IGNACIO GIL

Benedictinos, la resistencia del Valle de los Caídos

El Gobierno prohíbe a los fieles ir a su Misa. Es el último ataque contra el templo de Cuelgamuros, donde 24 monjes resisten el acoso. ABC los acompañó en su viaje de vuelta a las catacumbas

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Prohibido el paso, «por seguridad». Pero franqueo la barrera gracias al salvoconducto que me ha proporcionado el abad mitrado del Valle, que ha dado mi nombre a la guardia civil. Al otro lado, ya dentro de Cuelgamuros, por la carretera que serpentea hasta la Cruz, las dos únicas calzadas de acceso a la Basílica están vedadas por señales sujetas al asfalto con piedras amontonadas en su base. Arriba, en la Abadía, me espera el monje. Son las diez y veinte de la mañana y por la subida a estos cerros que el otoño amarillea el viento sopla gélido y el sol se agradece. He visto el arco iris coronando los riscos y caer algunas gotas. Falta media hora para la misa conventual, hoy de solemnidad por ser la Virgen de la Almudena. Cinco personas, dos de ellas empleados de Patrimonio Nacional y una guardia de seguridad, se resguardan bajo la arcada de la puerta que se abre a espaldas de la cripta. Ser huésped de la hospedería o la nominación por algún monje ha permitido al resto llegar hasta esta cancela que da paso a un ascensor. Cuatro niños corretean por los jardines, pasto para caballos abandonados que se cuelan en el recinto, vencidas las vallas, vencido el tiempo y empujado a vencerse el monumento. Diez minutos antes de que empiece la liturgia, los fieles, alrededor de la veintena, van descendiendo en el ascensor los 60 metros que conducen hasta el vientre de la mastaba. Luego, por un pasillo lúgubre se accede hasta el lateral del alta mayor. Los que hemos podido entrar ocupamos los primeros bancos. La escolanía de voces blancas se repliega tras el presbiterio. Entonces, por el mismo camino, los benedictinos entran en procesión. Dan las once en el Valle de los Caídos. Entre los huesos de más de 38.000 muertos de nuestra guerra incivil, la santa misa, restringida, empieza en las catacumbas.

Silencio sepulcral. «Ni a la comunidad benedictina, ni a mi como abad y ordenario del lugar de la Basílica, jamás nadie nos ha comunicado directamente que se iba a proceder al cierre. Cuando me enteré por terceros de que algo así podía pasar, a primeros de diciembre del año pasado, pedí explicaciones y aún las espero». Anselmo Álvarez, monje fundador de esta abadía cincuentenaria, repasa como en una letanía el rosario de la guerra sucia contra el Valle: abandono, abandono y abandono. Y dos bombas: una del GRAPO y otra de la ETA. Enjuto como una vara, el cenobita, que antes de la Santa Cruz fue hermano de Silos, licenciado en Ciencias Sociales y durante un tiempo profesor de Historia de la Cultura Medieval en la Universidad de Comillas, me da la fórmula magistral de su resistencia. «Paciencia benedictina, que es casi infalible. Sabemos que situaciones como esta a lo largo de la historia de quince siglos de los monjes se han producido constantemente en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Muchas veces por causas políticas, sobre todo en tiempos recientes, del siglo XIX para acá, muchos monasterios se han visto afectados, no solo por persecución, sino también por abandono obligado, pero han vuelto a levantarse. Contra la fuerza de la fe no se puede nada». ¿Se sienten perseguidos?, le pregunto. «Esa palabra se emplea hoy, pero no por nosotros. Acosados, sí. Pero es un acoso que no va tanto hacia los monjes como hacia el lugar mismo, aunque el resultado es, no sé si de forma involuntaria o deliberada, comprobar hasta qué punto llega la resistencia de los monjes». Entonces hablamos de cómo Benedicto XVI dijo a los periodistas en el avión con el que aterrizó en España que el laicismo que se vive en nuestro país recuerda al de los años 30 del siglo pasado, y todos sabemos cómo acabó aquello. Muy duro, digo. «Creo que el Papa meditó sus palabras -contesta el sacerdote-. Las dijo en el aire, pero no al aire».

El luto infantil del abad

El abad tiene 78 años y desde los 3 viste de negro. «Cuando fusilaron a mi padre, mi madre me puso una camisita de luto. Luego, mi hermana murió durante un bombardeo. Yo no recuerdo otro color en mi infancia. Después, a los 13 años me preguntó si quería ir al seminario y a mí me pareció bien. Y fíjate qué cosa: un día mi madre me dijo “sabes, Pedrito, yo siempre supe que querías ser sacerdote porque desde muy pequeño elegías la ropa oscura”. ¡Bendito sea Dios!». Y Anselmo Álvarez esboza una sonrisa. Hoy ellos, sus muertos, también estaban con nosotros en la cripta: su padre asesinado por los republicanos, su hermana aniquilada por las bombas de los sublevados y un tío del Frente Popular son parte del gigantesco osario que arma la Basílica.

