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Sábado , 05-06-10
DICE Cioran que, si ser hombre es un drama, ser judío es un drama añadido. Amargo privilegio de ser eso que el más pesimista de los pensadores describe como un «ser nosotros más allá de nosotros mismos». El pueblo judío ha servido de espejo sobre el cual exorcizar nuestros terrores. «Nuestras calamidades, los quiebros de nuestra vida son para ellos desastres familiares, rutina». De la cual no estamos dispuestos a eximirlos. Su condición sagrada, para nosotros, es la de ser víctima propiciatoria.
Lo de estos días no es nuevo. Perversos judíos se entregan a su favorito placer de dar cruel muerte a mansos inocentes: vale para la operación militar contra la flotilla de Hamás, exactamente igual que valió para el martirio del santo niño de la Guardia. No hay por qué dar razón de la perversidad judía: perverso y judío son sinónimos. Así, en la fantástica viñeta de un respetable diario español al día siguiente del asalto: mar ensangrentado y reflexión sesuda: «La sangre es la única razón de la bestia». Pero he dicho «antisemita», ¡qué locura! Ninguno de los solidarios progresistas que salen en defensa de la operación de Hamás para romper el bloqueo y facilitar la instalación de misiles iraníes en Gaza, aceptaría ser cubierto por un adjetivo al cual la sangre de seis millones de civiles asesinados da un tinte poco estético. No, ellos no son antisemitas, son antisionistas; sin comparación, más respetable. Es una vieja historia. «¿Y qué es el antisionismo? Es la negación al pueblo judío de un derecho fundamental que acordamos libremente a todas las naciones de la tierra. Es la discriminación hacia los judíos, amigo mío, porque son judíos. En una palabra, es antisemitismo. La época ha hecho que, en Occidente, sea impopular proclamar abiertamente el odio hacia los judíos. Siendo así, el antisemitismo debe inventar a cada momento nuevas fórmulas y nuevos foros para dar rienda suelta a su veneno... Cuando la gente condena el sionismo está condenando a los judíos». Palabras de Martin Luther King en agosto de 1967.
A toda nación constituida reconocemos el derecho de proteger sus fronteras y hacer frente a quienes las amenacen. Desde el día mismo de su independencia, hace ya más de sesenta años, Israel vive una guerra con vecinos que no aceptan más tratado de paz que aquel que incluya su borrado del mapa. Pero cualquier acto de defensa militar israelí lo acogemos como el más inhumano de los crímenes. Putin puede hacer exterminar a trescientos mil chechenos en nombre del antiterrorismo; no pasa nada. Cuando Israel impone un bloqueo sin el cual la organización terrorista que gobierna en Gaza podría instalar en su frontera el armamento nuclear que Ahmadineyad fabrica, los buenos sentimientos europeos tiritan: ¿pero, cómo osan estos judíos comportarse como una nación de pleno derecho? En el límite, la gran propaganda mediática ni siquiera busca ya acusar al derechista primer ministro Netanyahu, ni a su socialista ministro del Ejército, Barak. Son los judíos, o más bien lo judío, los verdaderos portadores de la culpa imborrable: culpables de asesinar a Dios, primero; culpables, después, de empecinarse en sobrevivir durante casi dos milenios privados de territorio; culpables de seguir empecinándose hoy en ser Europa -razón y democracia- cuando Europa ya no existe.
Sí, lo judío es verdaderamente imperdonable. Hassán II, en un chispazo de cinismo a la altura de su condición divina, decía que «el odio a Israel es el afrodisíaco más potente para los musulmanes». ¿Sólo para los musulmanes? Desde luego, en el «Mavi Marmara», el Barco del Amor, tenían la libido muy alta.
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