Conquista de Gibraltar - ABC / Vídeo: El almirante invicto, Blas de Lezo

El día de la infamia: la gran traición con la que los ingleses arrebataron Gibraltar a España

En agosto de 1704, el almirante Rooke conquistó la ciudad durante la Guerra de Sucesión en nombre del archiduque Carlos. Tras la contienda, sin embargo, atesoró con celo la región para los intereses británicos

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Los comienzos del siglo XVIII fueron más que negros para nuestra España. Tras la muerte de Carlos II sin descendencia, los vientos de guerra arribaron en 1701 a la Península Ibérica de la mano de los dos candidatos que querían sentarse en el trono: Felipe V de Borbón (el sucesor que había elegido el propio monarca antes de que la parca le diese su gélido abrazo) y el archiduque Carlos de Austria. A favor del primero se posicionó media Europa a la cabeza de Francia, y en apoyo del segundo acudió la otra media (ingleses y holandeses).

El conflicto resultante se cobró -atendiendo a las fuentes- más de un millón de vidas y, por si fuera poco, también fue testigo de una de las mayores felonías perpetradas por la pérfida Albión; la conquista a traición de Gibraltar en agosto de 1704.

La infamia se perpetró durante aquellos días de verano. Y el culpable no fue otro que el almirante George Rooke, un cincuentón que ya se había visto obligado a regresar derrotado a las islas británicas en 1702 después de haber intentado (sin éxito) destrozar las defensas de Cádiz. Apenas dos años después de ir a por lana y volver trasquilado, el de Canterbury logró sitiar, para sorpresa rojigualda, la plaza de Gibraltar con una gran armada británica y holandesa. En este caso, para desgracia española, sí logró pasar por encima de los pocos centenares de soldados y ciudadanos que defendían la ciudad. Aunque, todo hay que decirlo, a costa de la sangre de sus hombres.

A nivel oficial, la misión se llevó a cabo para honor del archiduque. Sin embargo, los británicos no dudaron en quedarse la región cuando finalizó la Guerra de Sucesión.

Primeros intentos

El origen de la conquista de Gibraltar se encuentra en 1704, año en que los mandos ingleses (movidos más por sus intereses nacionales que por los del candidato de la casa Austria) ansiaban meter el dedo en el ojo a nuestra España. Con este objetivo partió el almirante Rooke con una flota angloholandesa formada -según desvelan los autores de « Historia general de España y América»- por «30 barcos ingleses y 18 de las Provincias Unidas de Holanda, además de otras embarcaciones de menor calado».

Muchos historiadores se han adentrado en la difícil e ingrata tarea de desvelar el número concreto de marinos y soldados que le acompañaban. Sin embargo, a día de hoy se hace difícil conocer la cifra de manera concreta. De hecho, y atendiendo al experto al que se acuda, el abanico oscila entre los dos y los catorce millares.

Lo que sí está claro es que a las órdenes de las fuerzas de desembarco destacaba el príncipe teutón George de Hesse Darmstadt y que uno de los objetivos principales de la armada de la pérfida Albión era acabar con las defensas de Barcelona.

George de Hesse Darmstadt
George de Hesse Darmstadt - ABC

Según explica Cesáreo Fernández Duro en su obra magna (y de obligada consulta) « Historia de la Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón», ambos oficiales arribaron a las costas catalanas a finales de mayo y «echaron a tierra un cuerpo de 3.000 hombres, intimando a la vez la entrega de la ciudad con amenaza de destruirla». En la obra del siglo XIX « Historia de Gibraltar y su campaña», Francisco María Montero es de la misma opinión y, a su vez, añade que los británicos iban cargados de «manifiestos y proclamas» para «sublevar la ciudad».

De poco les sirvieron a los «british» sus amenazas y sus papelotes. De hecho, fueron una fanfarronada similar a la que perpetró Edward Vernon durante la batalla de Cartagena de Indias contra el virrey Eslava y el mitificado Blas de Lezo.

Ejemplo de ello es que, tras algunas semanas al calor del puerto, los ingleses y sus aliados holandeses plegaron banderas y se retiraron ante la imposibilidad de rendir la urbe. «Estuvo la escuadra fondeada desde el 18 al 31 de Mayo, tiempo en que arrojó unas 300 bombas sobre los edificios antes de adquirir el convencimiento de haberse frustrado los deseos de Darmstadt, con el cual se alejó Rooke el 2 de Junio, reembarcada su tropa», desvela Duro en su obra.

