«Shadow of the Tomb Raider»: Lara Croft lucha contra sus fantasmas en un cierre sin cambios

La nueva entrega de la serie de aventuras, el cierre de una trilogía iniciada en 2013, lleva al personaje a explorar la selva peruana mientras busca resolver los secretos de la civilización maya

MADRIDActualizado:

Toda evolución tiene un tope. Un techo al que se ha escalado con esfuerzo pero que al final te deja exhausto. En su nueva vida, Lara Croft es una jovencita aparentemente más frágil como la personalidad con la que se dio a conocer hace veinte años. A lo largo de tres entregas logra su conversión como heroína. «Shadow of the Tomb Raider» es el cierre de ciclo a una trilogía en la que hemos podido ser testigos a su evolución.

Esta entrega es generosa en su acercamiento hacia el personaje, profundizando algo más en su interior, aunque deja en el tintero muchos detalles como la construcción de su personalidad y sus verdaderas motivaciones. Es cierto que, de primeras, se parte de una ventaja adicional; haberla vivido las dos experiencias anteriores con lo que su relación familiar, los secretos con la organización Trinidad y el conocimiento a través de recuerdos y otros recursos visuales sobre sus raíces es un poso que sirve de antesala a su nueva aventura que se alarga hasta las 15 horas aproximadamente.

Pero, en cierto sentido, adolece de cierta intensidad narrativa. Su trama, correcta y sin grandes alharacas, se inicia en un momento sublime, una persecución que le lleva a Lara Croft desde México a llegar hasta Perú para desvelar algunos secretos de la civilización maya. Una cultura muy socorrida en novelas y películas del género de aventuras y exploración, con lo que el jugador, por un lado, siente cierta familiaridad pero que peca, en ocasiones, de estar algo manida. El detonante de todo es el robo de una pieza antigua que empuja al juego a convertirse en una persecución interminable. Pero por el camino se atraen escenas en las que intenta hacer reflexionar sobre las influencias del colonialismo en las regiones latinoamericanas.

A nivel jugable, el título no sorprende, pero sigue aportando grandes momentos de tensión. Sumergiéndose en una actitud más sigilosa, el jugador se ve obligado a aprovechar los diversos escenarios para ir limpiando las zonas a su paso de enemigos. Coberturas y paredes de rocas en las que camuflarse son fundamentales para pasar desapercibido. Las secuencias jugables mantienen esa verticalidad extrema, que invita al jugador a escalar, saltar y acometer piruetas sorprendentes mientras saca punta al piolet y, por primeva vez en esta serie, de hacer rapel. Eso se realiza bajo un sutil vértigo macerado en secuencias muy maduras.

Aderezado de rompecabezas más o menos fáciles de resolver, el usuario debe ir avanzando por diversos entornos escarpados y momentos, en ocasiones, de verdadera angustia. Sí se parecía en ese sentido una voracidad mayor en el personaje, que se va diluyendo en un ser más oscuro y violento a lo largo de los pasajes que se van presentando ante nuestros ojos. Con el tiempo la serie se ha abierto hacia una mayor libertad de acción a la hora de resolver conflictos, pero no hay que olvidar que el género en que se mete no cosecha mundos vivaces en donde todos los personajes secundarios actúan en consecuencia.

Esa frescura que sí pueden dar otros títulos a la hora de sentir la vivencia no está presente en esta entrega, limitándose, nuevamente, a mostrar el camino por el que dirigir al personaje. El hecho de no encontrarnos ante un abismo entre esta entrega y la anterior, el jugador se siente, quizás, más cómodo a la hora de ejecutar las diversas acciones. Pese a su filosofía más continuista, el juego no enmudece ante un apartado visual arrollador, cargado de un colosal fotorrealismo que permite observar los entornos bajo un gran esplendor. El escenario entrega al jugador una postal de ensueño, una vegetación detallada, que nada tiene que ver con la propuesta siberiana de la anterior entrega, más fría y desoladora que esta. Ese valor se ejecuta con brillantez porque cuando uno juega se siente todo de una manera más enérgica. La recreación de la selva y de las tumbas (otro de sus elementos característicos) es magnánimo.

Su gran mancha es abusar de las mecánicas, algo convencionales, en las que se practican tiroteos generosos y muy dinámicos, en donde el comportamiento de los enemigos se ha mejorado ligeramente. Pero todo está cortado con el mismo patrón. Un planteamiento que se extiende también en el progreso del personaje; conforme se acumula experiencia se va desarrollando más sus facetas guerreras o de supervivencia. Conforme se gana puntos se desbloquean mejoras cosméticas o, a veces, nuevo arsenal. Sin llegar a materializarse la sorpresa, el título es cumplidor, correcto en su concepto, divertido por decreto e imprescindible para el fan pese que, en efecto, se está ante una superproducción comercial.