamenco, Johanes Stradanus, quien le dedicó a Colón a fines del XVI un par de grabados, junto a Magallanes y Vespucio. Stradanus representará a Colón de la misma forma en que el genovés se imaginó a sí mismo, es decir, como providencial mensajero de la llegada del milenio al Nuevo Mundo, portador de Cristo y del espíritu santo prefigurados en su nombre Christum-ferens y Colomba.

Semejante megalomaníaca lectura se la concedieron solo dos de sus contemporáneos, su hijo ilegítimo Hernando y el fraile Bartolomé de las Casas, que dedicará su vida a fulminar contra empresarios-encomenderos idénticos a Colón.

Equivocado geógrafo

El resto no pensó de Colón más de lo que realmente él fue: un afortunado piloto-cartógrafo, equivocado geógrafo, y empresario que buscó asegurarse contratos y nuevos linajes a base de abrir nuevos mercados de especies, oro, perlas y esclavos.

Colón fue uno de centenares con los que la Corona firmó contratos y uno de los pocos que logró construir nuevos linajes a base de desatar la violencia y promover la esclavitud. Más importante, Colón fue uno de docenas de empresarios de cruzada que los cronistas del rey buscaron olvidar desde mediados del siglo XVI para celebrar narrativas de pacificación, justicia y orden en las fronteras americanas. Después de la conquista, Colón no recibió en España sino desprecio y docenas de litigios. ¿De dónde entonces tantas lágrimas? ¿De dónde los monumentos?

Cuando ciertos sectores de España lloran hoy el ataque a las estatuas de Colón lloran una narrativa que crearon los «británicos», una narrativa explícita y socarronamente anti «española».

A Colón lo recuperaron del olvido los patriotas gringos para celebrar un héroe liberador, encadenado por el rey Católico Fernando, representante del oscurantismo español. Los poemas épicos de Joel Barlow sobre Colón, The Vision of Columbus (1787) y The Columbiad (1807), son escritos sobre prefiguraciones de la modernidad ilustrada descarriladas por la intolerancia ibérica.

En los poemas, Colón aparece como estadista, maestro de la ciencia y la tecnología, buscador incansable de la conversión pacífica a partir del libre comercio. Paradójicamente, Barlow y los miembros de la ilustración norte-europea hicieron de Colón una alternativa al ancien régime en general y a la brutalidad hispánica en particular. Los ilustrados criollos norteamericanos expresaron su rechazo a Gran Bretaña dándole a King College el nombre de Columbia en Nueva York. El nombre «Columbia» proliferará desde entonces en calles, parques, ciudades, y territorios de la nueva nación; será talismán para evocar la audacia de la ilustración comercial contra el legado «medieval».

Este es el Colón que heredaron los patriotas hispanoamericanos. Francisco de Miranda conoció el primer poema de Barlow en Connecticut y vivió con él en Londres, mientras Barlow transformaba su The Vision en la The Columbiad. Miranda saldrá de ese encuentro con un proyecto político específico: de liberación. Miranda hizo de toda la Hispanoamérica Colombia. Bolívar fue más modesto. Pero tanto Bolívar como Miranda miraron a Colón como lo hizo Barlow, es decir, como avatar de modernidad liberal antihispana.

El Colón que floreció en el XIX y que murió a regañadientes en 1992 fue el hijo de un discurso que al genovés le sería extraño. La comedia de la historia juega con los hombres. Un hombre que prosperó en medio de empresas esclavistas en África, América y Canarias se trasformará en destructor de cadenas. El empresario místico portador de lenguas de fuego en Pentecostés se transformará en avatar de la modernidad secular. El perdidamente equivocado geógrafo se hará emblema de audacia científica. El olvidado e ignorado litigante de los Austrias se convertirá en símbolo del hispanismo franquista.

Los que lo lloran hoy lloran fantasmas.