ABC
Editorial

La debilidad da alas al nacionalismo

No es posible negociar la ruptura de la unidad territorial, uno de los pilares básicos de la Carta Magna

Actualizado:

La estrategia que pretende llevar a cabo el Gobierno de Pedro Sánchez para tratar de solventar la crisis política desatada por el independentismo, el mayor reto al que se ha enfrentado la democracia española, no solo está condenada al fracaso, sino que podría agravar la situación. Intentar contentar a los nacionalistas mediante nuevas cesiones económicas y competenciales no colmará, en ningún caso, la aspiración final de los separatistas, que no es otra que imponer su ansiada utopía a costa de los derechos y libertades de todos los españoles y el marco fundamental de convivencia que establece la Constitución. De hecho, lejos de ser una solución, el plan de los socialistas generará nuevos e importantes problemas, ya que el nacionalismo se crece ante la debilidad del Estado y la flaqueza de sus dirigentes. La respuesta de los nacionalistas vascos y catalanes evidencia que las veleidades negociadoras de Sánchez están siendo interpretadas como una oportunidad real para alcanzar sus objetivos soberanistas.

Prueba de ello es la multitudinaria marcha que tuvo lugar ayer en el País Vasco en favor del inexistente y maniqueo «derecho a decidir», con la presencia y apoyo de destacados miembros del PNV y separatistas catalanes. Tras años en los que el sentimiento independentista ha caído de forma sustancial entre la población vasca, no es casualidad que esta iniciativa, cuya representatividad era marginal, haya contado justo ahora con el respaldo del Gobierno foral para resucitarla y llamar la atención, a imagen y semejanza del relevante papel que ha desempeñado la Generalitat a la hora de impulsar el procés. Que el PNV avive la ruptura social desde las instituciones para perseguir un proyecto sin futuro es de una irresponsabilidad supina, pero que los socialistas vascos se mantengan inmóviles ante tal afrenta es, si cabe, aún más preocupante. La efusividad con la que el independentismo catalán ha acogido la propuesta de diálogo ofrecida por Sánchez también constituye una pésima señal. Tras lograr el levantamiento del control financiero sobre las cuentas de la Generalitat y en vísperas de la reunión que mantendrá con el presidente del Ejecutivo, Quim Torra ya se ha apresurado a exigir que la negociación se plantee en clave bilateral, «de gobierno a gobierno», y partiendo del resultado que arrojó el referéndum ilegal del pasado 1 de octubre, sin renunciar a la independencia, sino todo lo contrario.

El Gobierno no puede ceder ante las demandas del nacionalismo, ya que este avanza conforme el Estado se repliega, tal y como sucedió en su día tras la aprobación del Estatut por parte de José Luis Rodríguez Zapatero, germen del posterior movimiento soberanista. El diálogo político no solo es factible, sino necesario, pero desde el más estricto respeto al Estado de Derecho y la Constitución. No es posible negociar la ruptura de la unidad territorial, uno de los pilares básicos de la Carta Magna, ni la consiguiente disolución de la soberanía nacional, de donde emanan todos los poderes del Estado. Frente al independentismo hay que demostrar firmeza, no fragilidad ni indecisión.