Cofrades y costaleros: custodios de pasión y belleza
José, Sonia y Rafael, junto a las imágenes de la Virgen y el Cristo de la Fe, en la iglesia de la calle Atocha - belen diaz. video: carolina minguez
Madrileños con historia

Cofrades y costaleros: custodios de pasión y belleza

En la Hermandad del Santísimo Cristo de la Fe miran al cielo. El Viernes Santo de 2013 su procesión del Silencio no salió por la lluvia

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Llevan un año de preparativos. Justo desde el Viernes Santo de 2013. No lo quieren recordar. Llovió y no salieron. Ellos, los cofrades de la madrileña procesión del Silencio, tuvieron que tragarse las lágrimas en el más conmovedor de ese silencio con que sacan a su Santísimo Cristo de la Fe. Pero la vida, como la Pasión, siempre se renuevan. Sonia, José y Rafael, como el resto de sus hermanos de cofradía, están ilusionados y mirando de reojo al cielo. Cruzan los dedos. «¡Que no llueva, por Dios!». Irradian ilusión, fortaleza y felicidad. Ha comenzado la cuenta atrás para uno de los días más importantes de sus calendarios.

«La Semana Santa madrileña es una de las mejores», dice Javier Menéndez, un veterano miembro de la Cofradía del Silencio del Santísimo Cristo de la Fe, instalada en la iglesia del mismo nombre en la calle Atocha número 87. Él también siente emoción por la savia que fluje en esta hermandad, fundada en 1940. Por tanta gente joven dentro de una de las más instituciones más antiguas —si no la que más, que en esto hay sus dimes y diretes—, de la capital.

Su procesión es única. La del Silencio. El Viernes Santo madrileño en pleno recogimiento y total devoción. Un paso y una talla del Cristo que ponen los pelos de punta. Los costaleros se han entrenado desde hace meses para cargar con esos casi 40 kilos de media durante las cinco horas, mínimo, del recorrido por el barrio de Las Letras. Las camareras de la Virgen han vestido a la Señora con todo el mimo de este mundo. Ellos, como el resto de las cofradías que van a procesionar en Madrid, son los protagonistas de una Semana con días llenos de fuerza, belleza y felicidad.

Les corresponde el Viernes Santo. Será el 18 de abril. De tarde, noche y madrugá. En un recorrido difícil, empinado y castizo de Madrid. Bajadas, subidas y calles estrechas por el barrio más literario de la ciudad: plaza de Antón Martín, calle Matute, Huertas, plazas del Ángel y Santa Ana, calles Prado, Echegaray, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, pasando por el convento de San Ildefonso (de las Trinitarias Descalzas), y seguir por San José, Moratín o la costanilla de los Desamparados, Atocha y, un poco más, al cabo de cinco o seis horas, para regresar a la iglesia y devolver al Cristo a su emplazamiento de culto habitual.

ABC ha compartido una mañana con los cofrades del Santísimo Cristo de la Fe. Viendoles cómo preparan todo. Disfrutando con ellos cuando explican los matices del paso, de las flores y los adornos, de la imaginería... Sin prisas. Con mesura. Con una liturgía y una devoción contagiosas. Casi en silencio.

Vestir a la Virgen

SONIA DE LA CRUZ. CAMARERA DE LA SEÑORA

«Tengo el honor de ser diputada y camarera de la Señora, María la Santísima de los Desamparados», nos dice esta madrileña de Villa de Vallecas, 36 años, que se gana la vida como diseñadora gráfica y monitora de pilates. Cuenta con emoción que se tardan doce horas en vestir a la Virgen. «Ahora va de hebrea pero todo depende de la época. En diciembre viste de Inmaculada. Es un privilegio hacer lo que hago. Esto hay que sentirlo desde muy dentro. Es muy especial escuchar el martillo, levantar y empezar a marchar».

No hace más que sonreir pícaramente con eso de la meteorología. «¡A ver si este año el tiempo nos acompaña porque es muy triste no poder salir en procesión». Sonia también es andera aunque ahora ni ella ni otras mujeres de la cofradía puedan ejercer como tales. Hasta un par de años, las mujeres sacaban a andas a la Virgen, en un paso prestado de la vecina iglesia de San Nicolás. Era la única cuadrilla femenina de Madrid. Y no pierden la esperanza de volver a ello.

«¡Todos por igual!»

JOSÉ MIRA. SEGUNDO CAPATAZ Y COSTALERO

Cuando José escucha el grito de «¡Todos por igual!» se olvida del mundo. Es el momento más esperado de su particular Semana Santa y de su querida procesión del Silencio. Va de costalero. Treinta y ocho años de edad y 40 kilos de nada que se echa a las espaldas. «Soy gaditano. Mis padres me apuntaron al nacer y me metieron, de chico, en la procesión de la Borriquilla. Lo que sentimos no se explica con palabras. Es un sentimiento que tiene su punto de emoción», nos dice el segundo capataz de esta hermandad que vive de su sueldo como auxiliar de enfermería. Le gustaría que su hijo también tuviera esta devoción «pero no pienso imponerle nada porque estas cosas se hacen por gusto, porque salen del corazón».

Otro, como Sonia, que pierde estos el sueño con otro Viernes Santo pasado por agua como el del año pasado. «Que no. Esta vez va a ser que no», comenta convencido de que el tiempo les va a acompañar y no truncará sus sueños de sacar al Cristo la noche del Silencio. José está deseando sentir los martillazos en la madera noble del paso metido dentro con sus compañeros, contorsionar el cuello, meter riñones y procesionar. Suerte, costalero.

«Los kilos no pesan»

RAFAEL DORADOR. COSTALERO

Madrileño de Alcorcón, 33 años; de profesión, comercial. Otro costalero por devoción.Rafael se mete bajo el paso del Santísimo Cristo de la Fe desde hace tres años. «Los kilos no pesan y más si lo haces con el gusto que lo hago yo», asegura mientras nos detalla todas las partes que conforman el paso del Cristo. «Mira, mira. Estas son las parigüelas. Allí dentro, en el centro, las trabajadoras, unos puntos de apoyo para el cuello de los costaleros». Su amigo José no pierde hilo. Por si a Rafael se le escapa algo. Y siguen. «El reguardero es la parte de madera labrada más próxima al suelo. El canasto, el segundo piso del paso. El traste, dentro y al centro, es donde se sujeta la cruz de la talla», dice. Da gusto ver la emoción que le echan.