Hacia Gibraltar

Por si huir con el rabo entre las «legs» no fuese ya suficiente, Rooke recibió además la noticia de que una considerable flota franco-española había partido desde Tolón con órdenes de mandar los bajeles de la «Royal Navy» hasta el fondo del mar. Fue por ello por lo que, para evitar más disgustos a la corona, ordenó poner las velas en dirección hacia la costa portuguesa.

La decisión no se demostró, a la postre, excesivamente heroica, pero le permitió unir a su armada otra veintena de cascarones más pertenecientes al también almirante Cloudesley Shovell. «Este, con otros 23 navíos, le puso al frente de 72, en que iban más de 30.000 hombres de mar y tierra», señala Fernández Duro.

Almirante Rooke
Almirante Rooke - ABC

Desde la seguridad del puerto, el frustrado George de Hesse Darmstadt se propuso dar un golpe de mano allí donde más molestase a los nuestros. Y así fue como fue alumbrada la idea de hacerse con Gibraltar, la entrada natural al Mediterráneo. «Se ingenió el de Darmstadt para insinuar entonces al almirante inglés el disgusto que en Londres, lo mismo que en Lisboa, producía su inacción; la critica y aun la indignación de los Ministros aliados y las imputaciones calumniosas que darían pasto a la maledicencia si acababa de pasar el verano sin conseguir algún resultado de importancia con el poderoso armamento de que disponía. Propúsole seguidamente, un intento contra Gibraltar», desvela Fernández Duro.

Frente a frente

No pudo elegir mejor su objetivo el inglés. Y es que, las defensas de la plaza habían sido descuidadas y, en su interior, apenas había una guarnición de 56 hombres alistados (otros autores afirman que un centenar). Algo similar sucedía con las baterías, la mayoría ubicadas en unos edificios de carácter medieval.

«Las fortificaciones de Gibraltar consistían en una larga cortina [de baterías de artillería] tendida de Norte a Sur y rematada por ambos extremos en los muelles denominados Nuevo y Viejo, en que había montada artillería gruesa, y algo más al Norte del primero un bastión, igualmente artillado», desvela el autor español. En la práctica, la totalidad de las bocas de fuego ascendía a 100, aunque la mayoría en condiciones preacarias o desmontadas.

Por el contrario, los ingleses disponían de una armada más que envidiable. En la obra de finales del XVIII «La historia antigua y moderna de Gibraltar», el británico James Solas Dodd enumeró pormenorizadamente los buques que acudieron hasta la ciudad. En sus palabras, el grueso de la flota estaba formada por 45 navíos de línea de entre 50 y 96 cañones; seis fragatas y una docena de buques de múltiples usos. Fernández Duro afirma que en este último grupo había «dos bombardas, siete navíos de fuego, dos hospitales y un yate». Por su parte, Montero añade que, sin contar con los transportes, del total 51 eran ingleses y 10 holandeses.

Dibujo de las defensas
Dibujo de las defensas

Al final, Rooke celebró un consejo de guerra en Tetuán a bordo de la «Real Catalina» junto a sus capitanes ingleses y holandeses. Aquel día, la decisión fue unánime: había que asaltar la ciudad.

Más allá de la desigualdad que puede verse en los números, así comenzó la que, a la postre, sería la batalla en la que España perdería para siempre Gibraltar. Una afrenta que, en el XIX, seguía escociendo a Fernández Duro: «El descuido, pecado incorregible de los españoles, tenía entregado el Peñón la suerte que sin él no corriera y desde entonces lloran; reconociéronlo los enemigos al confesar que les fuera imposible entrarlo de tener guarnición suficiente».

Primer desembarco

El devenir de aquella aciaga jornada es narrado pormenorizadamente en la obra de Montero. En sus palabras, el día 1 de agosto la flota arribó a las costas de Gibraltar y, en apenas unas horas, de ella desembarcó un contingente con órdenes de tomar el itsmo ubicado al norte de la urbe.

¿El objetivo? Simple, pero efectivo: cortar la comunicación entre la Península Ibérica y los sitiados. Una buena parte de las fuentes afirman que el ejército británico estaba «a tiro de escopeta» de los nuestros. Sin embargo, el autor español niega la mayor ya que, según su testimonio, «Punta mala» (donde se verificó la llegada del enemigo) distaba «media legua» (cinco kilómetros) de las defensas principales. Otro tanto ocurre con el número de enemigos que desembarcaron, entre los 1.800 y los 4.000 atendiendo a las fuentes.

