Caricatura de Cameron y Miliband
Caricatura de Cameron y Miliband - JM NIETO

Cameron, muy correcto, pero falta algo

A pesar de sus excelentes datos económicos, no ha logrado abrir una brecha clara con Miliband

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Se tiene o no se tiene. Blair lo tenía. Vivía un romance perpetuo con las urnas, con su porte de estadista templado y su pico de oro: tres mayorías absolutas seguidas, la última firmada arrastrando ya las heridas de la invasión de Irak. Lo tuvo González, al que hubo que despegar de la Moncloa con agua caliente. ¿Lo tiene David Cameron? Dudoso, aunque casi todos los analistas concuerdan que podrá seguir en el Gobierno, con una alambicada coalición con los liberal-demócratas, los unionistas norirlandeses y el apoyo puntual del populista -y algo populachero- UKIP. [Así estamos contando en directo la cita electoral]

El extraño Ed Miliband, un socialista de vieja escuela y de personalidad «geek», parecía un rival sencillo. Su popularidad personal está por los suelos. Pero las ultimísimas encuestas de este jueves mismo siguen dictando un empate cerrado, con los dos partidos con el 34% de los votos.

Durante la campaña grandes empresarios y algunos compañeros tories reclamaron al campeón de la derecha más pasión, más optimismo, menos colmillo con el rival (el ministro de Defensa ha acusado a Miliband de «apuñalar a su hermano David Miliband por la espalda» y muchos seguidores tories han salido a reprochar que ese no es el fair play inglés, consideran además que embarrar la campaña así ha sido un error táctico de los conservadores, pues opaca su excelente hoja de servicios económica, que debería ocupar el centro del debate).

Lo cierto es que Cameron anotó el mensaje y en los últimos días de campaña cambió, con unos apasionados mítines de proximidad en circunscripciones marginales, a voz en cuello y en mangas de camisa.

«Puede que la gente me vea un poco… no sé, tranquilo, parsimonioso. Pero no es como yo me siento y no es como yo soy. Los conservadores somos gente práctica, sensata, no solo queremos pasión, queremos también un plan», se ha defendido el líder torie, de 48 años, un ex relaciones públicas licenciado en Oxford, previo paso por Eton, de excelente familia y casado con una mujer de linaje aristocrático y mucho dinero, la bien valorada Samantha. El primer ministro es hijo de un acomodado agente de bolsa, tiene sangre de reyes, merced a una amante del «rey loco» Jorge III, y es nieto de un judío sefardí alemán, Emilio Levita.

Los Cameron tienen tres hijos y perdieron uno, Iván, que nació con una severa parálisis cerebral. Aquella tragedia los acercó al gran público, los humanizó. Pero siguen resultando inconfundiblemente «posh», patricios ingleses, amigos de los restaurantes «trendy» de Mayfair, de las compañías endogámicas de pandilla Eton-Oxford, dueños de una casa de 2,8 millones de euros en North Kensington y otra de dos millones en la campiña de Oxford, amén de una impresionante finca que heredó Samantha, alta ejecutiva de éxito, que ha dado la vuelta a una empresa clásica de papelería.

Nigel Farage, el líder de UKIP, el hombre de la pinta, que suele ejercer el rol de bufón oficial del Reino, ha bromeado con que Cameron se ha teñido el pelo en campaña. «Noo –ha negado el primer ministro en «The Sunday Times»-, al revés, quiero más canas, la gente sigue diciendo que le parezco joven».

Cameron es, desde luego, más popular que Miliband, al que supera en valoración en ocho puntos. También resulta un orador eficaz, que habla con estudiado énfasis actoral. Pero se diría que a los británicos les resulta un político más solvente que querido. Claro que él mismo ha explicado, con bastante razón, que es difícil emerger sin cicatrices de una resaca como la de la crisis financiera global: «Hacer un ajuste fiscal de 120.000 millones de libras y tener a la gente saltando de alegría no es precisamente fácil».

