La entrada a la Cueva de Salamanca
La entrada a la Cueva de Salamanca - David Arranz
Leyendas

La Cueva de Salamanca que parodió Cervantes

En uno de sus entremeses se inspiró en las legendarias clases del diablo en la cripta de San Cebrián

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La ciencia que el astuto estudiante aprendió en la Cueva de Salamanca y que Pancracio anhelaba saber aún esboza una sonrisa en quien lee el famoso entremés de Miguel de Cervantes. «Entremos; que quiero averiguar si los diablos comen o no, con otras cien mil cosas que dellos cuentan; y, por Dios, que no han de salir de mi casa hasta que me dejen enseñado en la ciencia y ciencias que se enseñan en La Cueva de Salamanca», pone en boca del engañado marido de Leonarda el célebre escritor español, que se inspiró para su parodia publicada en 1615 en una famosa leyenda salmantina.

Bajando por la calle de San Pablo y subiendo la cuesta de Carvajal se llega a la cripta de lo que fue la iglesia de San Cebrián. Allí cuenta la leyenda que se encontraba la famosa cueva, cuyo origen algunos atribuyen al mítico Hércules, donde el demonio impartía en el siglo XIV sus clases a siete estudiantes, durante siete años seguidos. Desde el fondo de la estancia subterránea y a la luz de una incombustible vela, el diablo pervertía las inocentes almas de los alumnos con sus lecciones de magia negra, adivinación o nigromancia. A cambio, éstos debían pagar un precio. Uno de ellos elegido al azar debía pagar o quedarse para siempre en la cueva de Satanás.

Se cuenta que uno de estos estudiantes fue Enrique de Aragón (1384-1434), Marqués de Villena, a quien el sorteo le deparó pagar al maestro y, al no poder cumplir con la deuda, quedó preso en la cueva. Enrique de Villena se escondió entonces en una tinaja y aguardó su oportunidad. Cuando el maestro y los estudiantes volvieron, se sorprendieron de no encontrarle en la cueva y salieron del recinto proclamando su insólita desaparición. En su precipitación, dejaron abierta la puerta de la cripta y el marqués aprovechó para llegar hasta la iglesia y esconderse tras un altar hasta que al día siguiente pudo salir durante la misa.

Así lo relata el padre Feijóo en el discurso sobre «Cuevas de Salamanca y Toledo, y mágica de España» de su «Teatro Crítico Universal» (tomo VII) donde afirma que «desde entonces cesaron dichos estudios en la cueva o sacristía». Añade, sin embargo, un desacertado dato al señalar que la historia «sucedió por los años 1322», 62 años antes de que el marqués de Villena naciera. En opinión del padre Feijóo, era el sacristán quien engaitaba a los muchachos con algunos juegos de manos que sabía y por enseñárselos les sacaba los cuartos que podía. «Todo lo demás lo fue añadiendo el vulgo poco a poco, hasta formar una gigantesca fábula», añade el ilustrado (1676-1764).

En esta leyenda, que gozó de notable fama desde finales de la Edad Media, se suman otros detalles, como que el marqués de Villena tuvo que dejar en prenda su propia sombra para burlar al diablo y escapar de la cueva.

«Resulta llamativo el hecho de que la Cueva de Salamanca se halle relacionada con una iglesia puesta bajo la abvocación de san Cebrián», señala Mónica Marcos Celestino en su estudio sobre «El Marqués de Villena y La cueva de Salamanca». San Cebrián es el nombre popular de san Cipriano de Antioquía, que antes de convertirse al cristianismo fue mago. En el siglo XVI alcanzó gran fama el «Libro de san Cipriano», con conjuros e invocaciones al diablo.

La fama de la cueva de Salamanca pervivió dentro y fuera de España, en obras como la comedia de Juan Ruiz de Alarcón, la de Francisco Rojas Zorrilla e incluso por autores extranjeros como el alemán Theodor Koerner o el inglés Walter Scott. En Hispanoamérica fue tan popular que aún hoy se asocia el término Salamanca con la magia y la brujería.