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Una inteligencia casi humana

Solucionan problemas matemáticos, aprenden el lenguaje de los signos, usan herramientas y mienten. Nuevos estudios y una película insisten en las semejanzas con los simios

Día 16/07/2012 - 17.51h
Una inteligencia casi humana
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Una escena de «El origen del planeta de los simios» de Rupert Wyatt

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En la primera escena de «El origen del planeta de los simios», la película de Rupert Wyatt estrenada recientemente, una chimpancé es capaz de resolver con una increíble habilidad la «torre de Hanói», un juego matemático que en el filme denominan «torre de Lucas», consistente en apilar unos discos de radio creciente en tres estacas de un tablero. Los resultados de la prueba son, lógicamente, pura ciencia ficción -ni siquiera los monos son reales, sino producto de la magia de Hollywood-, pero el desafío que se le presenta al simio cinematográfico tampoco es tan diferente a los que los primatólogos plantean a los chimpancés en laboratorios para medir su inteligencia. Por pruebas similares se sabe que estos primates son, sin lugar a dudas, las criaturas que más se asemejan a los seres humanos. Tienen conciencia de sí mismos, capacidad simbólica y cultura que transmiten de generación en generación; pueden aprender el lenguaje de los signos con un vocabulario de unas 300 palabras, y son incluso superiores a nosotros en algunas habilidades de memoria matemática. Cooperan con sus congéneres, pero también pueden ser manipuladores y mentirosos, una astucia muy humana para la que hace falta un desarrollo cognitivo complejo. Solo ellos y nosotros sabemos elaborar una mentira.

Pero, ¿de verdad somos especies casi iguales? La cuestión es realmente peliaguda. Algunos aseguran que no hay apenas diferencias, lo que incluso llevó a una polémica petición de «derechos fundamentales» para los grandes primates y la propiedad sobre su selva, mientras que otros consideran que detrás de una postura semejante no hay más que el deseo sentimental de humanizar a los animales. Lo cierto es que, sin tomar partido, mirar a los ojos a un chimpancé en la jaula de un zoo estremece. Es como presentarnos ante un pariente lejano y extravagante en el que reconocemos algunos de nuestros rasgos. Para empezar, compartimos con ellos alrededor del 98 % de los genes. «Chimpancés y seres humanos tienen un antecesor común que no compartimos con ningún otro primate. Los dos linajes se separaron hace unos seis millones de años», explica el doctor Israel Sánchez, del departamento de Paleobiología del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC. Pero los homínidos dejaron los bosques para adentrarse en el ambiente abierto de la sabana, algo muy extraño en un primate, y se pusieron de pie, mientras que los chimpancés siguieron siendo «cuadrípedos y arborícolas». Para el paleontólogo, ahí está la clave de las diferencias. Cada uno por su lado perfeccionó un tipo diferente de locomoción muy específica y original, y posteriormente se produjo «un desarrollo cerebral distinto».

Cerebro de chimpancé

Un estudio publicado en Current Biology esta misma semana por Tetsuro Matzusawa, de la Universidad de Kyoto, uno de los más grandes investigadores de primates del mundo, ha seguido, por primera vez, el desarrollo del cerebro del chimpancé desde que nace y lo ha comparado con el del ser humano, que es tres veces mayor. En ambos, partes críticas para las funciones cognitivas son inmaduras en el nacimiento. Sin embargo, los bebés humanos desarrollan la materia blanca prefrontal de forma mucho más espectacular que las crías de chimpancé, lo que les permite un mayor desarrollo del lenguaje y de habilidades de interacción social.

A pesar de esa desventaja, la inteligencia de los chimpancés es bien reconocida, y los primatólogos la comparan con la de un niño humano de 2, 3 ó 4 años. En un experimento realizado por científicos del Instituto Max Plank de Alemania, llamado el «cacahuete flotante», se entregaba a un grupo de niños de esa edad y a unos chimpancés una probeta con una nuez dentro y un vaso de agua. Es fácil imaginar lo que había que hacer para obtener el premio. A iguales condiciones, animales y niños alcanzaron aciertos similares. Pero se demostró que no aprenden igual. Los niños son capaces de imitar a los que saben, el mono improvisa con creatividad. También se les ha pedido sumar, restar o reconocer fracciones. En pruebas numéricas en las que está en juego la memoria visual, como recordar en orden la posición de números que desaparecen en una pantalla, incluso han obtenido puntuaciones superiores a las de ¡estudiantes universitarios!

Producen herramientas

Otro factor interesante reconocido en los chimpancés es que «producen herramientas para conseguir sus alimentos, incluso sin que nadie les haya enseñado, por un método de ensayo y error», dice David Riba, antropólogo de la Fundación Mona, un centro de recuperación de primates cercano a Gerona, e investigador del instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Humana (IPHES) . Estas herramientas van desde palitos para obtener miel o termitas hasta lanzas para la caza. Los investigadores del Max Planck demostraron que estos instrumentos podían ser multiuso, lo que requiere una manifiesta capacidad de planificación.

Y tienen cultura, algo que ya avanzó la famosa etóloga británica Jane Goodall tras convivir con ellos en África, unos conocimientos que se transmiten de madres a hijos. «Se han documentado 39 tradiciones entre distintos grupos de chimpancés en libertad relacionadas con la obtención de recursos, hábitos higiénicos o tipos de saludo», recuerda Riba.

