La noche más triste del expolio de las monedas del Museo Arqueológico en 1936
Fachada del Museo Arqueológico Nacional - angel de antonio

La noche más triste del expolio de las monedas del Museo Arqueológico en 1936

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Noche cerrada en el Madrid en guerra. Nadie conoce a nadie. En un oscuro despacho del Ministerio de Hacienda, el 2 de noviembre de 1936, se ha tomado una decisión impensable que dejará una cicatriz prácticamente imborrable en una de las grandes instituciones culturales del Estado: se requisará el oro de las colecciones numismáticas del Museo Arqueológico Nacional. Las consecuencias de aquel expolio, puesto de actualidad por el libro de los historiadores Francisco Gracia y Gloria Munilla titulado «El tesoro del “Vita”» (Universidad de Barcelona) del que hemos estado informando estos días, serán terribles para el patrimonio español.

Gracias a su estudio y a otros anteriores, como el del académico de la Historia Martín Almagro-Gorbea, sabemos que el jefe de numismática, Felipe Mateu y Llopis, se jugó la vida. Aquí contaremos su relato, que escribió en un informe que puede cotejarse con la narración del funcionario Antonio Rodríguez-Moñino, encargado de requisar el oro por el subsecretario de Instrucción pública, Wenceslao Roces.

Lo que hizo en julio de 1936

Cuando llega la noticia de la sublevación militar y en Madrid comienzan los incendios, Felipe Mateu y Llopis se dedicó a retirar de las vitrinas las más importantes monedas de oro de la colección del Arqueológico, que entonces sumaba 160.000 piezas. Durante el mes de agosto prosiguió esa labor, discretamente, y en septiembre comenzó a guardar el tesoro en arcas de caudales medievales, que estaban en la planta baja. Allí guardaron el oro de los Reyes Católicos, las piezas medievales notables, la dobla de Pedro I, el Medallón de Augusto. De hecho las mejores se guardaron en una caja de cinc en un secreto del arca. El resto fue quedando acondicionado, dadas las circunstancias.

La tarde del 4 de noviembre, Mateu y Llopis recibe la llamada de Moñino y acude al museo a eso de las ocho de la tarde. Allí están Roces y el director del Museo Álvarez Osorio. No había luz eléctrica, solo dos guardias con una linterna. A Mateu le piden las llaves del monetario. Y aquí empieza su odisea:

«Al no hallarlas no podía abrirse el salón tan rápidamente como deseaba el subsecretario». Roces propone descerrajar la cámara. La cara de Mateu mientras trataba de ganar tiempo debía ser tan elocuente que, según relata Moñino, Roces le dice «si no es fascista, lo parece». Un comentario ahí podría haber costado una vida, pero Moñino le responde que es «un especialista muy de izquierdas (Dios me perdone por esta mentira)», según consta en su declaración. Osorio coopera y comete un error: dice que hay más de 20.000 monedas, a lo que Mateu responde que debe ser una confusión, que no habrá tanto...

Roces se va, impaciente, no sin antes dar la orden taxativa: que se requise todo el oro, sin excepción. Dejan solo a Mateu con el encargo. Visiblemente contrariado, se niega a entrar otra vez antes de poder hablar con Osorio, al que le pide telefónicamente una orden por escrito, que el director le envía con una criada. Sin ella no podría ni siquiera pernoctar en el Museo y mucho menos acceder a entregar la colección, porque quedaría como el único responsable de un acto sin huellas administrativas. Vuelve Moñino para controlar los trabajos. Le invita a cenar, le comenta que se dice en las altas instancias de Madrid que los nacionales se han llevado "El entierro del conde Orgaz" a América y que si no cumplen las órdenes de requisa cuando entren en la capital se lo van a llevar todo.

Entran ya tarde al monetario del Museo. Empieza Mateu por las onzas de los Borbones, de menor rareza, y propone hacer una ficha de cada pieza, con descripción y peso... Le responden que no, que de ningún modo, porque hay que terminar esa misma noche. Así continúan. Sumar una moneda al montón es un latigazo para Mateu. Mientras las revisa, esconde piezas por las grietas y los cajones y otros lugares secretos. A la luz de las linternas, convence al miope Moñinos de que algunas de oro son más bien de plata, y adopta una lentitud máxima. Dirige al funcionario a la zona de bronces para que no encuentre nada y ganar más tiempo, pero al cabo llegan al oro romano, bizantino y visigodo. Hay que seguir, inexorablemente.

Vuelve Roces, en plena madrugada, enfadado e intimidándoles por su lentitud, con una pistola del 9 largo al cinto. Se retira en un aparte para habla con Moñino. Después se marcha. El funcionario y el numismático deciden parar, agotados, y descansar hasta la mañana, pero antes Moñino le comenta a Mateu que Roces le ha estado recordado, cuando se retiraron para hablar, lo que hacen con los funcionarios obstruccionistas y poco discretos... Por detalles así podemos imaginar la situación que vivió el numismático. El relato de Mateu es angustioso.

El acta y las que escondió

Pasea por los laterales del museo. Luego duerme (poco) en la garita de los guardias. Amanece. Mateu pide a Osorio que no diga nada de lo guardado en las arcas meses atrás. Aun así hay que seguir, se entrega el tesoro de Quimbayas, y otros objetos y máscaras. Se suma el oro extranjero, las medallas, preguntan por piezas concretas y Mateu les regatea con las explicaciones.

Después de comer, Moñino vuelve otra vez aleccionado por Roces, implacable, no quiere más dudas y exige todo el resto, sin excepción. Mateu insiste, trata de retirar alguna pieza, vuelven a amonestarle. Al final pide redactar un acta de entrega y nombra hasta a los guardias y en detalle las circunstancias. Roces agarra la hoja de papel violentamente y la rompe. Se sienta él mismo a escribir otra acta: número de monedas y peso, con errores de bulto, muchas ni fueron pesadas: 15,847 kilos por 2.230 monedas. Se sellan en cajas con lacre del «MAN».

Atras quedaron piezas sueltas por los cajones de las mesas, por las rendijas de los muebles y las taquillas del despacho de Mateu. Aparte de las guardadas en arcas, otras salvadas tras convencerles de tenían poco valor. Y una dobla medieval y parte del tesoro de La Aliseda que quedaron en un cajoncito de resorte secreto de un arcón gótico hasta el final de la guerra.

Hoy, en el maravilloso y flamante Museo Arqueológico Nacional, que se abre al público el próximo 1 de abril, hay una colección de 300.000 monedas. Ojalá nunca se repita la historia.