Imagen de la portada del libro de Pierre Pellissier y Jerome Phelippeau sobre la isla de Cabrera
Imagen de la portada del libro de Pierre Pellissier y Jerome Phelippeau sobre la isla de Cabrera

«Cabrera, el sepulcro de los prisioneros franceses»: el primer campo de concentración de la historia fue español

Alrededor de 18.000 prisioneros de la batalla de Bailén, en 1808, fueron enviados a esta pequeña isla mallorquina. Se dice que solo sobrevivieron entre 3.000 y 4.000

Las memorias de alguno de los supervivientes describen escenas torturas, hambruna, desesperados intentos de fuga, suicidios y hasta canibalismo

I. Viana
MadridActualizado:

Es difícil encontrar en la prensa de 1809 en adelante alguna mención al trato que los españoles dimos a parte de los soldados franceses que se rindieron en la batalla de Bailén. En concreto, a los alrededor de 18.000 —el número oscila según la fuente— que fueron enviados y abandonados en el considerado hoy por algunos historiadores como el primer campo de concentración de la historia: la isla balear de Cabrera.

Una de las excepciones la encontramos en un artículo publicado por el « Diario de Palma» el 24 de agosto de 1813: «La humanidad clama, se horroriza. Estremece al corazón más duro ver abandonados tres mil o más hombres en una isla desierta e inhabitada, a la intemperie, a la desnudez y hasta al hambre. Si ellos fueron crueles enemigos con las armas, no debemos usar la represalia a sangre fría con el tormento más atroz. La religión lo prohíbe y la naturaleza se trastorna. Tal conducta no se vio nunca en la mazmorras de Argel y Túnez, ni en la brutalidad de los tártaros. Esto no parece ser otra cosa que enviar a los hombres al sepulcro antes de morir. Porque sí, la isla de Cabrera es el sepulcro de los prisioneros. ¿Es creíble esto en España, en el centro del catolicismo?», se preguntaba esta cabecera con la Guerra de Independencia todavía en marcha.

Algunos de los pocos estudios que se han publicado al respecto concluyen que de los 18.000 prisioneros franceses que pasaron en algún momento por la isla entre 1809 y 1814, tan solo entre 3.000 y 4.000 consiguieron sobrevivir a aquel pedazo de tierra convertido en una prisión natural. En el libro «Cuando el padre nos olvida. Los prisioneros de Cabrera en la Guerra de Independencia (1808-1814)», una simple transcripción que el escritor Gabriel Froger hizo a mediados del siglo XIX de las vivencias que le contó uno de esos superviviente, se describen escenas terribles de agresiones físicas, torturas, hambruna, desesperados intentos de fuga, locura y hasta canibalismo.

No son muchos más los documentos publicados en España que hagan referencia al destino de los soldados del general Dupont rendidos en Bailén ante el general Castaños, en primera derrota del todopoderoso Ejército de Napoleón en campo abierto. La misma que significó el principio del fin de su imperio. En 1984 y 1996, «Historia 16» incluyó en su revista dos artículos científicos sobre los antecedentes cordobeses y gaditanos de Cabrera. En 1979, los periodistas franceses Pierre Pellissier y Jerome Phelippeau contaron este confinamiento sin víveres, agua, ropa ni asistencia sanitaria, en un relato novelado basado, según apuntan, en «datos y hechos rigurosamente ciertos, a partir de las memorias de exprisioneros y documentos de la época fieles a la terrible realidad de este episodio». La obra, titulada «Los franceses de Cabrera (1809-1814)», tuvo una edición española en 1980 muy difícil de encontrar, aunque, en 2008, fue reeditada por una pequeña editorial mallorquina: Aucadena. A este hay que sumar hace dos años la novela histórica de Álvaro Arbina, « La mujer del reloj» (Ediciones B), que también hace referencia a esta tragedia.

