Refugiados sirios en la trampa de la frontera con Turquía

Miles de personas siguen varadas en el paso fronterizo de Bab al Salam, en precarios campos de refugiados

Enviado Especial a Kilis (frontera turco-siria)Actualizado:

Apunta hacia la frontera y dice: «En Bab al Salam está mi familia y no me dejan pasar». El adolescente sirio trata de escabullirse por la verja aprovechando un descuido, pero los guardias le detienen y le escoltan de nuevo hacia territorio turco. A un par de kilómetros en esa dirección, cruzando la tierra de nadie del paso fronterizo, se encuentran decenas de miles de refugiados sirios que huyen de las bombas rusas y del avance de las tropas aliadas de Bashar al Assad. Turquía ha optado por mantener la puerta cerrada y enviar ayuda humanitaria a la zona.

Los que escaparon antes de la región de Alepo y del norte de Siria sí pudieron cruzar el paso de Bab al Salam, u Oncüpinar, como se le conoce desde el lado turco. Tariq, un joven de 16 años que llegó a Turquía hace un año, es uno de ellos. En su ciudad trabajaba como ayudante de sastre, aquí se dedica a vender botellas de agua y frutos secos junto a la frontera. «Vivo en este campo con toda mi familia. Estamos contentos en Turquía, pero echo mucho de menos Siria», nos cuenta.

El campamento de refugiados de Kilis se encuentra pegado al paso fronterizo. Allí cerca de 11.000 personas tienen acceso a unas infraestructuras de considerable calidad, y aún la capacidad total del campo permitiría acoger a 10.000 refugiados más. Por sus calles pavimentadas encontramos a Hassan, que perdió la pierna derecha en un bombardeo ruso sobre la ciudad de Alepo. «Somos muchos los que queremos entrar en Siria para luchar del lado de los opositores, pero no nos lo permiten», asegura. Hace cuatro meses llegó al campamento, donde sobrevive con el dinero que el Estado turco ofrece a cada refugiado registrado.

Las familias perciben 85 liras (menos de 30 euros) al mes por cada uno de sus miembros. «Pero no recibimos dinero, sino que nos lo ingresan y solo lo podemos gastar con una tarjeta especial», se queja Aiman Abdul Rahman. «Esta tarjeta no la aceptan en las tiendas del pueblo, así que solo podemos comprar en el supermercado que hay en el campo, que es mucho más caro», añade este refugiado procedente de la región de Latakia.

Kilis tiene una población de 90.000 personas, pero el número de sirios viviendo en la ciudad y alrededores es de cerca de 120.000, según cifras oficiales. Este gran recibimiento ha llevado al partido islamista del Gobierno turco, el AKP, a solicitar la candidatura de la ciudad para el premio Nobel de la Paz.

No son bienvenidos

No obstante, los sirios no son bienvenidos por todos los locales. «Son demasiados, se meten 20 en una casa y encima el Estado les da dinero», protesta Mecit, un hombre de mediana edad que trabaja en una empresa cercana a la frontera. «Desde que están aquí ha subido el precio de todo. Antes el alquiler era de entre 200 y 300 liras, ahora cuesta 700», añade.

Los sirios que llevan más tiempo en Kilis muestran su preocupación por convertirse en refugiados permanentes. «En Turquía estamos bien, pero no para toda la vida. Llevamos demasiado tiempo aquí. Ojalá pudiéramos ir a algún lugar mejor, ojalá pudiéramos volver a casa», explica el joven Ahmed Al Hameed. En Kilis, a donde llegó hace dos años, se gana la vida haciendo de traductor e intérprete de turco para familias sirias.