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Jueves , 13-05-10
En estos momentos muy duros de nuestra economía precisamos señalar la raíz del problema y, de modo derivado, la posible solución. Esa se encuentra en la incapacidad que ha mostrado la economía española, más concretamente desde 2003 a 2007, de combinar fuerte desarrollo económico y equilibrios en las balanzas exteriores.
Para mantener el desarrollo sin problemas era necesaria la llegada, bien de capital extranjero a largo plazo, con sus complementarias aportaciones tecnológicas, o bien fondos a corto plazo. La política económica española impulsó esto último sencillamente a través de bonos de nuestras instituciones crediticias que se colocaban en otras instituciones financieras del exterior.
La segunda circunstancia remota se halla en nuestra participación en la Eurozona. Nos introdujimos en un área monetaria óptima y aceptamos perder el control del tipo de cambio y del tipo de interés, que pasó al Banco Central Europeo. De esta forma, como simultáneamente no resolvimos problemas microeconómicos, nos encontramos con que los precios españoles crecían por encima de los tipos de interés que determinaba el BCE. Teníamos, pues, tasas negativas para el pago de nuestros préstamos. Tal excelente situación provocó un alud de endeudamiento en las empresas financieras, en las no financieras y en las economías domésticas. En parte considerable, bastantes de los impulsos derivados se fueron al sector de la construcción. No se tuvo en cuenta que para mantenernos en un área monetaria óptima es necesario que no existan desequilibrios exteriores significativos.
De manera próxima surgieron dos cuestiones enlazadas. Por un lado, el sistema financiero mundial crujió a partir del verano de 2007. Naturalmente, esto cortó la posibilidad de la cómoda financiación que recibía nuestra economía para sus desequilibrios exteriores. Simultáneamente, como esto produjo desorganización del aparato productivo, a partir del lógico hundimiento del sector inmobiliario, con el añadido de un fuerte incremento del paro, el Sector Público decidió poner remedio a través de incrementos notables del gasto público, creando en el año 2009 el mayor déficit presupuestario que, respecto al PIB, ha existido nunca en nuestra economía; esto es además del endeudamiento de empresas y familias, ahora fue el Sector Público el que pasó a añadir la suya a esta deuda. La gran interrogación surgida en los mercados financieros internacionales fue: ¿va España a ser capaz de devolver estas deudas?
Así es como surgió nuestro enlace con la coyuntura económica mundial. Los datos del Banco de Pagos Internacionales de Basilea mostraron la magnitud del endeudamiento de nuestro sistema crediticio. Simultáneamente se comenzó a observar qué era lo que sucedía en otros países de la periferia de Europa: Irlanda, Portugal, Italia y Grecia. El conjunto alarmó, pero especialmente cuando se comprendió la magnitud, y el significado, de la deuda española. Una suspensión de pagos por parte de España podría significar, debido a que nuestro país no tomaba medida alguna para comenzar a poner en orden sus finanzas, el hundimiento de parte significativa del sistema crediticio europeo. Esto, de inmediato, originaría que el estallido de la bomba financiera española borraría casi todas las posibilidades de salida de la crisis por parte de países fundamentales de Europa. Pero esto, de manera inmediata, arrastraría al euro, complicando, por supuesto, su contrapartida, el dólar. La subida de la moneda norteamericana acarrearía dificultades para que los Estados Unidos pudiesen de algún modo aliviar, a través de las exportaciones, su propia crisis económica. Las consecuencias, por tanto, de la penosa situación financiera española abarcaban puntos fundamentales de la coyuntura económica mundial. Esto es lo que explica lo sucedido en reuniones, conferencias, llamadas telefónicas, que culminaron con la decisión española del 12 de mayo de 2010. Lo que esto significa es un esfuerzo macroeconómico equilibrador muy fuerte nuestro para que las economías extranjeras no sufran el penoso impacto que España podría originar. Pero no quiere decir en absoluto que sirva para aliviar, excepto en el sentido de que no vamos a empeorar en medio de un importante cataclismo económico internacional, nuestra coyuntura.
Lo que se ha dejado a un lado y se encuentra ahí de nuevo amenazándonos es la solución por el camino microeconómico de nuestros problemas. La relación de los mismos impresiona. ¿Qué decir de lo que sucede con la energía, a causa de ese error colosal que significa la huida de las centrales nucleares, acompañado de una serie de medidas equivocadas sobre las tarifas y la deuda de las empresas? Cuando se repara en lo que ocurre en el terreno de las industrias manufactureras, contemplamos no sólo una caída verdaderamente espectacular en su participación en el PIB, sino que al estudiar las causas vemos una apuesta, ciertamente muy preocupante, hacia actividades relacionadas con tecnologías muy poco avanzadas. Como estas son accesibles a países competidores pobres que, además, tienen niveles salariales más bajos que los nuestros, el problema de nuestra competitividad queda agravado.
Pero no sólo es esto. En el sector crediticio vemos que está sin resolver el arduo problema de las Cajas de Ahorros, sobre el que habremos de retornar una y otra vez. Pero en el Sector Público cuestiones tan fundamentales para la marcha de la economía como la importancia del impuesto de sociedades parecen varadas en las playas del olvido, seguramente como consecuencia del problema del déficit. El miedo a las reacciones sindicales bloquea todo lo vinculado con el mercado del trabajo. El análisis de la ley de Okun muestra una separación radical de la creación de empleo en España y en otros países europeos al crecer el PIB: nosotros necesitamos una mayor tasa de desarrollo para la misma creación de empleo. ¿Y qué decir de la ruptura de los mercados de factores productivos y bienes y servicios derivada de lo que sucede en las diversas, y a veces contrapuestas, políticas económicas de las Autonomías? Y a todo esto, agréguese que no se atiende a cuestiones fundamentales para el desarrollo, como la educación o el aprovechamiento de la renta de situación internacional española a través de las infraestructuras adecuadas.
Todo esto quiere decir que en estos momentos lo que se alivia es la situación internacional y no se agrava, por ello, la situación española. Pero también que abandonamos toda posibilidad de salir de la crisis económica. Si además de ello el mundo financiero internacional continúa condenando a España con la consiguiente falta de llegada de fondos del exterior y, lógicamente, con salida de fondos de España para salvarse nuestros empresarios con su internacionalización, pasaríamos a encontrarnos en una situación de decadencia económica prolongada. De algún modo esto semejaría lo ocurrido después del gran impulso que tuvo nuestra economía en el siglo XVI, que fue seguido a lo largo de todo el siglo XVII con una caída espectacular que se convirtió en una rémora para poder impulsarla adecuadamente, cuando a finales del siglo XVIII llegó la Revolución Industrial. Una y otra vez hay que pensar en aquella frase del profesor Olariaga: «Ocho, diez años en la vida económica moderna son suficientes para encumbrar a un pueblo en el concierto internacional o para dejarlo batido y rezagado por medio siglo». En una situación democrática, pues, la responsabilidad de todos y cada uno es formidable.
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