Isabel San Sebastián

Dos presidentes

Parece mentira que Aznar escogiera a Rajoy para sucederle a la cabeza del PP, siendo tan opuesto a él

Isabel San Sebastián
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Parece mentira que Mariano Rajoy y José María Aznar pertenezcan al mismo partido. Más aún sorprende que Aznar escogiera precisamente a Rajoy entre varios aspirantes ilustres para sucederle a la cabeza del PP y, urnas mediante, el Gobierno. Uno de ellos o los dos han dejado de ser lo que eran o han sufrido una metamorfosis, porque es difícil encontrar dos personalidades más dispares, dos caracteres más antagónicos, dos visiones de una misma realidad más contradictorias, dos propuestas de futuro más enfrentadas entre sí. Ni uno ni otro pronuncian siquiera el nombre de su «compañero» cuando se refieren a él, aunque resulta evidente la creciente hostilidad que se profesan. Cada cual desprecia al contrario a su manera, más o menos explícita dependiendo del contexto y la ocasión. Lo paradójico, lo lamentable, es que ambos atesoran virtudes que, sumadas, constituirían un capital formidable para un partido liberal de centro-derecha con vocación de liderazgo en toda España, pero prefieren lanzarse pullas estériles en una competición absurda por ver quién tiene el ego más grande.

Esta semana protagonizaban nuestros dos personajes sendas intervenciones públicas. El lunes habló Aznar, inaugurando un ciclo de conferencias dedicado por las fundaciones Villacisneros y Valores y Sociedad al necesario fortalecimiento de España. El martes lo hizo Rajoy, invitado por el Foro ABC. Hubo llenazo en los dos casos. También coincidencia en el núcleo central de sus discursos, si bien el enfoque que dieron a los mismos problemas resultó ser justo el contrario. Para el presidente que llegó al poder en 1996 con una exigua ventaja y revalidó el cargo llevado en andas por 183 diputados, «hoy tenemos un país que se está desvertebrando política, social y territorialmente», a falta de un proyecto compartido capaz de cohesionarlo. El actual inquilino de La Moncloa, que tras un paréntesis convulso repite mandato obligado a tejer pactos al perder la mayoría absoluta, hizo un panegírico del «diálogo político, social y territorial, la cesión y el acuerdo» como base de la estabilidad y el crecimiento económico. Aznar afirmó que «España no se va a romper», lo cual a su juicio no basta ante un «pulso permanente de suma cero o negativa» entre el Estado y las comunidades. A Rajoy, por el contrario, le basta con la certeza de que en Cataluña se cumplirá la ley y nadie robará su soberanía a los españoles. El País Vasco estuvo ausente del texto que leyó en la tribuna el jefe del Ejecutivo, cuando figuraba en el primer folio del que desgranó su presidente de honor en el aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez por un sicario de ETA. Y a la banda terrorista se refirió el ponente para denunciar un historial de sangre y fuego que se pretende tergiversar ahora «en una ficción infame destinada a mezclar a víctimas y verdugos». La crisis y sus consecuencias fueron objeto de análisis por parte de ambos, aunque desde extremos opuestos de la pirámide de población. Y así, mientras el gallego se fijaba como objetivo la cifra de veinte millones de empleos para hacer posible el mantenimiento de las pensiones y el Estado del bienestar, el vallisoletano ponía el dedo en la llaga del «juego sucio» que sacrifica a toda una generación de jóvenes obligada a «pagar la factura de un bienestar que apenas disfrutan» por causa de la enorme deuda acumulada durante estos años.

Frente al elogio a la prudencia, la paciencia y la moderación esbozado por Rajoy, Aznar reivindicó el coraje, la fortaleza y la voluntad. Uno parecía optimista ante un futuro alcanzable a base de resistencia, mientras el otro se desesperaba ante la falta de acción. ¿Se imaginan lo que lograrían esas energías juntas? ¡Ay, cuánto daño hacen la vanidad, el orgullo y los celos!

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