Alejandro Portes en una imagen de archivo
Alejandro Portes en una imagen de archivo - Ernesto Agudo

Alejandro Portes: «España ha sido muy cuidadosa con la inmigración, pero no puede ser descontrolada»

El cubano, premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2019 por sus aportaciones al estudio de los fenómenos migratorios

Actualizado:

El hecho migratorio domina los cuatro costados de Alejandro Portes (La Habana, 1944). Salió de Cuba como adolescente en 1960, entre los miles de exiliados políticos que dejaron de la isla tras el establecimiento de la dictadura castrista para instalarse en la orilla de enfrente, en el Sur de Florida. Estudió en un país de inmigrantes, Argentina, y desarrolló una rica carrera universitaria en otro que todavía lo es más, el propio EE.UU. Pasó por las universidades de Texas, Duke, Johns Hopkins y Princeton, donde llegó a finales de los años noventa y de la que fue catedrático entre 2003 y 2014. Ahora, ya como profesor emérito, sigue investigando tanto en Princeton como en la Universidad de Miami.

Pero, sobre todo, Portes ha dedicado su labor académica al hecho migratorio, una labor por la que ayer fue distinguido con el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Las investigaciones de Portes han sido decisivas para confrontar lugares comunes sobre la inmigración y desentrañar qué modelos de recepción tienen éxito y cuáles no. Como recoge el acta del jurado del premio, «a través de conceptos novedosos como los de enclave étnico e integración segmentada, ha esclarecido las condiciones bajo las que los flujos migratorios pueden resultar beneficiosos tanto para los inmigrantes como para los países de acogida».

«El muro es una alegoría que sería risible si no tuviera gran importancia política»

Portes, considerado hoy uno de los sociólogos de mayor prestigio internacional, se detuvo a estudiar un fenómeno que tenía delante de sus narices: la exitosa comunidad de cubanos establecida en Miami, a la que él mismo perteneció, y su comparación con los mexicanos que emigraban a EE.UU. y se repartían por el Sur y el Oeste del país. Los cubanos eran un grupo concentrado geográficamente, dedicado al emprendimiento empresarial, con una red de apoyo mutuo entre sus miembros y donde se mantenían la cultura del grupo. «Era un fenómeno positivo», dice a este periódico sobre el modelo al que bautizó como «enclave étnico». Otros ejemplos eran la comunidad coreana en Los Ángeles, la judía del Lower East Side neoyorquino o los «chinatowns» de muchas ciudades estadounidenses.

Ese «enclave étnico», ¿no es contradictorio con la integración que siempre se busca para el fenómeno migratorio?

Es precisamente contrario a la asimilación del inmigrante, que era lo que defendían los académicos y los políticos. Pero los datos indicaban otra cosa. La aculturación selectiva, preservar el lenguaje y la cultura, integrarlos con el aprendizaje del inglés, era lo beneficioso. Se aprende una cosa pero no se abandona la otra. En Florida, supuso el crecimiento económico de Miami, que se convirtió en una ciudad cosmopolita.

Pero todavía se defiende forzar la integración completa de los recién llegados.

Es un discurso asimilacionista que ha tenido consecuencias funestas. En Francia, por ejemplo, es irónico: se exigió una aculturación lo más pronto posible y esa presión supone una formación reactiva contra el receptor. El hecho de que la gran mayoría de los perpetradores de atentados terroristas son ciudadanos del propio país, hijos de inmigrantes, refleja un fracaso.

Sus estudios apuntan a que en España la mitad de los hijos de inmigrantes ya se sienten españoles.

En España la inmigración ha sido generalmente positiva, por la ausencia de esa presión asimilacionista. Se ha dado apoyo y la mayoría de los hijos se han integrado bien.

¿Es un factor decisivo que la mayor parte de la inmigración haya sido hispanohablante?

Importa, pero no es que los hijos de latinoamericanos se asimilen más rápidamente o con menos problemas que los demás. En el estudio había un gran número de rumanos, búlgaros, marroquíes y filipinos y el proceso era más o menos similar. De hecho, el grupo más problemático era el de los dominicanos.

¿Cómo es la asimiliación selectiva que usted defiende?

Los hijos van a asimilar la cultura y el idioma del país receptor en cualquier caso. Todo el mundo se asimila, en España o en EE.UU. La diferencia es si mantienen fluidez en el idioma de los padres y en el conocimiento de su cultura. Aquellos tienden a tener una imagen propia superior, se sienten más cómodos consigo mismo, tienen más autoestima y desarrollan más ambición en la adolescencia.

En EE.UU., Trump ha colocado al inmigrante en el centro del debate político

Lo del muro con México es una alegoría que sería risible si no tuviera gran importancia política. La inmigración de mexicanos casi ha desaparecido por completo. Los que llegan son centroamericanos a pedir asilo y eso no lo para un muro. De hecho, buscan que se les detenga cuando cruzan la frontera. Los policías se han convertido en asistentes sociales.

En Europa, el populismo también agita con fuerza el discurso antiinmigrante

La inmigración actual ha sido la que ha dado pábulo a los movimientos populistas de derechas. En España hubo mucha tolerancia: incluso durante la crisis económica, no hubo una reacción nativista. Ahora ocurre que hay una inmigración sostenida subsahariana, refugiados económicos, impuesta por cruces a través del Mediterráneo, que puede generar en países hasta ahora tolerantes reacciones en cadena que acaben en apoyo a movimientos nacionlistas. El surgimiento de Vox tiene que ver con eso, como el triunfo de la extrema derecha en Italia. España ha sido un país muy cuidadoso con la inmigración, pero no puede permitir una inmigración descontrolada.

¿Qué solución se puede plantear?

Crear programas de llegada e integración sistemáticos y controlados. Que no se permita la llegada descontrolada.