El líder de Demócratas de Suecia, Jimmie Akesson
El líder de Demócratas de Suecia, Jimmie Akesson - EFE

La Unión Europea se prepara para una campaña feroz de los nacional-populistas

Las elecciones europeas de mayo pueden tener un resultado similar al de Suecia a escala de Bruselas

Corresponsal en BruselasActualizado:

La Comisión Europea dijo ayer que «confía que el Gobierno que salga de los mecanismos constitucionales mantenga el sólido compromiso de Suecia con la Unión Europea». Esta ha sido la escueta opinión del ejecutivo comunitario. Hubiera podido tal vez felicitar al ganador, si lo hubiera habido, pero por debajo de este comentario lo único que puede hacer Bruselas es poner una nueva señal de alarma ante lo que se espera que serán las elecciones europeas más complicadas de la historia.

Históricamente, la UE ha sido gobernada por una coalición entre populares y socialistas o excepcionalmente entre populares y liberales. Ningún grupo solo podía tener una mayoría, pero entre las fuerzas del sistema sumaban una mayoría abrumadora frente a los que se definían como euroescépticos. Un dirigente político de cuyo compromiso europeista no se puede dudar, el popular alemán Manfred Weber, suele recordar que en la actual legislatura, la candidatura de Jean-Claude Juncker, fue aprobada en el Parlamento Europeo apenas por una diferencia de cuarenta votos. En una cámara que tiene 750 escaños, ese margen constituye una diferencia realmente frágil que anticipa la posibilidad de que el año que viene, los resultados de las elecciones europeas de mayo puedan dejar las cosas bloqueadas a cuanta de nacional-populistas y antieuropeos, como ha pasado en Suecia.

En ausencia del Partido Conservador británico, que encabezaba un grupo político numeroso donde agrupaba a los sectores más moderados del euroescepticismo, es decir, lo que aún querían estar separados de los abiertamente antieuropeos, en la próxima legislatura se prevé una brecha clarísima entre defensores de la idea europea y los que quieren destruirla abiertamente.

Las instituciones europeas se van a volcar en esas elecciones de mayo próximo precisamente por todo lo que está en juego: la política europea hace tiempo que está dando pasos para acercarse a los ciudadanos con la misma velocidad con la que se desarrollan en las sociedades de los países miembros las nuevas formaciones nacionalistas y demagógicas, fervientes euroescépticas. El Parlamento Europeo, el organismo más directamente implicado en la organización de la campaña, ha desplegado una batería de medidas, sobre todo en los países miembros, destinadas precisamente a explicar a los ciudadanos los beneficios que obtienen de su pertenencia a la UE, tratando de luchar contra los movimientos antieuropeos.

El mismo Weber, que puede ser el próximo presidente de la Comisión si su candidatura acaba siendo confirmada por el Partido Popular Europeo, es de los que también se propone luchar para intentar cambiar esta situación. «Toda mi vida -dice- he vivido siendo ciudadano europeo, creo que hay que acabar con esta discusión de UE si o UE no y superar este debate cuanto antes».

El problema es que hay un porcentaje cada vez mayor de personas que afrontan la incertidumbre a la que les somete el futuro con un gesto reflejo de volver hacia las certezas más próximas votando a los partidos nacionalistas. El fenómeno no distingue ni al norte ni al sur de Europa.

La Comisión ha vuelto a reafirmar su apoyo al proceso de elección del sustituto de Juncker a través del proceso de los «supercandidatos» («spitzenkandidat» en alemán), que es la fórmula que se ha desarrollado haciendo una lectura amable de los tratados y que debería ser el camino precisamente para que los votantes europeos sintieran que son ellos los que deciden quien va a ser el principal dirigente del ejecutivo comunitario. Sin embargo, algo que desde ese punto de vista parecía hasta ahora positivo para el desarrollo democrático de la UE se ha convertido ahora en una fuente de temores, hasta el punto de que los jefes de Estado y de Gobierno han dicho que a pesar de todo, se reservan la potestad de ser ellos quienes decidirán en última instancia. Y el principal argumento que ponen sobre la mesa -aún en privado- es precisamente la incertidumbre que se desprende de las encuestas y de un posible panorama electoral en el que los antieuropeos de todo signo puedan tener mayoría de bloqueo. En ese caso, tendrían que ignorar al candidato propuesto por el partido más votado, y sustituirlo por una figura que fuera capaz de suscitar el apoyo de todos los partidos proeuroeos, aun a costa de disgustar a los electores.