El exilio forzado de Vicente Ferrer

El exilio forzado de Vicente Ferrer

MADRID
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No debió ser un camino fácil para Vicente Ferrer, cuando al llegar a Manmad en 1952, con tan sólo 32 años, el Gobierno indio declaró aquella región como la más deprimida del país, en la nación con más desheredados del mundo. Un distrito inhóspito, de tierras baldías, escasas lluvias, mucho analfabetismo y más hambre, que, en pocas décadas, la población debería abandonar por el salvaje avance de la desertización.

Sin embargo, ganarse la confianza de aquellas personas, llenar de frutales aquel desierto sentenciado, poner en marcha ayudas económicas como «El milagro de Dar», organizar cooperativas para excavar pozos, levantar escuelas y hospitales o establecer bancos de semillas no fue lo único por lo que tuvo que luchar el misionero catalán. Al mismo tiempo que cambiaba la vida de aquellos pobres olvidados y despertaba las simpatías entre los campesinos, fue generando suspicacias en algunos sectores dirigentes, que veían en él una amenaza a sus propios intereses.

«Tenía una gran voluntad por mejorar nuestras vidas, no paraba de trabajar, los primeros pozos los hacíamos con la manos», contaba a ABC Popur, un compañero de Ferrer de aquella época. Sin embargo, en 1968, los dirigentes indios aprovecharon la publicación de un artículo en el « Illustrated Weekly», el semanario de mayor difusión de India, bajo el título «La revolución silenciosa», para ordenar su expulsión del país «por realizar actividades antinacionales», que se haría efectiva en junio.

Aquella «revolución silenciosa» terminó, finalmente, hacer ruido, mucho ruido, ya que se inició en la India un movimiento campesino a favor del misionero catalán, al que se unió rapidamente un grupo de intelectuales, políticos y líderes religiosos. El coordinador de este comité de defensa era Madu Metha, uno de los líderes sociales más activos e influyentes de Mumbai. A tan sólo dos días de que expirara el plazo fijado para su expulsión, más de 35.000 campesinos recorrieron los 250 kilómetros que separaban Manmad de Mumbai, para exigir que Ferrer se quedara.

Indira Gandhi, por aquel entonces primera ministra del país, se entrevistó con él y reconoció el gran valor de su trabajo, comprometiéndose a buscar la solución más adecuada a la situación: «El padre Vicente Ferrer marchará al extranjero para unas cortas vacaciones y será bien recibido otra vez en la India», dijo en un telegrama.

«El viaje es algo sencillo y natural, que todos hacen de vez en cuando: ir, venir, veranear», aseguraba el misionero, «con aspecto cansado» y síntomas «de agotamiento», en las mismas escalerillas del avión en Madrid donde le esperaban varios fotoperiodistas. «En ningún momento quiso que su nombre fuese unido a una cuestión política o social, sino, simplemente, que se le considerase un turista más que venía a descansar», comentaba ABC.

En España fundó Acción Fraterna en el Mundo, con el único objetivo de aliviar la situación de los dos tercios de la humanidad que padecen hambre y, al mismo tiempo, aparecía en la revista americana «Life» un gran reportaje de doce páginas titulado «El santo de Manmad».

A todo ello se sumaba otro movimiento popular que, desde España, Italia, Alemania, India y Norteamérica, recogía 25.000 firmas con la intención de proponerlo como candidato al Nobel de la Paz. Un premio que, aún hoy, mucha gente espera que se le conceda.

Pese a haberlo solicitado, tres meses después de abandonar la India, el permiso para regresar no llegaba. Sorprendida por su tardanza, Indira Gandhi ordenó que se lo concedieran de inmediato. «“¿Dónde va a ir a trabajar ahora, padre”, me preguntaron. Yo les dije: “Díganme ustedes donde hago falta”», contaba Ferrer en una entrevista a ABC publicada el 17 de abril de 1969.

Y el sitio en que «hizo falta» fue Anantapur. Allí se instaló en una casa a medio construir y con un letrero en la pared que decía: «Espera un milagro». Y el «milagro » se hizo: hoy en día 2,5 millones de personas de los cuatro que pueblan el distrito se benefician del campus de la Fundación Vicente Ferrer (FVF) en 2.000 pueblos, se han construido 30.000 viviendas, tres hospitales, un centro de lucha contra el sida y 14 clínicas rurales; casi 170.000 niños estudian en más de 1.600 escuelas, otros 15.000 discapacitados tienen un futuro gracias a 1.300 centros especializados; el agua ya no es tan escasa gracias a los miles de pozos y a los cerca de 2.300 embalses que garantizan dos y hasta tres cosechas al año, y, por último, desde España más de 150.000 niños son apadrinados por 135.000 personas.

«Vicente era como un Dios viviente para nosotros», decía Ranma, una traductora de la FVF, una semana después de que muriera Ferrer, «El santo de Manmad».