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Trinidad Jiménez, premiada con su gran aspiración

La nueva ministra de Asuntos Exteriores ya se hizo cargo en el 2000 de la Secretaría de Relaciones Internacionales del Partido Socialista

Día 20/10/2010 - 14.22h
ABC
Trinindad Jiménez, en el Congreso de los Diputados
Trinidad Jiménez, nacida en Málaga en 1962, ha tenido siempre una gran relación con la política exterior. Estuvo casada con un diplomático, con quien viajó a varios destinos en el extranjero, como Guinea Ecuatorial, y cuando la corriente Nueva Vía impulsada por Zapatero, logró llevar a éste a la secretaría general del PSOE, en el año 2000, ella se hizo cargo de la Secretaria de Relaciones Internacionales del partido. Por eso, a nadie le extrañaba que su gran deseo fuera convertirse en ministra de Asuntos Exteriores.
Cuando llegó a La Moncloa, Zapatero pensó que quizás estaba demasiado verde para ese puesto y se lo confió a Moratinos. Sin embargo, cuando Trini, como ella misma gusta de ser llamada, fue por primera vez la víctima sacrificial en la pira de las elecciones al Ayuntamiento de Madrid, Zapatero la rescató y creo para ella la Secretaría de Estado para Iberoamérica. En ese puesto, Jiménez se reveló como una gestora aceptable y mereció, por fin el premio del Ministerio de Sanidad.
Ahora, Zapatero ha querido recompensar su fidelidad, tras el fracaso en las primarias frente a Tomás Gómez, haciendo realidad su gran deseo: ser ministra de Asuntos Exteriores, un departamento que ya conoce y en el que su antecesor, Miguel Ángel Moratinos, ha logrado permanecer seis años y medio.
Relevo a la labor de Moratinos
En ese tiempo, la impronta dejada por Moratinos es bastante visible. Ayudado por el hecho de que Zapatero no ha tenido nunca un especial interés por las relaciones internacionales, Moratinos se lanzó a tomar iniciativas, algunas de las cuales han resultado bastante polémicas.
Quizás, la más relevante haya sido la de embarcar al Gobierno en el empeñó de modificar la Posición Común de la Unión Europea sobre Cuba, convirtiéndose en el valedor de las autoridades cubanas ante Europa, especialmente al conseguir arrancar de Raúl Castro la excarcelación y el destierro de presos políticos, algo que los Veintisiete no parecen considerar suficiente para cambiar la política europea hacia la Isla.
Este es un asunto en el que pueden empezar a verse diferencias con la llegada de Trinidad Jiménez, que siempre se mostró más crítica que Moratinos con el régimen castrista.
Jiménez se va a encontrar también una relación complicada con la Venezuela de Hugo Chávez, con quien Moratinos ha tenido siempre una actitud de poca exigencia, sobre todo, en cuanto a la presencia de etarras en ese país y los continuos desplantes del presidente bolivariano.
Del mismo modo, la iniciativa de Moratinos de crear un Foro Tripartito de Diálogo con Gibraltar, ha derivado en que el ministro principal de la colonia, Peter Caruana, se ha visto crecido y quiere ya tener algo que decir en las cuestiones de soberanía, reclamando el dominio sobre las aguas que rodean el Peñón. Será otro de los asuntos que Jiménez se va a encontrar en ebullición.
Mas sosegado parece en estos momentos el frente marroquí, después de los incidentes del pasado verano. Pero la nueva ministra no podrá bajar la guardia, sobre todo conociendo como juega Mohamed VI con cualquier acontecimiento que se registra en España. Moratinos mostró desde el primer momento una imagen promarroquí en el contencioso del Sahara, provocando el malestar del Frente Polisario y de Argelia, y como consecuencia de ello, una actitud bastante complaciente ante Rabat.
Por suerte para Trinidad Jiménez, las cosas con Estados Unidos mejoraron desde la llegada de Obama, con lo que no tendrá que dedicar sus esfuerzos, como le ocurrió a Moratinos, a tratar de recomponer las relaciones que se deterioraron tras la retirada de las tropas españolas de Irak.
En el capítulo interno, la nueva ministra se va a encontrar un departamento recién remodelado por un Moratinos, que confiaba en terminar la legislatura. Las restricciones presupuestarias redujeron a tres las secretarías de Estado, manteniendo Cooperación y Unión Europea y creando una especie de viceministro de Exteriores en la figura de Juan Pablo de Laiglesia, que había sido el sucesor de Trini en el negociado iberoamericano.
Además, Moratinos acababa de llevar a la Subsecretaría del Ministerio a uno de sus grandes amigos, Antonio López, uno de cuyos objetivos, era tratar de impulsar la siempre postergada Ley del Servicio Exterior y que es uno de los asuntos que más preocupa a los diplomáticos.
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