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¿Por que Erdogan exalta ahora con tanto ímpetu el legado del imperio otomano?

Erdogan promete imponer la lengua otomana en la educación secundaria

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«Quieran o no, el otomano será estudiado y enseñado en este país». Así de contundente se mostró ayer el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, al anunciar la introducción de cursos de lengua otomana en los institutos de educación secundaria en Turquía. La medida ha sido aprobada por el Consejo Nacional de Educación y ahora debe ser ratificada por el Parlamento. De hacerlo, el turco otomano se convertirá en asignatura obligatoria en las escuelas religiosas «Imam Hatip», y en optativa en los demás institutos.

El otomano era el idioma culto del imperio, que se escribía en grafía arábiga, y contenía muchas más palabras del árabe y el persa que el turco moderno. El idioma fue sometido a una reforma radical a finales de los años 20 por Mustafa Kemal «Atatürk», el fundador de la moderna República turca, que se inició con la introducción forzosa del alfabeto latino, considerado mucho más adecuado para la fonología del turco (el alifato o alfabeto árabe es muy rico en consonantes pero pobre en vocales, mientras que en el turco sucede al revés). Posteriormente, se simplificó su gramática y se lo purgó de términos de origen extranjero, que fueron sustituidos por palabras túrquicas e incluso neologismos.

Esta reforma, impuesta en un tiempo récord de tres meses, vino acompañada de una gran campaña de alfabetización en todo el país, lo que finalmente aseguró su éxito. No obstante, historiadores y juristas han criticado a menudo que esto supuso un trauma en la conciencia de la nación, cuyos jóvenes son incapaces de leer los documentos históricos de su propio país a no ser que reciban formación especializada.

Pero incluso algunos de estos especialistas alertan contra el uso político de esta lengua. «El otomanismo es una cubierta brillante, una pose para el frente islamista en Turquía. Lo que realmente buscan es la ‘Era de la Felicidad’ [como se describe la época del Profeta Mahoma]», ha advertido Ilber Ortayli, uno de los principales historiadores del periodo otomano en Turquía y profesor en las universidades Galatasaray de Estambul y Bilkent de Ankara. «Usan a los otomanos como una pose para alcanzarla», critica.

Esto podría explicar la exaltación del pasado otomano por parte de los responsables del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), que en los últimos meses han promovido numerosas iniciativas en ese sentido, desde concursos de redacción sobre la grandeza del imperio en las escuelas públicas hasta ceremonias de circuncisión para los hijos y nietos de miembros del partido, como la celebrada a finales de mayo por el vicegobernador de Bursa, Mehmet Özcan, junto a la tumba del Sultán Murat I en Bursa, lo que le valió un amplio rosario de críticas. Ese mismo mes, un grupo de parlamentarios del AKP propuso restablecer los medallones con las firmas de los sultanes en los edificios públicos de Turquía.

«Vosotros sois quienes levantaréis una civilización que se ha hundido. Como musulmán, sé muy bien que esta religión tienen un propietario que la protegerá. Esta tarea cae en nuestros hombros», declaró ayer Erdogan en la misma reunión de la Dirección General de Asuntos Religiosos (Diyanet) en la que se pronunció sobre la enseñanza del otomano.

Los islamistas del AKP se sienten mucho más cómodos con el pasado otomano del país que la oposición secularista, cuyo inspirador, Atatürk, fue el responsable de acabar con la institución del sultanato en 1922. Y hasta su nombramiento como actual primer ministro, el antiguo ministro de Exteriores, Ahmet Davutoglu, se esforzó por desarrollar una política exterior que ha sido calificada a menudo de neo-otomanismo, un intento sistemático de restablecer la influencia de Turquía sobre los antiguos territorios del imperio, desde los Balcanes hasta Oriente Medio.

Este interés, además, se ve realzado por la promoción de películas como «Fetih 1453», una superproducción de 2012 que recrea en clave épica la toma de Constantinopla a manos del sultán Mehmet II el Conquistador (y cuya descripción de los cristianos bizantinos, representados como taimados y corruptos, motivó que el film fuese prohibido en el Líbano). Las autoridades también han abierto recientemente atracciones como el Panorama 1453 de Estambul, un museo histórico que glorifica ese mismo episodio, y a cuya inauguración asistieron el propio Erdogan y el entonces presidente Abdullah Gül. Un indicador de la importancia que estos políticos le otorgan al asunto.