Pero, sin duda, la habilidad de los chimpancés que más llama la atención es su destreza para aprender el lenguaje norteamericano de los signos, algo que nos resulta fascinante. La primera en hacerlo fue una hembra,Washoe, que empleaba unas 300 palabras. Este lenguaje, aunque muy limitado y básico -«quiero una manzana» o «quiero jugar»-, forma frases gramaticalmente correctas con sujeto, verbo y predicado, en ese orden.

Sensibles y con personalidad

Los investigadores dicen, además, que son seres sensibles y con personalidades distintas. «Son muy sociales, establecen vínculos emocionales muy fuertes, especialmente con las crías, y si están solos o aislados, enferman», explica Miquel Llorente, psicólogo y responsable de investigación de la Fundación Mona. El experto cree que se puede hablar de «amistad» entre chimpancés y de un «proceso de duelo» ante la muerte de un miembro del grupo, aunque reconoce que este punto resulta un tanto «controvertido». Otra investigación, echa pública recientemente por el Centro de Investigación de Primates de Yerkes (EE.UU.), aseguraba que los chimpancés son generosos por naturaleza, una cualidad que hasta ahora se creía exclusivamente humana. «También se reconcilian tras un altercado, comparten alimentos con los más débiles y ayudan a los heridos», dice el primatólogo Roberto Ruiz Vidal.

Pero, ¿tienen conciencia de sí mismos? Muchos especialistas creen que sí, porque se reconocen en un espejo, y algunos les creen capaces de atribuir pensamientos e intenciones a otros seres, lo que se conoce como «teoría de la mente», una capacidad, sin duda, extraordinaria. Por eso, quizás, como nosotros, mienten.

Entre lo imposible y lo real

En «El origen del planeta de los simios», los chimpacés recreados muestran unas características que, como obliga el guión, son extraordinarias, pero también reflejan el comportamiento y la fisiología de estos animales con más o menos acierto. Estos son los aspectos mejor y peor tratados, según el primatólogo Roberto Ruiz Vidal:

-Locomoción bípeda: Los chimpancés caminan apoyando los nudillos, pero en la película no hay ningún problema para que lo hagan sobre dos patas. En realidad, la morfología de su cadera no les permite que el bipedismo sea su locomoción habitual, pero algunos chimpancés sí son capaces de ponerse de pie en ocasiones.

-Lenguaje hablado: Posiblemente, sea lo más absurdo. Los chimpancés no tienen el aparato fonador preparado para producir palabras. Sin embargo, el lenguaje con signos «sí está bien representado».

-El simbolismo: Un círculo con un rombo en el centro representa algo muy importante para «César», -el chimpancé protagonista que en realidad interpreta el actor Andy Serkis-, que lo pinta en una pared. En la vida real, varios ejemplares de esta especie y de gorila han demostrado sus habilidades para la pintura, «llegando a representar un perro y un gato». Incluso se han hecho exposiciones con sus «obras de arte».

-La añoranza y la tristeza: La vida en cautiverio supone «una ruina emocional» para los chimpancés, asegura el primatólogo, por lo que manifiestan su tristeza con gemidos y quejas. Eso sí, los gestos en la película están «demasiado humanizados»

-El liderazgo: Según Ruiz Vidal, está muy bien representado en la película, ya que estos animales tienen una estructura jerárquica. También considera que la cinta refleja bien los lazos sociales y las alianzas entre individuos por un objetivo común, e incluso cree que podría producirse una comunicación entre distintas especies, como aparece en el filme.

-Saltos y escaladas: Son muy fuertes y están muy capacitados para trepar por la pared de un edificio, pero los saltos que aparecen en el filme «están muy violentados y exagerados, como un Jackie Chan de los simios».

-La influencia humana en la evolución: El paleontólogo Israel M. Sánchez cree que no podemos atrevernos a imaginar cómo evolucionarán los chimpancés dentro de millones de años, pero «lo que está claro es que el ser humano no tiene el poder de influir en la evolución de la especie, porque la evolución implica variaciones en la frecuencia génica de las poblaciones a lo largo del tiempo, y nosotros solo actuamos sobre el comportamiento de individuos»

Grandes cobayas de laboratorio

Uno de los puntos que según los expertos consultados mejor refleja «El origen del planeta de los simios» es el uso de chimpancés para experimentación médica y científica, en este caso para buscar una posible cura al mal de Alzheimer. La UE acordó el pasado año limitar la experimentación con grandes primates, aunque, para organizaciones ecologistas muy activas como Proyecto Gran Simio dejó «una ventana abierta» a que cada país o empresa farmacéutica interpretara las leyes a su manera, ya que la UE permite el «uso excepcional» de grandes simios si se trata de pruebas para tratar de curar «una enfermedad muy grave» o está en juego «la supervivencia de la propia especie». De momento, solo Inglaterra, Austria, Nueva Zelanda y Australia han prohibido experimentar con grandes primates. En España, el Congreso aprobó una proposición no de ley al respecto en 2008, pero el Gobierno nunca la consideró.

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