Y no solo: la bruñida piedra del hipogeo oculta un sismógrafo; la monumental cruz, estaciones de mareas terrestres y meteorológica. Al fondo del valle también hay un pozo de las nieves que podría volver a dar el hielo que antaño se bajaba en camiones hasta Madrid. Y está la presa, fuente para la Abadía y hospedería, que en el estío suaviza la sed de la Jarosa, a donde cada año vierte su sobrante.

Y allí, en el claustro abierto a la sierra, el viejo ascensor sigue vomitando gente. Es la misma caja que desde hace meses baja novias hasta la bóveda y que, en las entrañas, corren como chiquillas hasta el pasillo principal para simular que hacen la entrada en el templo de su boda por la gran puerta. «Yo soy responsable de este acceso provisional -explica el padre abad-. La idea surgió el mismo día en que supe que la Basílica iba a ser cerrada de nuevo, totalmente, que no habría ninguna clase de culto para el exterior. Pensé “nos queda todavía una puerta”, sin imaginar que esta solución circunstancial, más peligrosa, se iba a prolongar tanto tiempo. ¿Por qué no se hace como en Compostela, donde el Pórtico de la Gloria está bajo un armazón y sin embargo las tres puertas están permanentemente abiertas? ¿O como en la catedral de Barcelona, al menos dos años y medio con una restauración del conjunto, y en ningún momento se ha cerrado una sola puerta? También en la Basílica del Valle hubo obras, de mucho más alcance que una pieza puntual como ahora, la escultura de La Piedad (con presupuesto para trasladarla pero no para repararla), y siempre se procuró dejar expedita una vía de acceso. Porque esta cuestión de seguridad que se ha alzado de una manera exhaustiva para cerrar el templo es un pretexto absolutamente ficticio». ¿Hablamos entonces de una cuestión política? «Por lo menos hacen todo lo posible para hacernos creer que es así».

Relata Anselmo Álvarez cómo en diciembre del año pasado, el entonces subsecretario de Presidencia del Gobierno, Juan José Puerta, a las órdenes de María Teresa Fernández de la Vega, subió hasta la Abadía y que él pensó ingenuamente que lo hacía para notificarle «que se había desecho el equívoco del cierre y que las cosas volvían a la normalidad, que es lo único que queremos; pero dijo que se mantendría cerrada porque el Gobierno tenía el proyecto de reconstruir íntegramente el Valle». Vaya sorpresa. «Según dijo, venía a trasladarme que reconocían que se había generado un gran descuido en el mantenimiento y comprendían la necesidad de una reconstrucción integral. De lejos, nos mostró un informe en el que se hablaba de la situación del conjunto, según la cual la basílica amenazaba ruina y nosotros, los celebrantes, corríamos el riesgo de que se nos cayera encima la cúpula. Con ese informe, que no nos dejó ver, el Gobierno podía decidir en cualquier momento el cierre total. Pero nosotros también tenemos informes técnicos al menos igual de válidos. «Querido señor subsecretario -respondimos-, lo que dice nos suena a pura imaginación».

Tal vez el monje pensara que tras la inspección de los osarios, de la que fue testigo, por parte de una comisión gubernamental con miembros de asociaciones que piden la exhumación de los enterrados, y que vieron con sus propios ojos la imposibilidad de hacer identificaciones, las acometidas amainarían. «Pero el Valle -apunta el abad-tiene muchos flancos, aunque te aseguro que todos igualmente sólidos».

La próxima prueba, el 20-N, aniversario de las muertes de Franco y José Antonio, enterrados en la Basílica, y su homilía. «Volveré a exaltar la reconciliación, síntesis de este lugar. Pero las cosas están tan patas arriba que hoy son los políticos los que se dedican a manejar los asuntos religiosos y cuando los religiosos abordamos los temas de la vida nos acusan de meternos en política. Pues qué le vamos a hacer. Aquí está en juego la Verdad».

La noche se echa sobre Abantos. Toca a vísperas en la Abadía. Cuelgamuros parece boca de lobo. ¿El Gobierno permitirá a los fieles volver a rezar o a los deudos visitar a sus muertos? ¿Volverán a entrar los miles de visitantes que acudían al monumento? «No sabemos siquiera cuánto tiempo podremos continuar aquí. Lo hemos preguntado, pero quien tiene la respuesta prefiere no darla o atenerse a la política de hechos consumados. La seguridad jurídica que ampara a todos los españoles, a nosotros se nos discute y se nos niega. Por eso vivimos al día: amanecemos, no sabemos qué puede pasarnos durante la jornada y menos qué ocurrirá mañana». Dan las siete y media. El abad desaparece tras la clausura. Y el hermano de la portería me pide que al salir vaya apagando las luces.