Dimite el presidente argelino Buteflika tras 20 años en el poder

El mandatario, gravemente enfermo, ha visto su poder respondido en las calles con semanas de movilizaciones

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Horas después de que el jefe del Ejército argelino, Ahmed Gaid Salah, urgiera ayer la inhabilitación del presidente Bouteflika por su estado de salud, fuentes oficiales anunciaron anoche que el enfermo mandatario presentó su dimisión para abrir el camino constitucional al relevo. Abdelaziz Bouteflika, que llegó al poder en 1999, había sufrido un derrame cerebral hace seis años que le privó de movimientos y habla, y desde entonces estaba desaparecido de la escena pública.

Según el comunicado oficial, Bouteflika comunicó al Consejo Constitucional su dimisión «a partir de la fecha de hoy», en virtud del artículo 102 de la Constitución que prevé esa posibilidad por razones de salud. Una vez respaldada por el Parlamento, un gobierno provisional será el encargado de poner en marcha la transición y convocar elecciones presidenciales. En el Gobierno tendrá una cartera y un puesto privilegiado el general Gaid Salah, que se convierte así en el nuevo hombre fuerte argelino.

El movimiento para desplazar al enfermo presidente del poder -ejercido presuntamente por su entorno, el llamado «clan Bouteflika»- se puso en marcha a principios de este año, cuando el líder argelino expresó su intención de presentarse a la reelección en las presidenciales previstas para este mes. Pese a las protestas en las calles de Argel y de otras ciudades, el presidente acudió a un ardid que encendió aún más la cólera en todos los estamentos de la sociedad: canceló las elecciones y anunció que seguiría en el poder hasta nueva orden.

Vuelta de tuerca

Casi dos meses de protestas callejeras, en particular los viernes, día sagrado del islam, han surtido efecto. Hace una semana, el jefe del Ejército pronunció un discurso público en el que dio expresamente la «luz verde» para poner en marcha el proceso de sustitución de Bouteflika.

Sorprendentemente, el discurso de Gaid Salah fue amortiguado en el entorno más cercano al presidente enfermo y, además, obtuvo una reacción contraria en la oposición argelina. El viernes pasado, centenares de miles de argelinos volvieron a salir a la calle para reclamar no solo la salida de Bouteflika sino la de «todo el aparato estatal», que tanto el Ejército como el partido en el poder han levantado en las últimas dos décadas.

A media tarde de ayer, el general Gaid Salah volvió a dar otra vuelta de tuerca, esta vez sobre el entorno de Bouteflika, para recordar que hace una semana había pedido la inhabilitación legal y no había recibido ninguna respuesta de Presidencia. En la reunión de urgencia con altos mandos, que filtró convenientemente a la Prensa, el jefe del Ejército advirtió que el poder estaba dirigido en Argelia por «personas no constitucionales» que redactaban los comunicados en nombre del jefe del Estado. El nuevo bocinazo surtió efecto de modo inmediato, y horas después el palacio presidencial anunciaba la dimisión de Bouteflika.

La tensión se mueve ahora hacia el entorno de la oposición al régimen de partido único. Para tranquilizarla con sus intenciones de apertura, el nuevo hombre fuerte del país, Gaid Salah, alabó hace pocos días las protestas de los viernes. «Son marchas pacíficas -dijo- que exigen el cambio político».

Hasta hoy, las manifestaciones de Argelia han estado rodeadas de un ambiente festivo, exento de choques con los antidisturbios salvo algún caso aislado. Las fuerzas del orden argelinas han aprendido la lección de las revueltas en Túnez en 2011, que fueron el preámbulo de la mal llamada Primavera Árabe. Entonces, fueron las reivindicaciones de libertad de los tunecinos las que terminaron por derribar al dictador Ben Ali. El breve interregno de apertura democrática fue un espejismo. Mucho mejor preparados y organizados que sus adversarios liberales, los islamistas se hicieron con el poder en las primeras elecciones y -como en Egipto- acabaron precipitando un retorno a un sistema autoritario laico.

Expectativas

Argelia se encuentra a partir de hoy en la misma tesitura que Túnez y Egipto. Una transición falsa o mal llevada puede ser un reclamo para las fuerzas islamistas argelinas, derrotadas en la sangrienta guerra civil pero aún presentes en el país. Las formaciones radicales cercanas en su día al FIS y hoy a Al Qaida o Daesh son ilegales en Argelia, pero actúa un partido islamista presuntamente moderado que podría capitalizar la queja ciudadana -hoy protagonizada por profesionales y estudiantes- si el general Gaid Salah rompe sus promesas, y acaba tratando de remedar el régimen autoritario de Bouteflika.