Labores de extinción desde tierra
Labores de extinción desde tierra - EFE
BALANCE A 31 DE AGOSTO

Incendios: El monte «respira» un verano más

La temporada de incendios de este año, que aún no ha concluido, se sitúa entre las más benignas de la última década

Actualizado:

Con la cautela necesaria, ya que la temporada de incendios no termina oficialmente hasta finales de septiembre, podemos decir que ha sido una de las temporadas más benignas para la superficie forestal de nuestro país con 39.410 hectáreas (ha) quemadas en todo el país, a fecha de 31 de agosto, últimos datos disponibles. Levemente superior a las 34.270 ha del año pasado, pero todo un éxito si recordamos que solo el funesto incendio que tuvo lugar en Cortes de Pallás y Andilla hace dos años arrasó en Valencia 48.500 ha de bosque, amén de una víctima mortal.

Los datos recogidos de las comunidades autónomas por el Centro de Coordinación de la Información Nacional sobre Incendios Forestales, dependiente del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Magrama), apuntan a que una de las claves de las buenas cifras de este año en España ha sido el bajo número de grandes incendios, de más de 500 hectáreas, que hasta el momento han sido solamente 6, la cifra más baja de la última década junto con 2008. En contraste, durante el citado 2012, 2006 y 2005, las tres temporadas más devastadoras en lo que llevamos de siglo, ocurrieron en España 37, 53 y 40 grandes incendios, respectivamente.

«Hay que seguir manteniendo máxima alerta y maximizar también las precauciones, porque basta una semana de incendios para que las buenas cifras se reviertan», advierte a ABC Natural Elena Domínguez, responsable del programa de bosques de WWF España, «pero a día de hoy es verdad que, comparado con otros años, se han producido pocos incendios y se ha quemado poca superficie».

Qué se ha hecho bien

En realidad todo depende mucho de las condiciones meteorológicas, y este año, a pesar de algunas previsiones, que daban un verano muy seco y caluroso, no lo hemos tenido. Como apunta la Agencia Estatal de Meteorología en su informe mensual climatológico más reciente, de julio, «la primera quincena del mes fue relativamente fresca, habiendo resultado la primera mitad de julio de temperaturas medias más bajas desde 1997, mientras que la segunda quincena resultó normal o ligeramente más cálida de lo normal».

Para Domínguez, «lo que está claro es que tenemos un monte vulnerable a los incendios por su estructura, por las políticas que llevamos y que no se ha incidido en corregir esta vulnerabilidad. Tener más o menos es un factor coyuntural. Este año ha sido bueno, el pasado fue bueno, 2012 fue terrible y 2015 puede volver a ser terrible, porque las condiciones que hacen que nuestro monte sea vulnerable a las llamas siguen estando ahí».

En el dinero que el Estado invierte en la lucha contra incendios existen principalmente dos partidas, la primera es la que se invierte en extinción (apagar rápidamente un incendio cuando se produce) y la segunda en prevención (evitar, en la medida de lo posible, que esos incendios sucedan). Para Domínguez, en esta última partida «es donde hay que incidir para reducir esa vulnerabilidad. En extinción, y pese a la crisis, hemos comprobado con satisfacción que el presupuesto no ha disminuido en los últimos años», situándose éste en torno a los 50 millones de euros, «somos muy buenos apagando fuegos, hemos mejorado muchísimo y podemos decir que somos muy eficientes».

Qué falta por hacer

La parte del presupuesto que se dedica a prevenir, a hacer que nuestro bosque sea más resistente a las condiciones mediterráneas de altas temperaturas, sí que se ha reducido en un 70% en los últimos tres años. Estamos desarrollando una política de lucha contra los incendios forestales que da la espalda al monte, se centra únicamente en apagar el incendio cuando está sucediendo.Desde una perspectiva puramente económica se podría pensar, en base a los resultados de las dos últimas temporadas, que los recortes en prevención pueden llegar a haber representado un ahorro para las arcas públicas, pero, para Elena Domínguez «esta visión cortoplacista nos puede salir muy cara, porque al abandonar el monte, éste va a ser cada vez más vulnerable, con incendios más virulentos, con mayor impacto y más difíciles de apagar, lo que obligará a subir el presupuesto que hay que dedicar a extinguirlos».

