El fracaso migratorio del Gobierno

El Gobierno ha sembrado mucha confusión sobre su política frente a la inmigración ilegal. El espectáculo del Aquarius ha sido desmentido por la realidad, pero quedan sus efectos

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La presión migratoria sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla sigue siendo un problema que el Gobierno de Sánchez tiene que abordar seriamente con Marruecos. Ayer, dos centenares de subsaharianos consiguieron pasar la valla de Melilla. Otros cien fracasaron en el intento y, lo que es peor, un inmigrante murió en el inteno de salto. Este incidente se ha producido al día siguiente de que los ministros de Interior de España y Marruecos, Grande-Marlaska y Laftit, se reunieran en Madrid para tratar la colaboración entre ambos países frente a la inmigración ilegal. El asalto en la frontera con Melilla demuestra la dependencia que tiene España de la cooperación marroquí para contener la presión de los grupos inmigrantes. El Gobierno ha sembrado mucha confusión sobre su política frente a la inmigración ilegal. El espectáculo del Aquarius ha sido desmentido por la realidad, pero quedan sus efectos. No se puede pedir a otros países que colaboren para frenar asaltos a la frontera y recibir con entusiasmo a los que llegan por mar. Sánchez está rectificando por la vía de hecho, sin reconocerlo, como suele. Aplica sin reparos un procedimiento de devolución inmediata pactado con Rabat en 1992 y salva las «devoluciones en caliente» de la reforma de la Ley de Seguridad, después de criticar al PP por introducirlas. A todo esto, y pese a su frenesí viajero, no consigue visitar oficialmente Marruecos, pieza clave en cualquier aminoramiento de esta crisis.

El escenario en Europa ha cambiado mucho con el cierre de los puertos de Italia, la estrategia común de los países de Europa oriental y la marcha atrás de Merkel a su planteamiento de fronteras abiertas. La política migratoria de Sánchez no ha reaccionado a estos cambios y por eso no está funcionando.