Un ejemplar de la primera edición del libro «Mein Kampf» (Mi lucha) de Adolf Hitler
Un ejemplar de la primera edición del libro «Mein Kampf» (Mi lucha) de Adolf Hitler

«Mein Kampf»: Hitler expone su vida, su programa y sus obsesiones

Su visión del mundo es puro darwinismo social: concebía la historia como una lucha de razas que competían por el territorio, y la pureza racial determinaba el éxito

RODRIGO GARCÍA-MUÑOZ VAQUERO
Actualizado:

A principios de 1924 Hitler se encontraba en la prisión de Landsberg tras su condena por el fallido «Putsch» del año anterior. Fue entonces cuando empezó a dictar, primero a su chófer y después a su camarada Rudolf Hess, también encarcelado, su obra programática, «Mein Kampf» (Mi Lucha).

El libro empieza con una autobiografía, en la que el autor da una visión idealizada de su trayectoria vital, para exponer a continuación, de manera desordenada pero rotunda, su Weltanschauung (Cosmovisión): Los males que afligían a Alemania, sus causas y las soluciones que planteaba para llevarla a la grandeza que, según exponía, por derecho le correspondía.

Predestinado

Al relatar su vida, Hitler consideraba una «predestinación feliz» haber nacido en Braunau am Inn, una pequeña ciudad fronteriza entre Alemania y Austria, dos estados cuya fusión juzgaba «un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance».

Desde pequeño sintió «un amor ardiente por mi patria austro-alemana y un odio profundo contra el Estado austriaco», que definía como una mezcolanza de nacionalidades carente de pureza racial. Perdió a su padre en 1903 y al morir su madre, cinco años más tarde, se instaló en Viena, donde, según cuenta, adquirió por primera vez conciencia de dos peligros «de espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemán: el marxismo y el judaísmo». En Viena malvivió durante un tiempo hasta conseguir ganarse la vida como pintor de postales y trasladarse en 1912 a Munich, «¡una ciudad alemana!», que contrastaba con «la Babilonia de razas» de Viena.

De «gefreiter a infiltrado»

Al estallar la guerra en 1914, fue aceptado como «kriegsfreiwillige» (voluntario), combatiendo en el frente occidental, donde el «gefreiter» (soldado de primera) Hitler recibió por dos veces la Cruz de Hierro, que luciría orgulloso durante el resto de su vida. A punto de terminar la contienda sufrió un ataque químico que le provocaría ceguera temporal.

Así, la derrota de Alemania le sorprendió en el hospital donde era tratado por «histeria de guerra», secuela del gas mostaza. Recibió la noticia llorando... «Y germinó en mí el odio a los promotores del desastre que habían apuñalado por la espalda a la amada nación: los marxistas y los judíos».

Entonces adquirió conciencia de su misión: «¡Había decidido dedicarme a la política!». Pronto tuvo su oportunidad: En 1919, le fue ordenado por el ejército infiltrarse como informador en una pequeña organización política de las muchas que por entonces surgían en Múnich.

Se trataba del Partido de los Obreros Alemanes, que al año siguiente pasaría a llamarse Nationalsozialistische Deutsche Ar-beiterpartei (Partido Obrero Alemán Nacional-Socialista). Sus dotes como orador llamaron pronto la atención de su presidente Anton Drexler, quien le invitó a afiliarse. A golpe de mítines fue ascendiendo en la jerarquía del partido hasta conseguir en 1921 que le designaran presidente con todos los poderes.

La Cosmovisión

Su «Weltanschauung», a la que dedica la segunda mitad de su obra, es puro darwinismo social: concebía la historia de la humanidad como una lucha de razas que competían por el territorio, y la pureza racial determinaba el éxito.

En Alemania, la pureza de los arios estaba amenazada por la más baja de todas las razas, los judíos, que aspiraban a dominar el mundo por medio del bolchevismo. Había por tanto que destruir al «bolchevismo judío» instalado en Rusia, lo que también sería el final de Rusia como estado: «Su territorio proporcionaría al pueblo ario el ansiado Lebensraum (espacio vital) que la “raza dominante” necesitaba para prosperar».

Esta visión condicionaría la agresiva política exterior de Hitler. Era consciente de que la única manera de obtener espacio vital era la guerra, y sólo él decidiría cuando comenzarla. Aunque las tierras a conquistar estaban en Rusia, antes de iniciar su «Drang nach Osten» (empuje hacia el Este) debía derrotar a Francia, la potencia hegemónica en Europa. Y como aliados de Francia, Polonia, Checoslovaquia y Yugoslavia eran también enemigos a batir.

Hitler, que al principio se consideraba un mero «agitador», se retrata ya en «Mein Kampf» como un «líder» elegido por la «Providencia» para salvar a su pueblo y conducirlo a la grandeza. Fiel a sus postulados, los puso en práctica cuando alcanzó el poder. Al hacerlo, el guía espiritual, político y militar del Tercer Reich arrastraría a su propio pueblo y al resto del mundo al más profundo abismo.