Viñeta del célebre dibujante de ABC, realizada en 2007
Viñeta del célebre dibujante de ABC, realizada en 2007 - MINGOTE

«El insulto es siempre más sincero que el piropo o el halago»

De la mano de Pancracio Celdrán, autor de «El gran libro de los insultos», ABC ofrecerá a sus lectores un serial diario sobre el origen de los términos ofensivos más conocidos del castellano

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«No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, porque no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo», avisaba el insigne Camilo José Cela, Premio Nobel de literatura en 1989, ejemplificando una vez más las fuertes raíces que unen al castellano con el amplio abanico de palabras malsonantes que posee. La riqueza de nuestro idioma, unido al sutil uso de la ironía que maneja la sociedad, ofrece un terreno abonado para la proliferación de lo que también se conoce como tacos. Un reguero de términos que nos acompañan casi diariamente sin que podamos o queramos hacer nada para evitarlo.

Pancracio Celdrán, autor de la obra «El Gran Libro de los insultos», publicado por la editorial La Esfera, donde quedan recogidos alrededor de 10.000 improperios, pone el foco en la larga tradición que atesoran, «entre las voces del léxico, en cualquier idioma, destacan los adjetivos de valoración: malo, bajo…incluyendo en sus épocas muy formativa de las lenguas los insultos. De hecho, estas voces críticas se encuentran entre las más antiguas. En castellano insultos como fementido, felón, vil o villano pueblan los primeros monumentos literarios: Poema de Mío Çid, Auto de los Reyes Magos».

Incluso en las situaciones más comprometidas se nos puede haber escapado algún exabrupto, y es que su expansión desde hace siglos es un hecho innegable, «ello es así porque forman parte de la cosmovisión del hablante, de la manera peculiar que cada uno tiene de considerar a las cosas y a los individuos, siempre en relación con la experiencia personal». Celdrán señala la inclinación natural del hablante a la crítica negativa, más que a la alabanza, «a menudo el emisor no es mesurado en el uso de estas armas arrojadizas que son los insultos, de modo que conviene andar avisado al respecto, y a quien sólo es un canalla no cargarle con la responsabilidad adicional de ser también un cabrón».

«Los insultos forman parte de la cosmovisión del hablante»

Sin necesidad de que este artículo se convierta en un diccionario de sinónimos, habrá observado el lector que aún no ha salido mencionado el término 'palabrota'. «Acaso no deba hablarse de palabrotas, ya que el aumentativo no se aviene con la realidad. Tampoco hay palabritas, fuera de las del amor. Debemos hablar de palabras, que por su etimología (del griego parabola) indica un acercamiento figurado a la realidad de las cosas. De ahí que un término no sea inferior ni superior a otro, sino que todos remiten a una realidad nombrada. Esto vale también para el insulto y el elogio, para la imprecación y la blasfemia», explica Celdrán.

La importancia que desprenden este tipo de vocablos queda reflejado en la intención con que se profieren, «el insulto es siempre más sincero que el piropo o el halago, y ello es así porque quien insulta es porque se siente agredido, no es cosa que se haga de manera gratuita o sin motivación oculta. Y es que remedando al clásico: ‘Ay de quien es adulado, porque acabará corrido o engañado’».

El alto número de blasfemias que recoge el Diccionario de la lengua española (DRAE) impresiona a primera vista, pero no tanto si atendemos al conciso análisis que expresa Celdrán, «la cantidad sorprende, pero no tanto si se advierte que cada región, cada pueblo, cada rincón del mundo hispano parlante tiene peculiaridades al respecto. El tesoro lingüístico del castellano o español es particularmente extenso en este tipo de términos».

Apelativos «marcados» por el sexo

Una de las cuestiones que más sorprende es la aparente exclusividad que parecen tener determinados improperios en relación al género del destinatario, «no es lo mismo braguetero dicho al hombre que da el braguetazo…, que braguetera o mujer que se calienta con facilidad, referido a la hembra lujuriosa atacada de lascivia. El gorrón, es criatura que vive parasitariamente…, pero la gorrona es mujer que se prostituye; el cambio de sexo del término se da en miles de insultos, donde el femenino es más grave que el masculino: guarro es malo, pero guarra es peor. Decimos que es quedón el muchacho un tanto bromista…, pero es quedona la muchacha que rápidamente accede a los avances del varón».

Celdrán termina explicando que gran parte de culpa de esta polémica procede de la confusión sustentada en la creencia de que el género gramatical es inherente al sexo de la cosa nombrada, «en latín, lengua de la que procedemos lingüísticamente, el concepto de genus hominum alude al género humano sin distinción de sexo; el término homo aludía al individuo de la especie y no distinguía entre hombre y mujer. En latín civis (ciudadano), es masculino y femenino; parens es femenino y masculino, y significa 'padre' o 'madre' o ambas cosas; 'parentes' alude a la familia o parentela, incluidos cuantos viven bajo un mismo techo. La ignorancia de estos usos hace que caigamos en disputas vanas propiciadas por cierta hipersensibilidad feminista que algunos personajes han querido aprovechar para aparecer como los salvadores de la extensa grey femenina».