Fuente Castellana y vista desde la Torre Europa de Plaza de Castilla y las Torres Kio - ignacio gil

La maltratada fuente dedicada a Isabel II que dio nombre al Paseo de la Castellana

La gran arteria de Madrid, que ha sido rebautizado hasta en cinco ocasiones en sus dos siglos de vida, acoge en sus orillas los rascacielos más altos y los palacetes decimonónicos más ilustres

Actualizado:

Entre ejecutivos trajeados e imponentes edificios se vertebran los 5,8 kilómetros a lo largo de los que discurre el Paseo de la Castellana. Su nombre no lo hereda de una bella mujer que inspiró grandes hazañas, sino de una fuente ubicada en la plaza de Emilio Castelar y del arroyo homónimo que dibujó en su cauce el actual eje Castellana-Recoletos-Prado.

La Fuente Castellana es uno de los ejemplos más destacados de la arquitectura conmemorativa madrileña de la primera mitad del siglo XIX. Fue levantada por orden de Fernando VII que, en 1830, quiso dedicársela a su hija la futura Isabel II. Pese a ello, ha sido relegada a un rincón de Madrid Río. Hasta los años 70 permaneció un obelisco en la plaza para marcar el nacimiento del viejo riachuelo. Ahora, muy lejos de su primer emplazamiento se mantiene ya sin los elementos característicos de toda fuente como los vasos, los estanques o los juegos de agua.

Precisamente el Paseo de la Castellana, que ha sido rebautizado hasta en cinco ocasiones en sus dos siglos de vida, se nombró como la hija del Rey: el paseo de las Delicias de la Princesa. Con la entrada del nuevo siglo XX fue denominada avenida de la Libertad, como el resto del eje Prado-Recoletos. Tras la victoria del Frente Popular, en 1936, la vía pasó a llamarse Avenida de la Unión Proletaria. Un título que duró poco tiempo, ya que Franco, como hizo en la mayoría de ciudades, la designó Avenida del Generalísimo.

Vía infinita del arte

Su inclinación y rectitud la hacen parecer infinita. Sin embargo, se queda corta cuando se compara con los más de 10 kilómetros que forman la calle Alcalá y con los más de 320 portales de Bravo Murillo. En el ranking nacional se sitúa en el puesto 20 de las más largas.

No obstante, es la única que alberga obras al aire libre de escultores tan célebres como Chillida o Miró. Bajo el puente de Juan Bravo, construido en los años 70, se erige este Museo de Arte Público. Además, de las voluptuosas féminas del colombiano Fernando Botero en la Plaza de Colón y en la de San Juan de la Cruz.

Entre rascacielos y palacetes

Pero no solo los artistas quieren un hueco en esta arteria, también los escultores. Cuatro centros de negocios recalan a ambos lados de esta gran arteria: las torres gemelas de Colón, Azca –con la torre Picasso, la del BBVA y la de Europa–, las torres Kio y las recientes Cuatro Torres.

Entre tantas oficinas también resisten al embestir de la piqueta algunos palacios repartido de forma aleatoria por todo el paseo. Estos caserones burgueses sorprenden al caminante. Medio centenar de mansiones rivalizaban por ser las más bellas. Neogóticos, neoárabes, neoclásicos o modernistas... Hasta nuestros días solo han sobrevivido poco más de diez palacios. «No son los tiempos propicios a las residencias fastuosas». Con esta frase, que hoy podría tener significado pleno, evocaba ABC los palacios perdidos de la Castellana hace ya 55 años.