Rocroi, el último tercio, por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau - Vídeo: Resumen de La Historia de los Tercios Españoles

Bravuconadas de los españoles: las respuestas más fanfarronas de los Tercios de Flandes (parte III)

Según el francés Pierre de Bourdeille, ninguna otra nación tenía tanto talento para proclamar sus bravatas y en respaldarlas con las armas. Ejemplo de ello es el caso de un soldado que aún malherido se negó a rendirse en un duelo: «Haced lo que quisieredes, que aunque me falta el brazo para pelear, sobrame el corazón para morir»

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Cuando el soldado, viajero y escritor Pierre de Bourdeille escribió el libro «Rodomontades Espaignolles», se refería a «rodomontade» (alarde, baladronada,desvarío...) en un sentido positivo. No a las rodomontades falsas y ridículas. O a los cuentos para no dormir de fanfarrones de taberna… Sino a aquellas bravuconadas dignas de estima que mezclan heroísmo, ingenio y agudeza con cierta chulería y talento a la hora de relatarlas.

«...y que decís que no tenemos que comer, sabed que acá tenemos abundancia de ladrillos, y siempre que á los españoles falta la provisión, con estos bien molidos nos sustentamos»

Así es el caso de una de las muchas hazañas recogidas en su libro del siglo XVI. En la rebelión de Siena a favor de los franceses, tres soldados españoles consiguieron hacerse fuertes en una torre de la puerta romana y, sin víveres, resolvieron vender su vida al precio más alto posible. El Señor de Termes, principal mando francés en la operación, parlamentó en persona con los soldados cuando empezó a alargarse su defensa y los hizo observar que llevaban cinco días sin probar bocados. Desde un ventanuco, los españoles respondieron:

«Caballeros, qualesquiera que fuereis, todos como somos besamos vuestras manos muchas veces, por el buen partido y voluntad que de librarnos de la muerte nos habéis mostrado. Y quanto á rendirnos, y servir al Rey de Francia, él es tan bueno que no le faltará quien le sirva; y nosotros tan leales al nuestro, que ningún temor de muerte nos hará variar; y no nos espanta el fuego ni cualquier otra muerte. En lo que toca a su intento, y que decís que no tenemos que comer, sabed que acá tenemos abundancia de ladrillos, y siempre que á los españoles falta la provisión, con estos bien molidos nos sustentamos».

En esta misma guerra, se destacaron en combate otros dos capitanes españoles, un tal León y otro llamado Espinosa, de los cuales «era tanto el estrago que en los enemigos hacían, que otra cosa no hollaban sus pies, sino hombres muertos de una y otra parte».

«Tan espléndido como los viejos soldados»

Cuenta Bourdeille que durante el Sitio de La Fère cayeron prisioneros en una escaramuza un soldado español y uno francés. Llevados ante el Rey de Francia, fueron interrogados sobre los víveres disponibles en la plaza que ambos soldados estaban defendiendo. El francés respondió que tenía para un mes, mientras que el español aseguró que más bien para dos o tres meses. Cuando el Monarca prometió castigar al francés por mentir, el español echó un capote a su camarada:

«Sacra Magestad, no miente; porque no hay más para los franceses, que son grandes comilones; mas bastan para los españoles , que viven y se sustentan de poco».

Por cierto que en este mismo asedio, que tuvo mal desenlace para los españoles, los defensores pidieron que como auxilio les mandaran solo sal, pues «se salarían unos a otros antes que rendirse».

Socorro de la plaza de Constanza
Socorro de la plaza de Constanza

La obstinación fuera de lo común y la austeridad innata forman parte de ese carácter tan especial de los españoles. Según el escritor francés, los españoles son más sobrios que los franceses porque «los primeros comen cuando se les da y se contentan con poco cuando ha de pagarlo de su bolsa».

Los franceses se reía de que los españoles comían mucho solo cuando los invitaban, mientras los españoles se burlaban de los franceses porque «se gastan todo en tripear y luego van desnudos», en referencia a que los soldados castellanos iban al combate «ataviados como reyes». «Nada tan espléndido de ver como los viejos soldados de los Tercios de Nápoles, de Sicilia, de Lombardía, de Cerdeña...», apunta.

«Volved en buena hora»

Vestían bien y luchaban mejor. Cuentan de uno de los mejores generales de los Tercios españoles, Alejandro Farnesio, que cuando acudió a salvar París logró sortear al futuro Enrique IV presumiendo de que los buenos comandantes eligen sus batallas y no alrevés. Dolido en su orgullo el aspirante a Rey de Francia, Enrique prometió que no iba dejarse quitar más ciudades de «sus barbas»: «Decidle que se la tomaré, aunque fuese puesta encima de su bigote». Para ello prometió «verdaderas montañas de hierro, o sea, de guerreros. Valiéndose de la bravuconería típicamente española, Farnesio, por su parte, rebatió que «pluguiese á Dios que fuesen de oro, que no seríamos más ricos». Lo que significaba –hablando en plata– que derrotando y despojando a los soldados franceses sacarían incluso más rentabilidad que siendo de oro la montaña.

«Pluguiese á Dios que fuesen de oro, que no seríamos más ricos»

Cuando los franceses perdieron el Reino de Nápoles definitivamente a manos de los españoles, el Gran Capitán tuvo la cortesía de suministrar a los restos del Ejército galo los caballos y los medios necesarios para volver a casa. El general francés, señor D’Aubigny, respondió a la cortesía castellana con cierta arrogancia y rogó al Gran Capitán que les adjudicase caballos buenos y fuertes para el retorno, entendido este verbo como vuelta a la guerra. «Volved en buena hora, cuando quisieredes; que siempre hallaréis en mí la misma liberalidad que hasta aquí», contestó Gonzalo Fernández de Córdoba en una velada amenaza, a la par que elegante.

«Aunque me falta el brazo, sobrame el corazón»

Sin dar muchos detalles del lugar y la ocasión, Bourdeille relata que un capitán español peleaba con otro en una estacada y terminó cayendo a tierra con un brazo y un jarrete cortados:

–Ríndete o te cortaré la cabeza.

–Haced lo que quisieredes, que aunque me falta el brazo para pelear, sobrame el corazón para morir.

Y repitió:

–Muera la vida y la fama siempre viva.

Claro que, a veces, algún fanfarrón se colaba entre tantos bravucones reales. Un capitán vuelto a España de las guerras de Italia contaba sus prodigios de valor mientras comía. Un pícaro criado que servía la mesa le interrumpió y aseguró, quitándose antes el gorro: «Suplico a Vuestra Merced que me de licencia para que lo crea».