Cameron no se podía presentar a la cita de hoy con mejores credenciales económicas. En cinco años su Gobierno de coalición con los liberales ha creado 2,2 millones de puestos de trabajo y ha dejado la crisis muy atrás. Hace dos semanas se conocieron datos que confirman que por primera vez en seis años crece el nivel de vida. El paro es casi friccional, solo un 5,6% (4,2% en Inglaterra) y hay 31 millones de personas trabajando. El FMI ha otorgado al Reino Unido sus mejores previsiones entre los grandes países occidentales. «Somos la factoría de trabajo de Europa, hemos creado más empleo que el resto de los países de la UE juntos», resalta Cameron una y otra vez. Y es cierto. Pero….

«Financial Times», la biblia económica de Londres, publicó hace un par de semanas un barrido entre veinte directivos de firmas del índice bursátil FTSE 100 y los encontró «inquietos, porque a pesar de la recuperación económica, Cameron no abre hueco». Le reprochaban haber hecho una campaña en negativo, con «ataques personales a la oposición», y embarcarse en promesas populistas de gasto, cuando una de sus divisas era la consolidación fiscal.

El papel «correcto» de Cameron

Dos días antes, «The Times», el periódico conservador de Murdoch –con cuyo universo compadreó Cameron en sus primeros días, hasta que se apartó tras el escándalo de las escuchas- aireó críticas tories de que a su líder le está faltando un poco de sangre, carne en el asador. Boris Johnson, el alcalde de Londres, que también huele el rastro de la sangre, pero la de su líder, ya se ha apresurado a recordar que para él sería «maravilloso» aspirar al liderazgo torie. Cameron ha abierto innecesariamente esa carrera, al anunciar que no buscará la reelección, y podría ser un primer ministro pato cojo.

Cameron ha renunciado también a un debate cara a cara en televisión con Miliband. Entendió que podía dar una oportunidad a su rival y solo ha concedido uno, pero con otros seis candidatos.

Cierto que en toda esta hojarasca puede haber mucho de teatrillo animado y fomentado por los medios. John Major, el primer ministro torie que sucedió a Thatcher, ganó unas elecciones en 1992 por mayoría absoluta cuando todas las encuestas le daban por desahuciado hasta 72 hora antes. Los conservadores han desempolvado a Major esta semana, tal vez para animar a su parroquia con aquel ejemplo de vuelco electoral. El viejo zorro ha dejado una frase maestra: «Nunca he visto una campaña que no se diga que va mal».

Cameron, que conserva el sentido del humor, ha reconocido en una entrevista que su hija Nancy, de once años, lo compara con el padre de la serie americana «Modern Family», un tipo que se esfuerza por ser moderno y estar a la última, pero que acaba sonrojando a sus hijos. No le sale con soltura. No es su naturaleza.

Puede ser una pista. Pero tal vez sea mejor esta otra. Cuando empezaba, a Cameron le preguntaron por qué quería ser primer ministro. Su respuesta fue: «Creo que puedo hacer bien ese trabajo». Correcto, sí. Pero es más la contestación de un relaciones públicas que de un estadista.

Si antaño se buscaba el poder para conseguir unos objetivos para el país –al menos nominalmente-, ahora se trataría solo de «yo valgo para eso». El resultado es que las líneas ideológicas se diluyen y el tacticismo crece. Cameron ha anunciado un recorte adicional en el Estado del bienestar de 12.000 millones de libras en la próxima legislatura, acorde con lo que ha hecho durante su mandato. Pero en campaña se ha desmarcado con promesas propias del laborismo, como más horas de cuidados gratis para niños, ayudas para que 1,3 millones de británicos compren sus viviendas y una inyección extra en la sanidad pública de 8.000 millones de libras anuales.

El «conservador compasivo» ha vuelto tras escuchar el clarín de las urgencias en las urnas.