El Papa urge a los obispos y sacerdotes «a servir a Cristo en las favelas»
Encuentro del Papa Francisco con los obispos de Brasil en el Palacio Arzobispal de Río de Janeiro - efe

El Papa urge a los obispos y sacerdotes «a servir a Cristo en las favelas»

Recuerda el «papel fundamental» de las mujeres en la transmisión de la fe y anima a promover «su participación activa en la comunidad eclesial»

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El acto más emotivo de ayer fue el encuentro del Papa con la clase dirigente del Brasil. El más ruidoso, la vigilia con los jóvenes. Pero los mensajes de mayor alcance para la vida de la Iglesia surgieron en dos encuentros con obispos: el primero con los 250 venidos de todo el mundo a la JMJ, y el segundo con los 453 obispos del Brasil. El Papa quiere un profundo cambio de actitud en la Iglesia. Lo que iba a ser un discurso del Papa a los obispos brasileños fue, en realidad, la entrega de un largo texto, casi una Exhortación Apostólica, construida sobre el Documento Final de la conferencia del CELAM en Aparecida en el 2007. Aunque se dirige a Brasil, su valor es universal, no sólo porque los problemas son similares en otros países, sino porque muestra el estilo de Iglesia que desea el Papa Francisco.

Remontándose al hallazgo de la imagen de la Virgen de Aparecida en 1717 en el río Paraíba, el Papa recordó que «el origen del evento está en la búsqueda de unos pobres pescadores. Tienen una barca frágil, redes viejas, tal vez deterioradas, insuficientes…» pero encontraron a la patrona del Brasil.

Del mismo modo, «las redes de la Iglesia son frágiles, quizá remendadas. La barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes trasatlánticos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres». La experiencia muestra que «el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor», por eso «la Iglesia ha de recordar siempre que no puede alejarse de la sencillez». Esa fue la línea de numerosos obispos «que han dejado una huella indeleble», como el cardenal Aloisio Lorscheider o el arzobispo Helder Cámara.

El Papa certificó que la Iglesia brasileña «ha recibido y aplicado con originalidad el Concilio Vaticano II» y, «aunque ha debido superar algunas enfermedades infantiles», es ahora «una Iglesia más madura, generosa y misionera». Pero se ha mostrado a veces demasiado lejana y «demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido». Como en el camino de Emaús, se necesita «una Iglesia que sepa dialogar con los discípulos que huyen de Jerusalén».

Revisión profunda

El Papa les dijo que lamentarse es estéril. En cambio, «hoy hace falta una Iglesia capaz de acompañar en el camino, de ir más allá del mero escuchar: una Iglesia que se dé cuenta de que las razones por las que algunos se alejan contienen los motivos para un posible retorno, pero es necesario saber leerlo con valentía».

En esa línea, «hay que tener el valor de una revisión profunda de las estructuras de formación y preparación del clero y del laicado en Brasil». Y no olvidar que «las mujeres tienen un papel fundamental en la transmisión de la fe. No reduzcamos el compromiso de las mujeres en la Iglesia, sino que promovamos su participación activa en la comunidad eclesial».

Misa en la catedral

El Papa quiere que los laicos sean misioneros, y lo dijo en la homilía de la misa con los obispos que han venido a la JMJ.Aunque «muchos jóvenes podrían sentirse un poco asustados, pensando que ser misionero significa necesariamente abandonar el país, la familia y los amigos», su propio caso enseña que no es así. «Mi sueño, de joven», les dijo, «era ir de misionero al lejano Japón. Pero Dios me mostró que mi tierra de misión estaba mucho más cerca: mi patria».

El Santo Padre urgió a los trescientos obispos y millares de sacerdotes y religiosas a «ayudar a los jóvenes a darse cuenta de que ser discípulos misioneros es una consecuencia de ser bautizados: es parte esencial de ser cristiano, y que el primer lugar donde se ha de evangelizar es la propia casa, el ambiente de estudio o de trabajo, la familia y los amigos».

Les invitó a mantener un contacto habitual con Cristo en la oración, en la Eucaristía y «en las personas más necesitadas». Y aconsejó meditar unas palabras de Teresa de Calcuta: «Debemos estar muy orgullosos de nuestra vocación, que nos da oportunidad de servir a Cristo en los pobres. Es en las ‘favelas’, en los ‘cantegriles’, en las ‘villas miseria’ donde hay que ir a buscar y servir a Cristo».

El Papa urgió a los pastores a educar a los jóvenes «a la misión, a salir, a ponerse en marcha. Así ha hecho Jesús con sus discípulos: no los mantuvo pegados a él como una gallina con sus polluelos; los envió». La Iglesia debe tener siempre las puertas abiertas, «no sólo para acoger, sino para salir por ellas a buscar y encontrar a la gente; a los más alejados, a los que no suelen frecuentar la parroquia».

Les aconsejó favorecer «la cultura del encuentro», para hacer frente a la «cultura de la exclusión, la cultura del desecho», consolidada en muchos países respecto a los ancianos, los pobres y los débiles: «¡Tengan el valor de ir contracorriente!».