Fotografía de la Plaza Puerta Cerrada con el mural del antiguo lema de Madrid
Fotografía de la Plaza Puerta Cerrada con el mural del antiguo lema de Madrid - Wikipedia
Historia

El lema olvidado de Madrid: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son»

Las antiguas murallas de la ciudad, compuestas de sílex, provocaban un destello de luz cada vez que chocaba una flecha contra ellas dando la impresión de estar hechas de fuego. A su vez, la vinculación con el agua procede del periodo visigodo, cuando la región era conocida como «Matrice» (madre de aguas)

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El primer emblema de Madrid, datado sobre el siglo XII, representaba un pedernal sumergido parcialmente en agua, con dos eslabones a los lados entrelazados que frotan una piedra de sílex haciendo que de esta salgan chispas, según la descripción rescatada por el cronista de Madrid López de Hoyos en sus obras. En torno al conjunto heráldico se situaba una inscripción en latín «Sic gloria labore» (así es la gloria del trabajo), que se completaba con una la leyenda en castellano: «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son, esta es mi insignia y blasón». Un lema olvidado hoy por los madrileños, del que solo quedan remotas huellas en las calles de la capital.

Uno de estas huellas está en la castiza plaza de Puerta Cerrada, que recibe este nombre porque era una de las puertas de la antigua muralla medieval, donde un mural pintado en los años ochenta por Alberto Corazón recuerda el lema y el escudo olvidados. Sobre una pared de color azulado, color que remite al agua, aparece la frase «Fui sobre agua edificada, mis muros de fuego son». Una estampa que dio la vuelta al mundo como portada del número que la revista «Newsweek» dedicó a la capital de España en plena Movida Madrileña. Bajo el lema se encuentra la representación de una piedra del mineral sílex, el cual se ha empleado desde la Prehistoria para fabricar herramientas cortantes. Este material, además, fue empleado en la construcción de las murallas de Madrid, la razón de ser de la cita «mis muros de fuego son».

Según la tradición, los muros de fuego eran las murallas de sílex (pedernal) que los árabes construyeron para protegerse de los ataques cristianos. Cuando los enemigos lanzaban flechas por la noche sobre las murallas de Madrid, el impacto provocaba un destello de chispas dando la impresión de que los muros eran de fuego. No en vano, la abundancia de este mineral en Madrid queda patente en que muchas iglesias y construcciones de herencia medieval cuentan también con este material en sus estructuras. Lo mismo ocurre en el Madrid de los Austrias, donde se siguió usando este mineral, como acredita el convento de la Encarnación, la Casa de los Lujares o la Casa de Cisneros.

Por su parte la vinculación de Madrid con el agua («Fui sobre agua edificada») hace referencia a la fundación de Madrid por los musulmanes sobre un terreno rico en acuíferos y arroyos, como el que corría por la Calle Segovia abajo, que provocaba que algunas zonas de la ciudad, como la propia Plaza Mayor, fueran pantanosas. De hecho, bajo Madrid existe un acuífero terciario (formado entre 5 y 20 millones de años atrás) con una extensión que sobrepasa los 2.600 km2. Sin embargo, más allá de su gran extensión, la importancia de este acuífero radica en su gran espesor, que alcanza los 3.000 metros en algunas zonas (Montes de El Pardo).

«Matrice», la madre de las aguas

La relación de la región con el agua podría ser incluso anterior a los musulmanes. Según explica Jaime Oliver Asín en su libro «Historia del nombre de Madrid», el asentamiento visigodo anterior a la llegada de los musulmanes recibía el nombre de «Matrice», que se traduce como «madre de aguas». Los visigodos encontraron una gran fuente en lo que hoy se conoce como Plaza de Puerta Cerrada, donde surgía un arroyo que discurría hacia el río Manzanares.

Por su abundancia de agua y de otros recursos, los ejércitos musulmanes también establecieron un asentamiento fijo en el centro de la meseta hacia el siglo IX. Los árabes, grandes maestros de la canalización del agua, tradujeron probablemente el nombre visigodo a «Mayrit», palabra compuesta por el término árabe «Mayra» (madre o matriz) y el sufijo «it» (lugar). Tras la Reconquista, se recuperó el término de origen cristiano, «Matrice», que evolucionó a «Matrit» y posteriormente al actual Madrid.

«Mayrit», palabra compuesta por «Mayra» (madre) y el sufijo «it» (lugar)

Así, Madrid fue incorporado al territorio cristiano en el siglo XI, tras su conquista por Alfonso VI de León y Castilla en 1083. Un relato medieval, entre el mito y la realidad, narra que la conquista corrió directamente a cargo de unos pocos hidalgos de Segovia. Al mando de Fernán García de la Torre, los soldados segovianos llegaron con retraso al cerco de Madrid provocando el descontento del Rey. Cuando le preguntaron al Soberano que dónde podrían colocar sus mesnadas para la batalla del día siguiente, respondió malhumorado que fuesen a donde quisiesen pues ya era tarde. Los caballeros castellanos heridos en su amor propio entraron de incógnito por la puerta de Guadalajara y tomaron las defensas enemigas. Al día siguiente abrieron las puertas de la ciudad y fueron hasta la tienda del Rey para decirle con altanería: «Que hace Su Majestad durmiendo en el campo y en tienda incomoda si podía hacerlo en cama y dentro de Madrid como ellos lo habían hecho ya esa noche».

A partir de la conquista cristiana, la villa de Madrid comenzó un proceso de crecimiento en extensión y población, que abarcó todo el periodo medieval (alta y baja Edad Media) hasta situarse a fines del siglo XV como una de las principales ciudades de Castilla. Su designación como sede de la Corte por Felipe II en 1561 convirtió a Madrid en la primera capital permanente de la Monarquía española.

Asimismo, la primera referencia clara a la emblemática osa del actual escudo de Madrid aparece en torno al año 1212 (aunque durante una incursión castellana contra la taifa de Murcia se hace una breve mención). En la enseña que las milicias concejiles de Madrid llevaron a la batalla de las Navas de Tolosa con Alfonso VIII, figuraba un oso o una osa en forma pasante con siete estrellas en su lomo. El conjunto hace referencia a la constelación de la Osa Mayor, lo cual se justifica en la gran importancia que tuvo en Madrid la astronomía desde tiempos de los árabes.