Hambre y disentería

Todo comenzó con la rendición de los aproximadamente 20.000 soldados invasores y la firma, tres días después, de las capitulaciones de Andújar. Según estas, los franceses se comprometían a abandonar Andalucía y entregar sus armas, mientras España garantizaba la vida de los heridos hasta que fueran repatriados a Francia. El 10 de agosto de 1808, sin embargo, las autoridades españolas reconocieron que no había barcos suficientes para transportar a los prisioneros y se pidió ayuda a los británicos. Estos aceptaron y comenzó un traslado por toda Andalucía hasta Sanlúcar de Barrameda donde sufrieron las primeras penalidades por la mala alimentación y la disentería. El gobernador militar de Cádiz decidió entonces deshacerse de ellos. Los galos comenzaron a perder la esperanza de obtener la libertad en un supuesto canje con españoles.

Portada del relato novelado de «Los franceses de Cabrera»
Portada del relato novelado de «Los franceses de Cabrera» - ABC

Tras varios meses de travesía con rumbo desconocido, una parte de los barcos recaló en las islas Canarias y el resto, unos 10.000 prisioneros, en Mallorca. Cuando este segundo contingente iba a atracar en Palma, las autoridades locales y sus vecinos protagonizaron importantes protestas que obligaron a las embarcaciones a cambiar de rumbo y desembarcar a los presos en la isla de Cabrera. No hay que olvidar el justificado rencor que debía sentir la población española después de la traición de Napoléon, que se comprometió a atravesar pacíficamente España para invadir Portugal, pero que se lanzó a conquistar y arrasar todas las poblaciones que encontraba a su paso, cometiendo por el camino todo tipo de tropelías contra los la población, incluidas violaciones a mujeres y niñas.

El rechazo, por lo tanto, era generalizado y, tras un año de travesía, los prisioneros franceses acabaron en aquella isla de solo 16 kilómetros cuadrados sin ningún tipo de edificación ni recursos suficientes como para sobrevivir. Una prisión natural que permaneció en activo cinco años y un mes, en donde los prisioneros se hacinaban en condiciones infrahumanas y sin apenas recursos. Tan solo unas pocas cabras salvajes y un pequeño manantial por donde fluía un hilillo de agua. La esperanza de que aquella odisea fuera solo una escala de su viaje hacia Francia se fue desvaneciendo poco a poco.

Habas, aceite y pan

Al principio, las autoridades españolas enviaban víveres desde Mallorca cada cuatro días, pero pronto fue evidente que el aceite, los escasos sacos de habas y los mendrugos de pan que llegaban eran insuficientes. El hambre comenzó a cobrarse las primeras víctimas a los pocos meses. Y cuando estas aumentaban, se enviaban más prisioneros desde otras zonas de España, tal y como informaba el « Diario de Mallorca» en enero de 1812 por una nueva remesa de 180. Ese mismo año incluso llegó un contingente de 1.200 soldados capturados en la guerra.

Los oficiales franceses intentaron organizarse y establecer cierta disciplina para facilitar la supervivencia: montaron un consejo, acordaron un reparto de las escasas raciones que llegaban, pusieron turnos de pesca, crearon huertos que resultaron poco productivos, impartieron justicia contra los ladrones de alimentos y construyeron algunas cabañas precarias. Eso produjo algunas mejoras, pero la vida en Cabrera continuaba siendo un infierno. Los supervivientes pronto comenzaron a experimentar el caos, la violencia, los infructuosos intentos de fuga, los suicidios y las enfermedades producto de las deplorables condiciones de vida. «Entre los prisioneros enviados a la isla desde los reinos de Murcia y Valencia se habían advertido a algunos con calenturas sospechosas», advertía el mismo periódico, el 20 de abril de 1812. Los galos cautivos caían como moscas y sus cuerpos se amontonaban en el suelo.

