Cultura / DOMINGOS CON HISTORIA

Todo lo que España ha contribuido a Occidente

Día 30/12/2013 - 12.25h
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El oportunismo disgregador ignora los múltiples momentos históricos en que la nación española fue ejemplar

«¿Qué es una nación si no es un principio?», escribió un Ortega enfrascado en los primeros esfuerzos para dar consistencia ideológica a los jóvenes reformistas de la generación de 1914. Aquel grupo de intelectuales obsesionados por la modernización de España se asomaba con inquietud a la Historia, tratando de ver en ella el lugar ocupado por nuestro país y, en especial, su proyección en el devenir de Europa y en el quehacer universal.

Esos valores definidores de la nación debían evitar un rancio casticismo para sentir la historia de España como espejo en el que los acontecimientos fundacionales de la cultura occidental se expresaran de un modo ejemplar. Querer modernizar una nación sólo podía entenderse como continuidad de su presencia en el tiempo, como realidad histórica que hoy se niega, al calor de la crisis y en el oportunismo disgregador de algunos insensatos. Hace cien años, quienes mejor muestra dieron de su voluntad de conducir España a la modernidad europea lo hicieron desde el exigente respeto a una trayectoria nacional propia, mediante la que podría abordarse la reforma radical orientada al bienestar del pueblo y a la eficacia del gobierno. España no necesitaba afirmar una voluntad de ser sino la decisión de seguir existiendo. Precisaba señalar el indispensable recuerdo de lo que había aportado a la historia de Occidente y la determinación de permanencia para renovar esa contribución decisiva.

Herencia común

En los comienzos de la Edad Moderna, el proyecto imperial de Carlos V y la monarquía universal de Felipe II superaron el escueto rango de la unidad peninsular y la consideración material de unas posesiones que abarcaban buena parte del mundo conocido. La empresa imperial se propuso agrupar los pueblos de Europa en la defensa de una herencia cultural común. En las guerras de religión, la posición de España no fue la de la mera resistencia ante el cambio, sino la de impulsar una reforma espiritual fiel a los valores universales del cristianismo, siendo la libertad el primero de todos ellos. Frente al protestantismo y con la indispensable participación de los teólogos españoles, Trento aprobó la radical autonomía del hombre y abrió el camino a la plena congruencia entre el humanismo renacentista y la renovación del pensamiento católico.

Esa misma defensa de la libertad y la dignidad del hombre se encuentra en la crítica a la razón de Estado sobre la que las monarquías absolutas levantaron un edificio de despotismo. Cuando por toda Europa se halagan los oídos reales con argumentos divinos del poder coronado, las meditaciones de los pensadores españoles aguan la fiesta monárquica y ponen los fundamentos del derecho internacional. El Rey sólo será considerado legítimo si actúa de acuerdo con la moral, si busca el bienestar de sus gobernados en quienes reside el origen de la autoridad.

Denuncias de corrupción

La literatura barroca española no dejó de elaborar guías de príncipes y ásperas denuncias de la corrupción de los mandatarios mientras el verismo justiciero de sus pintores se deleitaba en el aspecto hondamente humano y hasta vulgar de los reyes. En tal exigencia de la moralidad del Estado y de los derechos fundamentales del pueblo se encontraría el terreno más propicio para que una España algo desatenta a las doctrinas de la Ilustración pudiera afrontar la construcción del régimen liberal. En su propia tradición halló los recursos para proyectar una defensa radical de la libertad del hombre y la fortaleza para luchar por un gobierno representativo que se identificó, en la primera de sus constituciones, con la independencia y la unidad de la nación. Un siglo de guerras civiles muestra hasta qué punto fue en España, más que en cualquier otro lugar, donde la lucha por la libertad política y la soberanía nacional exigió un mayor compromiso. Por ello, al acabar aquel siglo, en momentos en los que el país parecía resignarse a una posición marginal tras el desastre de 1898, una soberbia pléyade de jóvenes inconformistas se dispuso a la gran tarea de la reforma de España.

Guerra y reconstrucción

Sin haber participado en la Gran Guerra, la crisis de civilización que devastó Europa nos alcanzó también, frustrando aquellos planes de regeneración y lanzando a España al más desolador de los abismos, el que hace imposible un proyecto nacional que integre a todos los ciudadanos. La Guerra Civil sacó de su espacio imaginario el mito de las dos Españas y decretó la intolerancia de quienes se enfrascaron en una alevosa tarea de mutua aniquilación. En su exilio desesperanzado, Cernuda llegó a escribir que España era ya solo un nombre.

En la conciencia de aquella tragedia inútil, los españoles reconstruyeron el camino de la dignidad del hombre y la libertad esencial sobre las que pudieron afirmar, en los inicios de la modernidad, el carácter de un proyecto nacional propio y basado en valores universales. La Transición fue mucho más que la recuperación de las libertades constitucionales. Fue el regreso de España a un hilo moral conductor, la recuperación de un significado permanente que late en el fondo de su viaje en el tiempo, ese puñado de principios que permiten que una nación exista como idea y sentimiento en la razón y el corazón de la Historia.

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