En cualquier caso, lo que sí está claro es que los británicos y holandeses (a las órdenes de Darmstadt) tuvieron poco problema para cumplir su misión. De hecho, aquella rápida victoria les motivó hasta tal punto que, en la mañana del 2 de agosto, el oficial envió una carta a los defensores instándoles a rendirse. La proclama iba firmada por el archiduque ya que, al menos oficialmente, los asaltantes actuaban en su nombre.

El último de Gibraltar
El último de Gibraltar - AUGUSTO FERRER-DALMAU

«A mi ciudad de Gibraltar.

Estando plenamente informado del celo con que siempre os habéis señalado en servicio de mi augustísima casa, y no dudando que lo habéis de continuar, he tenido por bien de deciros, como el almirante Rooke, general de las armas marítimas de S. M. B. pasando el mar Mediterráneo á otras expediciones de mi real servicio, llegará á ese puerto y os hará dar esta mi real carta y os noticiará como yo quedo muy próximo á partir á las fronteras de este Reino y entrar los míos para tomar la posesión que por tantos y debidos títulos me pertenece después de la muerte del rey Don Carlos II mi señor y mi tío, que santa gloria haya.

Esperando yo de lo mucho en que siempre habéis acreditado vuestra fidelidad á mi augustísima casa, pasareis luego que veáis esta mi real carta á aclamarme y hacer que todos los pueblos circunvecinos, que estén bajo vuestra jurisdicción, lo ejecuten en la misma conformidad con el nombre con el que todas las potencias de Europa me reconocen por legítimo y verdadero rey de España.

[…] Si ejecutáis lo contrario, que es lo que no puedo creer de tan fieles vasallos á su legítimo Rey y Señor natural, será preciso a mis altos aliados usar de todas las hostilidades que trae la guerra consigo, aunque con el extraño dolor mio de que los que amo como á hijos padezcan, como si fuesen los mayores enemigos. El mismo almirante Rooke lleva órden para que, cuando vuelva á pasar por ese puerto, si se lo pidiérais, os asista con la gente que pudiere dar si lo necesitáreis».

Los últimos de Gibraltar

La carta le fue entregada al gobernador Diego de Salinas. Y este, tras reunir a los principales dignatarios locales en el ayuntamiento, decidió emular batallas como la de Numancia ante la república de Roma. El político, con más naso que cabeza, se limitó a contestar «que tenían jurado por su rey y señor natural á Don Felipe V y que como sus fieles y leales vasallos sacrificarían las vidas en su defensa». Instantes después hizo valer lo prometido y ordenó reclutar y armar a cuántos más ciudadanos, mejor.

Mapa de las defensas de Gibraltar
Mapa de las defensas de Gibraltar

Al final, los mandos españoles lograron reunir aproximadamente a 400 civiles dispuestos a defender Gibraltar. Estos se unieron a los militares presentes en la ciudad y fueron divididos en varios contingentes:

-200 vecinos fueron destinados al «Muelle viejo» (ubicado en la parte superior de la costa occidental de Gibraltar) al mando del Maestre de Campo Juan de Medina.

-150 milicianos fueron destinados uno de los principales accesos a la ciudad: el «camino cubierto de la puerta». Estos fueron puestos al mando del también Maestre de Campo Diego de Ávila.

-40 combatientes recién reclutados recibieron la orden de defender el «Muelle nuevo» (al sur de la costa occidental). A su mando estaba Francisco Toribio de Fuentes.

-Finalmente, los soldados profesiones tomaron posiciones en el castillo, cuya defensa habían tenido asignada desde el comienzo.

Comienza la batalla

Los días siguientes no destacaron por ningún movimiento especial de tropas. De hecho, las fichas de esta curiosa partida de ajedrez se quedaron quietas. En el caso inglés, porque Rooke estaba convencido de que su imponente potencia naval haría que el enemigo se rindiese sin necesidad de atacar.

A los de la «Royal Navy» tan solo se les escapó algún cañonazo que otro cuyo único objetivo era que los españoles no se olvidaran del peligro que corrían. Finalmente (y cansado como estaba de tanta espera) el 3 de agosto Darmstadt envió un ultimátum de media hora a los defensores. El mensaje, por supuesto, fue respondido con una sonora negativa.