«A día de hoy, el monte en España está abandonado, no se gestiona, y esto es lo que hay que potenciar», añade la coordinadora de WWF. Las ONG ambientales no son las únicas en pensar de esta manera. Ya hace varios meses, el Colegio de Ingenieros de Montes, a través de su decano, Carlos Álamo, manifestó su preocupación ante el «negativo efecto» que conllevaría la pérdida de incentivos a la biomasa forestal (anunciada en el borrador del plan de renovables del Ministerio de Industria, remitido en febrero a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia) para el empleo forestal, el valor de la biomasa y el incremento inevitable de los incendios forestales.

Para Álamo, esta reforma supone un «retroceso imperdonable». Entre las medidas que estas organizaciones piden al Gobierno están las de potenciar la recuperación de biomasa para consumo energético, inclusión de ganadería específica para mantener superficies de cortafuegos o planes de protección de viviendas inmersas en el bosque, «ya que un equipo de extinción debe dar prioridad a vidas y bienes materiales, y mientras estás apagando ahí, el fuego se te escapa por otros frentes», aclara Domínguez.

Éxodo rural

La investigadora Vanesa Moreno, del Departamento de Geografía de la Universidad de Alcalá de Henares, coordinó un estudio -publicado el pasado mes de marzo en la revista Environmental Science and Policy- de la evolución de los incendios forestales en España entre 1968 y 2010. Pese a que los datos señalan un aumento desde los años 70, probablemente relacionado con el éxodo rural, Moreno es optimista. «La gestión ha evolucionado y se ha mejorado la efectividad al adquirir medios para la supresión de los incendios, formación de profesionales, investigación, introducción de tecnologías y prevención, un aspecto que en los últimos años ha acaparado mucha atención», dijo la investigadora a la agencia SINC. Sin embargo, el estudio concede que el cambio climático podría generarnos en el futuro nuevos quebraderos de cabeza, más que por el aumento de las temperaturas, por el incremento en la frecuencia de las sequías.

Y no hay que olvidar que, pese a la vulnerabilidad natural del bosque mediterráneo, la mano del hombre, ya sea negligente o intencionada, está detrás del 88% de los 187.239 incendios forestales que se produjeron en España entre 2001 y 2011, según datos del proyecto España en Llamas, de la fundación Civio.

El problema gallego

Un año más, en el noroeste español (que no dispone de un tipo de bosque mediterráneo sino más bien caducifolio) ha habido más incendios (42% del total) que en el borde mediterráneo (20%) o en el resto de comunidades interiores (37%) de la Península. El 1% restante corresponde a Canarias. La mayoría se producen en Galicia, cuyo «affaire» con los incendios sigue siendo un tópico recurrente.

Aunque los números van descendiendo poco a poco cada verano, desde WWF señalan que uno de los problemas es que en la comunidad gallega «apenas se impulsan mecanismos de participación pública tras los siniestros más impactantes. En esta comunidad, donde el 99% de los bosques son de propiedad particular o vecinal, cobra especial importancia su puesta en marcha para debatir sobre el futuro del eucalipto», una especie que se introdujo en Galicia hace décadas y que ahora varios proyectos, como uno de la Universidad de Vigo en la comunidad de montes de Vincios, Pontevedra, pretenden sustituir por árboles de maderas nobles, más lucrativos y con menor riesgo de incendio que el eucalipto.

«Se trata de potenciar un modelo forestal algo distinto», explica la coordinadora de WWF, «con un uso de masas mixtas de árboles, bosques que no dependan de una única especie, con especies autóctonas o ramas un poco más abiertas». Por ejemplo, en el incendio que en 2012 devastó más de 800 hectáreas en el parque natural coruñés de Fragas de Eume, más de un 66% por ciento eran eucaliptos y helechos frente a un 34% de bosque autóctono, formado en su gran mayoría por pino marítimo y algo de carballeira.