Asalto a un hotel en BamakoEl golpe en la mesa de los Almorávides

La rápida reivindicación de la milicia islamista Al Mourabitoun de la masacre cometida en Mali refleja el debate continental entre Al Qaida y Estado Islámico

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La sangre aún no estaba seca y los criminales ya se regodeaban en ella. Este viernes, apenas superadas unas horas del mediodía, la milicia islamista Al Mourabitoun (los Almorávides) corría a reivindicar en las redes sociales el asedio cometido contra el hotel Radisson Blu, de la capital de Malí, Bamako. Con el atentado aún en desarrollo, la premura del anuncio (una maniobra de publicidad, por otro lado, del todo habitual en esta milicia) no era causalidad.

Para el grupo terrorista -fundado por el histórico dirigente de Al Qaida en el Magreb Islámico (AQMI) Mojtar Belmojtar-, la llamada de atención pública resultaba esencial. En los últimos meses, los radicales atraviesan un creciente debate interno que amenaza su supervivencia (al menos, con la forma actual). Y el ataque de Bamako era un mortal «ojo, que seguimos vivos».

Ya en mayo pasado, algunos simpatizantes de Al Mourabitoun decidieron mostrar su alianza con el Estado Islámico. A pesar de ello, el caudillo Mojtar Belmojtar negó este acercamiento y reiteró la adhesión histórica de la milicia a Al Qaida.

«Sigo con mi compromiso de fidelidad y pleitesía a Ayman Zawahiri (actual jefe de Al Qaida)», señaló Belmojtar en un comunicado, donde añadió que la declaración de adhesión de algunos correligionarios al Estado Islámico «había violado expresamente la declaración constitutiva que definió el camino y el comportamiento del grupo».

Por ello, tras el anuncio de la presunta implicación de Al Mourabitoun en la masacre, las reacciones por parte de sus correligionarios en Al Qaida no se hicieron esperar. Los primeros, los simpatizantes de la milicia somalí de Al Shabab (aliada histórica también de Al Qaida, aunque con un amplio debate interno), quienes se regodeaban en el crimen. «Los leones que llevaron a cabo el ataque de Malí separaron a musulmanes de cristianos para proteger a la inmaculada sangre de los musulmanes (sic)», se podía leer en los foros yihadistas ayer.

El guiño hacía referencia a la liberación durante el ataque de Bamako de 15 rehenes que fueron capaces de recitar versos del Corán.

La acción recordaba a la emprendida por Al Shabab en septiembre de 2013 en el ataque al centro comercial Westgate de la capital de Kenia, Nairobi, y que se saldó con 67 muertes. Los radicales obligaron a algunos secuestrados a recitar la shahada (el primero de los pilares del islam que reza: «No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta»). «Quien no las acertaba era ejecutado», aseveraba entonces a ABC Hassan Manina, uno de los liberados.

Puede parecer una nimiedad, pero Al Shabab (pro Al Qaida) tardó varias jornadas en hacer referencia a los recientes ataques de París (Estado Islámico).

Mientras, decenas de simpatizantes de Al Qaida en el Magreb Islámico celebraban en los foros la vuelta a la actualidad de su grupo, que ha perdido considerable terreno en el continente africano a favor del Estado Islámico, recordando que estos últimos todavía «tienen que aprender una o dos cosas».

Y en este curriculum de sangre, lo cierto es que la experiencia de Al Mourabitoun es un grado.

La obra de Mojtar Belmojtar

Entre las principales acciones armadas cometidas por la milicia en sus apenas dos años de vida, se encuentran la muerte de cinco personas en un ataque a un restaurante en Bamako, un ataque suicida en el norte de Malí contra cascos azules de la ONU (3 fallecidos), así como el asedio a un hotel en agosto que dejó 17 muertes en la ciudad de Sevare.

No obstante, es la biografía de su líder, el caudillo Mojtar Belmojtar, quien de mejor manera refleja el intrincado cruce de caminos islamista en el que se ha convertido la región. En 2003, este argelino veterano de Afganistán, a quien se ha dado en numerosas ocasiones por muerto (la última, en junio pasado), se convertía en el autor del primer gran secuestro de extranjeros en el Sahel, cuando se hizo con una treintena de turistas. Una década después, orquestaba la toma del campo de gas argelino de In Amenas, que se saldó con la muerte de 37 rehenes y 32 terroristas en enero de 2013.

De la rebelión tuareg al yihadismo

A comienzos de 2013, la operación Serval, liderada por el Ejército francés, fue lanzada en territorio maliense para frenar el avance de los rebeldes tuareg que se levantaron en armas en enero de 2012, con el apoyo del yihadismo regional.

Solo cinco meses después del golpe, en mayo de 2012, los rebeldes laicos del Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad (MNLA) y los islamistas de Ansar Dine declaraban un nuevo Estado al norte de Malí. Pese a que ambas facciones siempre evitaron realizar cualquier mención específica sobre la participación (o no) en ese Gobierno de Al Qaida en el Magreb Islámico (AQMI), la biografía afectiva de Iyad Ag Ghaly, líder de Ansar Dine, no dejó entonces ningún lugar a la duda.

Dos meses antes, a finales de marzo de 2012, tras la conquista de la ciudad de Tombuctú, este líder islamista tuareg (apodado «el león del desierto») invitaba a una reunión de alto nivel a tres prominentes caudillos de AQMI - Mojtar Belmojtar (recuerden, posterior líder de Al Mourabitoun), Abou Zéid, y Yahya Abou Al Hammam- para analizar la configuración ideológica de la administración.

El historial de los implicados no era menor. Belmojtar -apodado «Belaouar» o «de un solo ojo»-, fue el encargado directo de realizar, ese mismo año, una adquisición de armamento a gran escala procedente del conflicto de Libia, precisamente, para dinamitar el Sahel. Ya por entonces, Belmojtar dirigía uno de los principales batallones de AQMI en la franja de desierto que se extiende entre Argelia, Chad, Níger, Malí y Mauritania.