La franquicia de los chalecos amarillos abre nuevos frentes y se exporta a otros países

Desde las primeras manifestaciones de mediados de noviembre hasta la última jornada del sábado día 16, de este mes de diciembre, el movimiento ha pasado de 200.000 a 60.000 manifestantes en toda Francia

Corresponsal en ParísActualizado:

La crisis social, económica, democrática y política de los chalecos amarillos parece llamada a prolongarse indefinidamente, «exportándose» con éxito y muy distintos rostros en buena parte de Europa.

Desde las primeras manifestaciones de mediados de noviembre hasta la última jornada del sábado día 16, de este mes de diciembre, el movimiento ha pasado de 200.000 a 60.000 manifestantes en toda Francia, pero ha ganado en diversidad, se ha radicalizado y transformado, abriendo nuevos frentes de crisis y reivindicaciones.

Los chalecos amarillos de las primeras manifestaciones pedían carburantes más baratos, menos impuestos y más poder adquisitivo. Emmanuel Macron retiró las subidas de los carburantes previstas para primeros de año, subió en 100 euros en salario mínimo, y se anunciaron medidas de redistribución por un montante de 10.000 a 15.000 millones de euros, según los analistas.

Esas medidas han satisfecho a una parte de los chalecos amarillos, pero no han satisfecho a todas las distintas «familias» de una franquicia que tiene muchas sensibilidades: los chalecos amarillos de izquierda o extrema izquierda y extrema derecha desean poder convocar referendos de iniciativa popular (con temas inflamables, de la inmigración al impuesto de las grandes fortunas); los chalecos amarillos de derecha o izquierda «tradicionales» quieren «nuevas formas de representación»; los chalecos amarillos de todas las tendencias quieren más poder adquisitivo y más servicios en las regiones víctimas de recortes presupuestarias en cuestiones sensibles (guarderías, hospitales, servicios administrativos).

Tras la jornada del sábado 16 (60.000 manifestantes), este sábado día 22 se anuncian un rosario de acciones y manifestaciones de muy diversa índole: «corte» de fronteras (con incidencia sensible en las autopistas que conducen a España), manifestaciones ante la Ópera de París, en Versalles y una veintena de capitales de provincias.

Emmanuel Macron y sus ministros oscilan entre la estaca y la zanahoria: muchos gestos de comprensión, pero movilización llamativa de las fuerzas del orden, que se han beneficiado de una subida expeditiva de los suelos para intentar acallar el descontente creciente.

Todos los partidos políticos, de la extrema izquierda a la extrema derecha, intentan utilizar en beneficio propio la «insurrección» amarilla, sin conseguirlo, por ahora. Y los nuevos activistas y actores internacionales, de Putin a los antiguos organizadores de las campañas de Donald Trump, han ofrecido directa o indirectamente sus «buenos servicios».

En el estadio actual de la crisis, la franquicia chalecos amarillos todavía es muy diversa y heteróclita, sin organización, sin programa único de acción, sin líderes reconocidos como tales por las muy distintas familias de la franquicia común, que los mejores analistas describen como una crisis de inmenso calado nacional.

Jean-Pierre Raffarin, ex primer ministro conservador de Jacques Chirac, comenta: «La dialéctica entre el desierto francés se ha deslocalizado. Las grandes metrópolis han creado territorios que se sienten heridos, cuando ha aparecido un problema de muy mala representación política. Nadie conoce a sus diputados, ausentes. Los alcaldes y autoridades locales y regionales están en casi ruptura con el gobierno. Ante esa mala representación, la crisis sube directamente de la base social a la cúspide del poder político piramidal».

Brice Teinturier, sociólogo, añade: «Francia vive tres crisis, social, democrática y política. Ha crecido, desde hace años, un sentimiento de asco hacia la política y los políticos: la gente se siente muy mal representada, y quiere cambios de fondo, el hombre de la calle quiere encontrar alguien que lo escuche. Ese asco de la política llega a transformarse en odio, por momentos, contra todos los escalones del sistema político, hasta llegar a la cúspide, el presidente de la República, Emmanuel Macron».

Ante tales problemas, concretos y difusos, al mismo tiempo, anti disturbios, gendarmes y policía, solo son una barrera muy provisional. La popularidad de los chalecos amarillos ha disminuido con los estallidos de violencia. Pero la impopularidad de Macron sigue siendo excepcional.

La sexta gran jornada de protestas, este sábado, confirma que el movimiento no ha desaparecido, ni mucho menos; y puede prolongarse indefinidamente, cuando han aparecido chalecos amarillos en toda Europa.

En Alemania aparecieron pronto chalecos amarillos próximos a la extrema derecha.

En Hungría, los chalecos amarillos protestan contra Viktor Orban.

En Polonia, los agricultores han usado los chalecos amarillos para pedir ayuda para los sectores en crisis.

En Holanda, se han manifestado chalecos amarillos pacifistas.

En Portugal, en el Reino Unido, en Irlanda, en Bulgaria, en Israel, en Rusia, en Irak, en el Líbano, incluso en África del Sur, han aparecido chalecos amarillos más o menos sintomáticos o esporádicos.

¿Tiene ese llamativo arco iris de chalecos amarillos algo en común con la franquicia original francesa..?

En apariencia, se trata de manifestaciones de cólera popular que han comenzado a crecer en la tierra baldía, la podredumbre y la crisis de los sistemas de representación tradicionales, sindicatos y partidos políticos, hundidos en crisis de muy diversa naturaleza.