El ángulo oscuro

Todos contra Salvini

En el ascenso de Salvini se prueba que los italianos, al menos, son un poquito menos masoquistas que los españoles

Juan Manuel de Prada
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Coincidí la semana pasada en la ciudad italiana de Viterbo, que conmemoraba a su patrona Santa Rosa, con Matteo Salvini. Acudía el vicepresidente y ministro del Interior italiano a la procesión de la célebre «máquina de Santa Rosa», una enorme y pesadísima torre barroca iluminada por candelas que transportan cientos de costaleros por las calles de la ciudad, mientras cae la noche. El recibimiento que los viterbeses dispensaron a Salvini fue apoteósico: a su llegada a la Piazza del Comune la multitud lo recibió con vítores, arremolinándose en su derredor; y cuando el líder de la Liga ascendió en mangas de camisa (y con las huellas del sudor bien visibles en la tela blanca) hasta la iglesia de San Sisto, para saludar a los costaleros, los aplausos se volvieron atronadores. Todos los viterbeses querían hacerse fotos con el político, lo abrazaban exultantes y lo retenían enfervorizados, dándole ánimos para acometer los retos a los que se enfrenta.

Y todo esto ocurría después del derrumbamiento del puente de Génova. Ocurría después de que la clerigalla de culo en pompa emparentase a Salvini con Satanás. Ocurría después de que fiscales a las órdenes del mundialismo lo investigasen por «secuestro» de inmigrantes (o sea, por impedirles desembarcar en tierras italianas). Ocurría después de que jueces misteriosamente diligentes se empeñasen en disolver su partido, por chanchullos financieros del año de Maricastaña. Ocurría, en fin, mientras la propaganda sistémica trabajaba a destajo en la denigración de Salvini. Pero, según pude comprobar, mientras la prensa lacaya y todas las fuerzas fiambres del pudridero europeo (con el gabacho Macroncito a la cabeza) se dedicaban a demonizar al líder de la Liga, su estrella no dejaba de ascender en los sondeos. Mientras los viterbeses se abrazaban al macho alfa de la política italiana, pensé que aquella imagen era la prueba más contundente del divorcio del pueblo y las turbias instancias que durante décadas lo han apacentado plácidamente. En Italia este divorcio ya se ha consumado; y pronto ocurrirá lo mismo en otras colonias del pudridero europeo, hartas del destino servil y eutanásico que les han adjudicado los burócratas de Bruselas.

Naturalmente, no creemos que Salvini sea un santito de peana. Pero se trata de un político que ha sabido convertir la Liga (en origen una formación milanesa y secesionista) en una fuerza nacional, capaz de atraer a personas de muy diversas ideologías y extracciones sociales. En contra de lo que pretenden sus demonizadores, Salvini no es un «racista»; es, simplemente, un tipo rebosante de carisma que ha sabido interpretar una inclinación humana perfectamente lícita, cual es la defensa de la propia identidad y el anhelo de preservar las tradiciones propias, frente al mundialismo voraz que azuza las corrientes inmigratorias para disolvernos en una papilla informe. Salvini ha sabido interpretar a la perfección este elemental anhelo humano, dando cauce a una rebelión popular contra el popurrí multicultural que preconiza un progresismo al servicio de la plutocracia y contra las inanidades retóricas de cierto buenismo clericaloide que pretende que todas las religiones y culturas son igualmente dignas.

Tal vez Salvini sea un demagogo; pero su demagogia es, en cualquier caso, mucho menos artificiosa y vacua que la demagogia de los paladines del pudridero europeo, que como el personaje de Kavafis esperan indolentemente a los bárbaros. ¿He escrito indolentemente? En realidad, los esperan con los brazos abiertos, mientras fríen a impuestos y dejan sin trabajo y corrompen moralmente a los imbéciles que todavía les votan. En el ascenso de Salvini se prueba que los italianos, al menos, son un poquito menos masoquistas que los españoles.

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de PradaEscritorJuan Manuel de Prada