El mundo de Gabo
Imagen del escritor en Bogotá - EFE

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Sigo pensando que «Cien años de soledad» es una de las mejores novelas que he leído

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Leí Cien años de soledad allá por 1977, cuando cursaba quinto de secundaria y la novela de García Márquez era lectura obligatoria en mi colegio, junto con otros títulos de Ribeyro, Arguedas, Carpentier y Vargas Llosa. Recuerdo que uno de los ejercicios que el profesor Juan Ochoa nos mandó hacer consistía en armar el árbol genealógico de los Buendía, que en la edición conmemorativa de la Real Academia Española (2007) aparece entre los estudios preliminares. Otra pregunta del control de lectura fue sobre los fantasmas que aparecen por la novela, y así de memoria recuerdo que escribí sobre Melquíades, Prudencio Aguilar y Pietro Crespi. Y todavía me acuerdo que había una tercera pregunta sobre la influencia del Antiguo Testamento en Cien años de soledad. La cuarta la he olvidado para siempre. ¿No es maravilloso que todavía tenga frescas en mi memoria tres de las cuatro preguntas de un examen escolar de 1977? No encuentro mejor manera de demostrar por qué Cien años de soledad es un libro memorable.

Ya en la universidad leí las demás obras de Gabriel García Márquez y debo admitir que ninguna me deslumbró tanto, aunque considero que Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en los tiempos del cólera (1985) y sus Cuentos Completos (varias ediciones) son otros títulos imprescindibles para mí. Por desgracia, en mi propia universidad los detractores de Vargas Llosa nos instaban a preferir los libros del colombiano porque el autor de Conversación en La Catedral había «traicionado a la Revolución Cubana», y así fue cómo descubrí que la política, la ideología y la militancia son incompatibles con el placer. Todo aquello se me antoja muy infantil ahora, pero entonces –entre los 18 y los 20 años– me parecía de una enorme trascendencia. De hecho, sigo pensando que Cien años de soledad es una de las mejores novelas que he leído y sé que al reconocerlo no apoyo ninguna causa en general ni denigro a nadie en particular.

¿Cuál es el legado de Gabriel García Márquez en esta hora en que su ausencia nos deja mucho más huérfanos? En lo personal me gustaría destacar su generosidad, su discreción y su lealtad. García Márquez fue muy generoso con varios jóvenes escritores colombianos como Jorge Franco, Santiago Gamboa y Juan Gabriel Vásquez –entre otros–, a quienes más de una vez elogió y estimuló. Por otro lado, como la discreción tiene tres acepciones, quiero dejar claro que colmó las tres. A saber, que después de ganar el Nobel declinó ganar cualquier otro premio comenzando por el Cervantes; que jamás alentó murmuraciones o habladurías acerca de sus públicas diferencias con otros escritores, y que mantuvo un elocuente silencio durante las últimas décadas, a pesar de las críticas que recibió por novelas como Memoria de mis putas tristes (2004) o por su apoyo al régimen castrista.

Y aquí es donde quisiera enaltecer su lealtad –que no era solamente política– porque supo disfrutar de la amistad de figuras como Juan Goytisolo y Plinio Apuleyo Mendoza, quienes no siempre suscribieron sus puntos de vista. Sin embargo, el legado literario de Gabriel García Márquez es tan vasto y fastuoso que ni siquiera limitándome a enumerar sus principales valores podría abreviar lo suficiente. En primer lugar, su obra creó al lector internacional de literatura latinoamericana, fascinado con el realismo mágico y sediento de prodigios.

La mirada de García Márquez germinó mejor lejos de América Latina, como se puede apreciar en Hijos de la medianoche (1981) de Salman Rushdie, Illywhacker (1985) de Peter Carey o Me llamo Rojo (1998) de Orhan Pamuk, excelentes autores que no necesitaron recurrir a lo real maravilloso para reconocer sus deudas con Cien años de soledad. Por otro lado, como el realismo mágico superó las aduanas de la identidad convirtiéndose así en la fase superior del indigenis mo, las improntas de Kafka, Faulkner y Hemingway no fueron satanizadas y García Márquez abrió una ventana que aireó e iluminó a los narradores latinoamericanos que permanecían encerrados en sus campanarios nacionales.

Finalmente, pienso que el Nobel fue el principal mentor del llamado «nuevo periodismo latinoamericano». En lo político fue uno de los últimos grandes escritores que quiso hacer una síntesis entre su obra literaria y sus opciones ideológicas, de modo que sus aciertos y errores políticos o sus excelencias y minucias literarias fueron elogiadas, confundidas y criticadas en función de aquel gran malentendido. Incluso su Premio Nobel de 1982, tan justo y tan merecido por su valía literaria, fue leído en clave política para explicar por qué autores como Borges no eran dignos del galardón. Pamplinas.

Perteneció a una generación irrepetible que incrustó lo latinoamericano en el imaginario de la literatura universal, y que fue capaz de crear un mundo extraordinario donde la prosa más bella, el tiempo narrativo, los personajes inverosímiles y la conciencia de la historia se convirtieron en pasto del alma, como quería Gracián. Me haría ilusión que García Márquez haya disfrutado de un último instante de lucidez y que hubiera contemplado a su alrededor una suave lluvia de minúsculas flores amarillas.