Ya con la certeza de que habría batalla, Rooke ordenó esa misma jornada a sus vicealmirantes (Byng y Vanderdussen) que se ubicasen en las mejores posiciones y desjarretasen una ingente cantidad de bolazos de cañón sobre la pared principal de la ciudad. «Igualmente mandó al capitán Hicks que con el “Yarmouth”, “Tiger” y “Hampton-Court” se apostase en frente del muelle nuevo, y batiese toda la parte del mediodía de la ciudad», añade Francisco María Montero en su obra.

Representación del ataque
Representación del ataque

Las órdenes, para su desgracia, no pudieron cumplirse hasta la noche por las molestas corrientes de la región. Un día después empezó la pelea. «Al amanecer del domingo 4, puestos en línea de combate, sobre treinta buques comenzaron un terrible cañoneo contra la plaza, tan continuo y tan fuerte que en seis horas que duró arrojaron á ella sobre quince mil balas destruyendo casi todo el lienzo que daba vista á la bahía», completa el experto.

Los buques cumplieron su objetivo y dejaron tan maltrechas algunas posiciones defensivas, que tuvieron que ser abandonadas por los españoles.

A la carga

En vista de que las fortificaciones del «Muelle nuevo» habían sufrido lo indecible, Rooke ordenó a sus hombres que desembarcaran y se hiciesen con ese punto. Los encargados fueron los capitanes Hicks y Jumper, que pisaron tierra con un centenar de hombres y entablaron combate con los civiles españoles. «Al final, se apoderaron del puesto, no sin gran resistencia de los habitantes que lo guarnecían», añade Montero.

Tampoco se libró del asalto el «Muelle viejo». Y es que Rooke ordenó al capitán Withaker que lo tomase en nombre de la «Royal Navy» junto a -nada menos- que 600 hombres. Los nuestros, al ver esa ingente cantidad de ingleses, se retiraron. Pero dejaron una curiosa sorpresa para los enemigos en la torre de Leandro, ubicada en las cercanías del puerto... ¡Una bomba!

«Reventó una mina haciendo volar la torre por los aires con tan terrible estrépito y causando tales estragos que sumergió siete lanchas, llenas de soldados enemigos con muerte de trescientos, según unos, y de cuarenta marineros según otros, y con mas de sesenta heridos; contándose entre los muertos á dos oficiales. Un historiador inglés confiesa la pérdida de sesenta hombres y doscientos diez y seis heridos como baja total que experimentaron los aliados en la conquista», desvela Montero.

La lucha no dio para más. Si antes las fuerzas inglesas ya eran superiores en número y en armamento, ahora disponían de todas las piezas de artillería que habían capturado a los españoles. Solo era cuestión de tiempo que entraran en la ciudad tras masacrar a los defensores.

Por ello, Diego de Salinas se decidió a claudicar después de negociar unas honrosas capitulaciones. Así lo demuestra el que, entre otras cosas, los nuestros pudieran salir de la urbe con sus armas y pertrechos, que se les facilitaran barcos y caballos para marcharse de la región y, finalmente, que se mantuvieran los privilegios de los ciudadanos de Gibraltar.

Traición final

Sin embargo, los hombres de la pérfida Albión todavía se guardaban una última jugarreta. Aunque oficialmente los españoles se habían rendido ante el archiduque, Montero afirma que Rooke decidió enarbolar la bandera inglesa en lugar de la de la casa de los Austrias (que había sido izada primero). Así pues, tomó posesión de la plaza en nombre de Ana de Inglaterra.

«Sufrió el de Darsmtadt, según parece, con resignación el ultraje, acaso en la creencia de que Rooke obraba así por órdenes secretas de su Gobierno; y temiendo dar pábulo á un disgusto que privase al suyo de tan poderoso aliado, ó tal vez, y es lo mas probable, que la bondad de su carácter le hiciese cerrar los ojos al agravio presente, fiando al tiempo su reparación y enmienda», destaca el autor español.

La espera no le sirvió de mucho. Ni a él ni a España. Y es que, a pesar de que Felipe V obtuvo la victoria en la Guerra de Sucesión, Gran Bretaña sigue a día de hoy en poder de la región.