Mercadillo callejero en el centro de Molenbeek, donde la inmensa mayoría de la población es musulmana
Mercadillo callejero en el centro de Molenbeek, donde la inmensa mayoría de la población es musulmana - REUTERS

No hubo minuto de silencio por las víctimas en Molenbeek

Los pocos que hablan con la prensa aseguran que los terroristas no representan al barrio

CORRESPONSAL EN BRUSELASActualizado:

«Yo los conozco a todos, se pasaban la vida ahí fumando y drogándose, no sé qué hacía la policía que no los detuvo». Mohamed es el camarero de uno de los bares más frecuentados de la plaza de la iglesia de San Juan, en pleno centro de Molenbeek, donde la clientela escucha en la televisión con atención y poca solemnidad las últimas noticias sobre los atentados terroristas de la víspera. Mohamed es de Uxda, una olvidada ciudad de Marruecos que está al lado de la frontera con Argelia, pero después de más de diez años en Barcelona trabajando en la construcción, tiene ya pasaporte español. «Me tuve que venir aquí cuando empezó la crisis en España, pero este país es una mierda, aquí la gente no es igual, hace frío y no saben vivir. En cuanto vea que las cosas mejoren un poco en España, pienso volver».

«Yo los conozco a todos, se pasaban la vida ahí fumando y drogándose, no sé qué hacía la policía que no los detuvo»

Las noticias las ven en una cadena francesa, en vez de seguir la televisión belga. Si se les pregunta, la mayoría ni se habían fijado, en realidad, lo raro es que no estuviera puesto algún canal árabe, teniendo en cuenta que en este barrio señalado en todo el mundo como bastión de yihadistas, es la lengua que más se escucha por la calle. Ahora, en todo caso, cualquier visitante, mucho más si es periodista, escuchará las mismas frases sobre los autores de la matanza del aeropuerto o de la estación de metro Maelbeek: que los autores «son gente que está mal de la cabeza» y que «no representan a los musulmanes». Pero cuando se les pregunta cómo es posible que Salah Abdeslam hubiera estado cuatro meses escondido entrando y saliendo de este barrio, todo el mundo se encoge de hombros.

Lo mismo sucede en la mezquita principal de Bruselas, un edificio de corte oriental situado en la exclusiva zona del parque del Cincuentenario, cerrada a cal y canto todo el día y que casualmente estaba ayer guardada por otro marroquí con pasaporte español, de nombre tan difícil de escribir que prefiere que le llamen «Angelito», que es la versión que más se parece y como le llamaban en Barcelona. «Siempre pagamos justos por pecadores. Esos criminales no tenían ningún derecho a hacer eso en nombre del islam. No se puede matar a nadie».

«Estoy furioso porque estos actos hayan sido cometidos por personas nacidas aquí»

Bélgica es el país que tiene proporcionalmente más nacionales o residentes en las filas de Daesh en Siria. La sociedad belga intenta encontrar respuestas a las causas de esta deriva terrorista que, entre los atentados de París y Bruselas, suma una cantidad de víctimas imposible de asumir. «Estoy furioso porque estos actos hayan sido cometidos por personas nacidas aquí, que han sido protegidas y cuidadas toda su vida mucho mejor de lo que lo habrían sido en cualquier otra parte del mundo. Furioso de constatar que reciben apoyo de su propia comunidad y de que haya protestas cuando los detienen. Y me callo porque cuando uno está furioso dice cosas que luego podría lamentar», asegura el líder del partido independentista flamenco NVA y alcalde de Amberes.

En sus antípodas ideológicas, la directora del diario «Le Soir», Beatrice Delvaux, firmó ayer un editorial cargado de rabia y titulado «Lo siento: una carta a mi hijo o a mi hija» en el que confiesa que «hace veinte años que te miento» describiendo como periodista un mundo en el que parecíamos haber excluido la guerra «pero lo estamos viendo cada vez más claro: no podrás escapar de la obligación de defenderte y luchar. Y en el momento de escribir estas líneas rezo para que no tenga que ser en el sentido exacto de la palabra, como era antes».

«Fort apache»

A mediodía, como todos los miércoles, los colegios del barrio se vaciaron como si no pasara nada y los niños pasaron delante de la comisaría de policía de Molenbeek sin prestar atención a esa imagen de «fort apache» de un edificio protegido por un exagerado cordón de vallas y un pelotón de soldados encargado de abrir la barrera a los propios coches-patrulla. Como si fuera normal.

Mientras en otras partes de la ciudad miles de personas se unieron al gesto de permanecer un minuto en silencio a las 12, en Molenbeek no pasó nada. La vida siguió igual que cualquier día, tal vez con algunos periodistas curiosos por allí, pero ya ninguno acudió a llamar a la puerta de la familia Abdeslam, en frente de la alcaldía, donde por cierto no había nadie. Pasado el informativo, la gente volvía a hablar del mal tiempo. Y Mohamed, que tiene a su familia en Uxda, volvió a soñar con regresar a Barcelona «para vivir otra vez como en los buenos tiempos». Como si no hubiera pasado nada.