Irán e Israel, las bombas de relojería de Obama

ANNA GRAU | NUEVA YORK
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Que Irán es siempre un problema para el presidente de Estados Unidos es algo que todo el mundo sabe. Que Israel puede serlo es algo que no todo el mundo quiere saber. No es que las relaciones entre ambos países hayan sido siempre ininterrumpidamente idílicas. Ha habido baches en el camino. Pero algunos expertos empiezan a temer que lo que ahora se avecina sea un verdadero socavón.

A día de hoy todavía no es fácil precisar el grado de querencia personal de Obama por el aliado israelí. Se pasó media carrera presidencial guardando equidistancias entre la causa hebrea y la palestina y la otra media tratando de convencer a Tel Aviv de que podía ser su amigo sólido. De no mojarse mucho más allá de la eterna y universal plegaria por la solución de los dos estados pasó a mostrarse comprensivo con la furia defensiva de aquellos a los que bombardean día sí, día también en su casa mientras duermen. Nombró al judío Rahm Emanuel su jefe de gabinete. Y se apoyó en las credenciales poco dudosas ante Israel de Hillary Clinton al hacerla su secretaria de Estado.

Creciente escalada de nervios

Sin embargo la fuerte ofensiva en Gaza (justo antes de que Obama tomara posesión, y ni un día después) era de todo menos una muestra de confianza de Israel hacia la nueva Administración estadounidense. Desde entonces la escalada de nervios ha continuado. Ha habido fricciones por las críticas de Obama a los asentamientos y por las aperturas de la Casa Blanca al mundo árabe. Particularmente a Irán.

Un Irán nuclear da miedo a todo Occidente. Pero en el caso de Israel es un miedo más concreto y más tangible. Cuando hace dos años Israel bombardeó un posible reactor nuclear en construcción en Siria con asistencia norcoreana, las protestas de Damasco fueron sospechosamente débiles. Nadie duda a día de hoy de que aquello era el principio de un arsenal atómico. Tampoco de que Israel está dispuesta a todo para frenar amenazas así.

Los distintos expertos lo tienen claro: en Washington y en Tel Aviv empiezan a imperar visiones muy distintas de cómo mantener la paz en el mundo. Israel cree que lo primero es frenar a Irán. Obama cree que hay que estabilizar Oriente Medio retirando los asentamientos judíos más hirientes y desenrocando la cuestión palestina. Y que eso solo ya tejerá unos equilibrios y alianzas capaces de mantener a Teherán a raya.

Pero el miedo israelí es que si la diplomacia y la retórica de Obama no surten el efecto deseado, los platos rotos los van a pagar ellos. Tienen la sensación de ser la arriesgada bisagra entre el idealismo vacuo de Occidente y el cinismo de Oriente. Para muestra, un botón: el mandatario egipcio Hosni Mubarak, que machaca a los moderados en casa y en cambio aboga por la paz internacional.

Irán y su empeño por conseguir la bomba

No falta quien les dé la razón. Un exmiembro de la Administración de Bush padre que prefiere mantener el anonimato dice a ABC.es que Irán tiene tanto empeño en conseguir su bomba como Israel en que no la consiga. A su juicio este choque no se suavizaría ni con el relevo de Ahmadinejad por Musavi ni por ningún otro presunto prooccidental moderado. “Nadie en Irán puede llegar a nada renunciando al poder nuclear, no lo van a hacer”, remacha.

¿Aunque no lo usaran nunca? En el fondo esa no deja de ser la misma lógica que aplicaba Sadam Husein cuando entorpecía las inspecciones de la ONU, negándose a admitir la inexistencia de unas armas de destrucción masiva en cuya quimera se basaba su régimen de terror. Hacia dentro y hacia fuera, que es tanto como decir hacia Irán.

“Sadam era un tirano repugnante pero era el contrapeso ideal de Irán, la ficha de dominó interpuesta que evitaba el choque directo con Israel. Por eso Bush padre nunca lo quiso derrocar”, recuerda su exsubalterno con nostalgia.

El pronóstico de este experto es pesimista: simplemente no cree que Obama ni Estados Unidos tengan el poder suficiente para controlar la situación. No cuando cada paso que se da hacia Teherán alimenta el recelo de Israel, su sensación de soledad en el mundo. Y cada crítica a Israel, la arrogancia de Teherán.

Eso sin contar con que “en algunas partes del mundo no creen que todo tenga por qué tener solución; entonces se acostumbran a vivir con el problema”. Lo dice el experto.