Abubakar Shekau, jefe de Boko Haram dado por muerto en 2013 pero que sigue apareciendo en vídeos - afp

Boko Haram, el secuestro de niñas como arma terrorista

El grupo nigeriano captura a decenas de alumnas de un internado desde mediados de abril

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«Solo queremos que regresen, que nos las devuelvan. Son simplemente niñas». La demanda de la nigeriana Asabe Kwambura no parece excesiva. El pasado 14 de abril, hombres fuertemente armados (presuntos terroristas de Boko Haram) atacaban un internado femenino de Chibok, en el Estado norteño de Borno, en Nigeria. Fueron seis horas interminables a sangre y fuego en plena noche. Durante el asalto, los yihadistas realizaron varios trayectos para escoger a sus víctimas, de entre 16 y 18 años.

«Más de 230 jóvenes fueron secuestradas, a pesar de que el Gobierno diga lo contrario», denuncia a ABC en conversación telefónica Kwambura, directora del centro, donde convivían en perfecta armonía estudiantes cristianas y musulmanas.

Su rabia se encuentra justificada. Solo unas horas después de conocerse la noticia, portavoces marciales aseguraban que casi todas las jóvenes, «de 129», habían sido liberadas, excepto ocho, a pesar las familias y la directora del centro negaban la veracidad de estas informaciones.

En medio de la selva

«La cifra era mucho más alta y el Ejército lo sabía», señala Kwambura. En esas primeras horas, 40 de las estudiantes lograron escapar de sus captores. El resto, continúan, a día de hoy, desaparecidas. Mientras, los padres de las alumnas lamentan el olvido al que se encuentra sometido su caso.

«Tras el secuestro, formamos un equipo de búsqueda hacia la reserva forestal Sambisa (no más de 50 kilómetros del lugar del ataque), basado en las informaciones de que nuestras hijas se encontraban retenidas allí», asevera Mallam Shettima Haruna, quien se ha convertido en improvisado portavoz de los padres de las jóvenes secuestradas.

«Visitamos varios lugares haciendo preguntas, pero cada vez nos dirigían a un nuevo sitio, hasta que llegamos a un espacio en medio de la selva con solo dos casas», añade Haruna.

El portavoz de las familias señala que, entonces, se encontraron con miembros de la etnia fulani (pastores musulmanes) que les advirtieron que los secuestradores estaban bien armados y les matarían. «Decidimos regresar para no perder la vida», lamenta.

En los últimos tiempos, y gracias al anonimato que proporciona el entorno natural, la reserva forestal Sambisa, en la frontera con Camerún, se ha convertido en la base operativa repentina de Boko Haram.

Precisamente, el pasado año, el Ejército nigeriano aseguraba que el líder del grupo armado, Abubakar Shekau, fue herido en un ataque lanzado por las Fuerzas Armadas en este espacio natural. Después, el comandante islamista habría viajado a Amitchide, una comunidad fronteriza de Camerún, para ser tratado de sus lesiones. Sin embargo, la cura sería en vano, y habría fallecido entre el 25 de julio y el 3 de agosto.

Verdad o ficción, a pesar del anuncio de su muerte, Shekau continúa apareciendo en vídeos propagandísticos emitidos por Boko Haram.

Siempre recreándose de sus crímenes. Y no son pocos: Solo en lo que va de año, los enfrentamientos entre el Ejército nigeriano y el grupo armado se han cobrado más de 1.500 muertos, la mayoría, civiles. De igual modo, desde 2009, se estima que al menos 5.000 personas han perdido la vida a manos de la milicia islamista.

Radicalización

Nadie lo hubiera dicho hace más de una década. En 2002, ante la crisis económica que asolaba el norte del país (de mayoría musulmana), cerca de 200 estudiantes decidieron establecerse, junto al líder religioso Mohamed Yusuf, en un campamento cercano a la frontera con Níger. El ideario de esta comuna era la generación de un Gobierno islamista en la región.

No obstante, fue curiosamente la muerte de su fundador lo que radicalizó al grupo. El 30 de julio de 2009, Yusuf fallecía en un enfrentamiento con las fuerzas armadas tras, presuntamente, intentar escapar después de haber sido detenido momentos antes. Durante esos días, al menos 186 personas perdieron la vida en la ola de violencia causada por su captura. Desde entonces, la diplomacia del «Tomahawk» se ha convertido en la respuesta de estos talibanes africanos con cerca de 5.000 muertos a sus espaldas.

Todos, con nombres y apellidos. Inocent Korongo es uno de ellos. Alejado del maniqueísmo que suele hinchar la gloria de las víctimas de cualquier barbarie terrorista, de este joven tan solo diremos que era, simplemente, un ser humano. Nada más. Y más que suficiente. Korongo perdió la vida, junto a otras 43 personas, en el el páramo de la iglesia de Santa Teresa de Madalla, una pequeña localidad situada a 60 kilómetros de la capital nigeriana, Abuja, durante los ataques lanzados a este centro religioso por milicianos de Boko Haram en la Navidad de 2011. Ese día, un coche bomba hizo explosión a la entrada de la catedral, que se encontraba abarrotada por centenares de feligreses. Korongo falleció tras cinco días en cuidados intensivos.

«Cada mañana me levanto buscando a mi hijo entre sueños», reconocía a este diario entonces su madre, Pauline. «Pero la pesadilla nunca acaba».

Korongo tenía solo 22 años. Y, como las jóvenes secuestradas de Chibok, toda una vida por delante. Al menos, más allá de los bosques de Sambisa.