El río Manzanares, en el año 1917.
El río Manzanares, en el año 1917. - julio duque
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El puerto marítimo del río Manzanares, un proyecto que hundió Inglaterra

Felipe II ordenó su construcción al ingenierio italiano Juan Bautista Antonelli en el siglo XVI, pero el coste de la derrota de la Armada Invencible truncó cualquier posibilidad de éxito

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Comparándose con Londres o París, Madrid siempre quiso que su río Manzanares tuviera la categoría de sus homólogos Támesis y Sena. Su escaso caudal, así como su limitada utilidad mercantil, siempre lo relegaron a un papel secundario, nimio, donde únicamente fue considerado por sus vecinos europeos como objeto de mofa desde tiempos remotos. Ni siquiera las palabras de un concejal madrileño de principios de siglo XX, que lo destacaba como el núcleo de los primeros asentamientos prehistóricos en la capital de España, aplacaron ese complejo de inferioridad.

Cualquier cosa menos resignarse a tal etiqueta fue la premisa inicial del rey Felipe II sobre el Manzanares en el siglo XVI. El coste económico y humano de transportar las mercancías hasta Madrid desde los puertos de Cádiz o Lisboa, entre otros, era demasiado alto; y el tiempo de traslado, igualmante elevadísimo. Las carreteras y caminos, pésimos, ocasionaban también problemas de seguridad, y todo en conjunto era un problema que «el Imperio que no veía ponerse el Sol» no podía tolerar, por lo que el Puerto del Manzanares era una posibilidad real.

Abrirse camino vía Tajo

Con las arcas a rebosar, Felipe II se embarcó en el megalómano proyecto de construir un puerto marítimo en Madrid, con el fin de agilizar esos transportes. Así, el Rey se puso en contacto con un ingeniero y arquitecto italiano, Juan Bautista Antonelli, que defendía la viabilidad física y tecnológica de abrir tierra desde el océano Atlántico hasta la capital de la Villa, con una única dificultad: el dinero. Antonelli demostró parcialmente la efectividad de su idea navegando en canoa desde Lisboa hasta las proximidades de Madrid. En tal caso, el asunto económico no fue un impedimento y se inició el trabajo con la intención inicial de ensanchar el río Tajo, alcanzar el Jarama y, posteriormente, llegar al río Manzanares.

El proyecto, por increíble que parezca, tuvo resultados positivos entre Abrantes y Alcántara, y Juan Bautista Antonelli, entusiasmado, se afanó día y noche en el sueño de construir lo imposible: un puerto marítimo en Madrid.

La derrota de la Armada, casi definitiva

Sin embargo, sus ilusiones se desvanecieron por otro capricho faraónico del rey Felipe II, ávido en deseos por conquistar a la enemiga Inglaterra. Las obras del puerto, por tanto, se suspendieron ante la incondicional necesidad de construir la mayor flota de barcos jamás vista: la Armada Invencible. Todos los recursos del Imperio español se destinaron a tal empresa, que fracasó en 1588, con la Armada destruida y plegada ante la fuerza del tiempo y la flota británica. Aunque Antonelli murió al poco tiempo, dejó sus estudios a su primo para que consumara su obra, pero Felipe II había perdido el interés en el puerto del Manzanares, y en las arcas reales apenas quedaba nada. «¿Para qué tener un puerto si nos han destruido casi todos nuestros barcos?», se preguntaba un depresivo y hundido rey.

El proyecto quedó entonces prácticamente sepultado, aunque en años siguientes se trató de resucitar con intentos como el de Luis Canduchi, en 1641, que escribió un detallado libro sobre el puerto; el rey Carlos III, que ordenó hacer un canal desde el Puente de Toledo hacia el Jarama; Fernando VII, que extendió a éste en 4 kilómetros; o Francisco Xavier Cabanes, en 1829.

Cualquier atisbo de recuperación quedó descartado con la ostensible mejora de las carreteras de acceso a Madrid y, especialmente, con la llegada del ferrocarril en 1851.