En 1908, en el primer centenario del levantamiento del 2 de mayo, algunos periódicos españoles se acordaron de estos prisioneros. El semanario « Las Dominicales» se refería al libro «Cinco años de destierro en la isla de Cabrera» que publicó unos años antes uno de los superviviente, el abade Turquet. En las dos primeras páginas la revista reproducía algunos de los pasajes: «Nuestra ropa se caía a jirones. Al cabo de dos o tres años, algunos de nosotros se vieron completamente desnudos andar errantes por los peñascos y entre los matorrales llenos de zarzas y espinos. Sus cuerpos macilentos y descarnados parecían esqueletos cubiertos de una ligera piel que hubiera permitido contar todos sus huesos, tendones y fibras. Era tan repugnante su vista, que cualquiera que se hubiera encontrado delante de alguno de ellos lo hubiera tomado por un espectro. Y si una voz o un ligero sonido hubiese salido de su pecho, hubiese retrocedido con espanto. El compararlos con esqueleto cubiertos con una ligera piel no es todavía bastante exacto, puesto que eran todavía más horribles, por tener su cuerpos llenos de postemas y úlceras repugnantes y fétidas». Y luego añadía : «Mucho tiempo estuvimos sin saber qué hacer con nuestros muertos, porque nos faltaban útiles para poder enterrarlos. Y como el terreno era muy duro, se tomó la decisión de quemarlos. Cada semana se formaba una gran hoguera de ramas y hojas secas y los inanimados cuerpos de nuestros compañeros de infortunio eran colocados en ella despidiendo una chispeante y vivísima llama que contemplábamos con tristeza».

Intentos de fuga

De todos los intentos por salir de allí, ya fueran a nado o secuestrando una de las chulapas que llegaban a la isla con provisiones, tan solo unos pocos tuvieron éxito. Algunos lo consiguieron llegando a un trato con los pescadores españoles que navegaban cerca de la isla. Pero la gran mayoría acabaron muertos o sufriendo las represalias por parte de la autoridades españolas, que retrasaban todavía más el envío de víveres, ya de por sí cada vez más espaciados. Los supervivientes, agonizantes, echaban manos de las lagartijas, los insectos y cualquier cosa que pudieran llevarse a la boca. El hambre arrebató cualquier rasgo de humanidad a la mayoría de los prisioneros, que paseaban por Cabrera sus cuerpos formados de pellejo y huesos hasta perder la cabeza.

La fuentes que hablan de la práctica del canibalismo entre algunos prisioneros —como el citado libro de Gabriel Froger sobre las vivencias de un superviviente—, cuentan que primero se comían los cadáveres que yacían en el suelo y que, con el paso del tiempo, incluso se dieron casos de asesinatos para disponer de la carne de sus camaradas. La situación se hizo tan insostenible que las autoridades españolas ordenaron aumentar las raciones y el envío de agua potable, al mismo tiempo que se ofreció evacuar a los enfermos más graves a los hospitales de Palma y Mahón. Eso provocó que muchos de los franceses de Cabrera se autolesionasen para escapar de aquella pesadilla, pero cuando los centros médicos se abarrotaron, la población local volvió a protestar por los problemas que conllevaba aquello en sus localidades.

En un momento dato, algunos periódicos informaron de la posibilidad de que «el que quiera contratar el transporte de víveres del puerto de Mallorca a la isla de Cabrera para los prisioneros franceses», se presentara en las oficinas del Ejército para elegir «la opción más ventajosa para la Hacienda nacional». Y recordaban que todos aquellos que lo hiciera por su cuenta, sin atenerse a las leyes, «serán tenidos por traidores». Casi ninguna información aparecida en los diarios de la época hacía referencia a la penosa situación en la que se encontraban los galos. Incluso la noticia del «Diario de Palma» en la que se criticaba el «hambre y la desnudez» de los reclusos —titulada precisamente «Humanidad y conveniencia»—, subrayaba también que «unas víctimas de la impiedad como son los prisioneros franceses hacen otras víctimas del hambre a los beneméritos españoles», porque «los fondos de la hacienda pública no alcanzan a cubrir las atenciones de la isla». Y defendía, después, que « todos estos prisioneros de guerra son útiles» y que, por lo tanto, debían ser puestos a trabajar para levantar la economía y agricultura mallorquina.

El 17 de abril de 1814 terminaba por fin la Guerra de Independencia española con la derrota de Napoleón y, un mes más tarde, los prisioneros franceses de Cabrera quedaban en libertad. Hombres todos enfermos, escuálidos y con grandes trastornos psicológicos. El resto, muertos.