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Martes , 01-06-10
Cualquiera sabe que si se quiere derrotar a una potencia occidental la vía más fácil para conseguirlo es plantear un «conflicto asimétrico», donde el objetivo es la conciencia de la opinión pública y el arma más letal un periodista, si es del «New York Times» mejor.
Los organizadores de la «Flota de la Libertad» sabían lo que hacían. Una vez puesta en marcha sólo cabía la victoria. Si el gobierno israelí cedía al chantaje «humanitario», el bloqueo militar se rompería y, tras esta expedición, llegarían otra y otra, consolidando la humillación de una potencia militar a manos de unos supuestos cooperantes y facilitando el rearme de Hamás desde Irán.
Si se interceptaba el acto sería retransmitido en todo el mundo por los periodistas afines allí embarcados, presentando a Israel, una vez más más, como un estado que utiliza la fuerza contra civiles sin sentido de la proporción.
En la guerra asimética la distinción entre civiles y militares resulta inútil. No hay militares. ¿Es Osama bin Laden un general? ¿Son las brigadas Al Qasam unidades convencionales? Se trata se situar el conflicto allí donde interesa al atacante y donde más fácilmente pueda ser sometido el atacado.
Fracasaron los ejércitos y los atentados terroristas en acabar con Israel. Ahora toca ensayar el efecto de los misiles, los «ejércitos privados» y maniobras como ésta, que deben ser explotadas con la colaboración de las diplomacias amigas.
El giro turco, desde el laicismo de Mustafa Kemal Atatürk hasta el islamismo de Erdogán, es un hecho. El último califato trata de recuperar influencia en la región y para ello no duda en dar cobijo a la organización de la «Flotilla» y en capitanear la campaña internacional contra Israel, tratando de aislar a este país y de debilitar sus lazos con Occidente.
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