Decaapitación de San Eulogio de Córdoba, por autor desconocido.
Decaapitación de San Eulogio de Córdoba, por autor desconocido.

El atroz episodio de los Mártires de Córdoba que destroza el mito de la tolerancia religiosa en Al-Ándalus

A imitación de los mártires de la primera época, Eulogio de Córdoba y otros mozárabes creían que la mejor manera de protestar por los errores y abusos del Islam era ofreciendo su vida a Cristo

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Córdoba es tras Roma una de las ciudades del mundo cristiano con más mártires de la historia. Esto se debe tanto a los tiempos romanos como al periodo califal. Una urna de plata conserva y exhibe los huesos de muchos de ellos en la parroquia de San Pedro. La avenida que conduce al recinto ferial de El Arenal se llama Ronda de los Mártires, y la plaza que hay ante el Alcázar de los Reyes Cristianos es conocida como Campo Santo de los Mártires.

El rastro es amplio y se remonta a un mismo episodio histórico. El de los Mártires de Córdoba, que tuvo lugar entre los años 850 y 859, resquebraja por completo el mito de la tolerancia religiosa en Al-Andalus y la convivencia pacífica entre cristianos, musulmanes y judíos.

Según datos muy aproximados, la población total antes del 711 era de entre 4.500.000 y 5.500.000, de los cuales cerca del 50% quedaron en territorio islámico, esto es, entre 2.250.000 y 2.750.000 indígenas. Los invasores, por otro lado, no pasaban de los 50.000 personas, incluidos mujeres y niños, pero nutrieron la minoría gobernante. La nueva estructura social se dividió entre los creyentes (umma), formada por bereberes y las muchas tribus y clanes árabes, y los denominados protegidos (dimmíes), integrada por la población cristiana y judía que siguió viviendo en Al-Ándalus. De cómo y por qué el peso de los cristianos fue disminuyendo en pocos siglos tiene que ver la presión religiosa que sufrieron los vencidos.

¡Ay, de los vencidos!

La llamada «gente del Libro», el grupo más numeroso de la población libre, pudo conservar así su religión dentro de la sociedad islámica y procuró imitar las costumbres árabes, hasta el punto de que se les acabó denominando «aquellos que pretenden ser árabes», esto es, mozárabes. Estos grupos constituyeron importantes comunidades en zonas urbanas, donde siguieron rigiéndose por el derecho visigodo y mantuvieron su organización eclesiástica intacta hasta el siglo XI. Incluso gozaron de autonomía interna, pudiendo elegir a sus autoridades bajo, eso sí, la aprobación de los walíes musulmanes.

Un cristiano no podía montar a caballo en presencia de un musulmán, ni podía tener servidumbre musulmana o esclavos que antes hubieran pertenecido a musulmanes, ni la casa de un cristiano podía ser más alta

Pero, ¿cuál es la letra pequeña de esta idílica convivencia? A largo plazo, los judíos y cristianos que no se convirtieron padecieron los estragos de un sistema legal, impuesto por una minoría no autóctona, que en función a los vaivenes políticos discriminaba más o menos a los no mahometanos. Los protegidos no podían ser nunca ciudadanos del Islam dada su condición religiosa, ni podían participar en el mismo régimen político y fiscal que los creyentes. Tenían que pagar impuestos y multas superiores que los musulmanes.

Las diferencias rozaban la humillación, como en el caso de la prohibición de llevar o guardar armas o la de no poder vestir como los musulmanes, a los que había que honrar y respetar. Y, según explica Rafael Sánchez Saus en su libro «Al-Ándalus y la Cruz» (Stella Maris), un cristiano debía levantarse si entraba un musulmán en una habitación, y sólo podía pasarle por el lado izquierdo, considerado maldito. Igualmente un cristiano no podía montar a caballo en presencia de un musulmán, ni podía tener servidumbre musulmana o esclavos que antes hubieran pertenecido a musulmanes, ni la casa de un cristiano podía ser más alta que la de ellos.

Todo ello dio lugar a la existencia de barricadas separadas en algunas ciudades, donde los cristianos tenían prohibido construir nuevos centros religiosos o intentar convertir a un islámico a su religión. Algo que también ocurría a la inversa en el territorio cristiano, con la salvedad de que allí nunca se ha generado el mito de la civilización pacífica y tolerante.

Estalla el descontento

Fruto de esta desigualdad surgió un movimiento de descontentos hacia la consideración legal de los mozárabes en la ciudad de Córdoba solo cien años después de la invasión musulmana. En una de las numerosas acentuaciones islámicas del Califato, Abd al-Rahman II suprimió bajo su reinado la tolerancia con los mozárabes (podían conservar su fe, pero no hacerla pública de ninguna manera), lo cual hizo que muchos muladíes fueron apartados o directamente eliminados de puestos de responsabilidad. A partir del año 850, un movimiento radical llamado mozarabismo contestó a esta oleada de discriminación de una manera muy particular.

Se ha considerado tradicionalmente al clérigo Eulogio de Córdoba como uno de los ideólogos e intigadores de este movimientos. A imitación de los mártires de la primera época, este clérigo y otros mozárabes creían que la mejor manera de protestar por los errores y abusos del Islam era ofreciendo su vida a Cristo. Eulogio convenció a varias decenas de cristianos de Córdoba para que se presentaran ante el juez musulmán y profirieran insultos contra la religión musulmana y el profeta Mahoma, teniendo la seguridad de que serían condenados a muerte porque la ley islámica prohíbe la blasfemia contra el Profeta y su religión. El primer mártir fue el presbítero Perfecto, decapitado en el año 850 por orden del cadí.

Arca de plata que guarda las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba
Arca de plata que guarda las reliquias de los Santos Mártires de Córdoba

Tras él, un total de diez cristianos fueron crucificados o decapitados en cuestión de dos meses por blasfemar contra el Profeta de Alá. A pesar de que solo una pequeña parte de los mozárabes simpatizaban con el movimiento, los jueces islámicos iniciaron una escalada de ejecuciones que, según Sánchez Albornoz, habría superado ampliamente todos los procesos inquisitoriales contra judaizantes y luteranos en la España de Felipe II.

En menos de una década la cifra de ejecutados creció hasta los 48, 38 hombres y 10 mujeres. Veintidós eran naturales de Córdoba capital, cuatro de la provincia, seis de la diócesis de Sevilla, tres de la de Granada y el resto de Martos, Badajoz, Toledo, Alcalá de Henares, Portugal, Palestina, Siria y otros puntos. Cuatro eran conversos que provenían de familias completamente musulmanas, cinco de matrimonios mixtos y tres eran antiguos cristianos convertidos al islam que habían vuelto al seno de la Iglesia.

Una reacción desesperada de gentes desesperadas

En 852, el Obispo de Córdoba, que no apoyaba esta campaña de mártires voluntarios, convocó a instancias del Emir de Córdoba un concilio para intentar frenar un movimiento que el profesor del CSIC Eduardo Manzano Moreno define como «una reacción desesperada de gentes desesperadas». Parte del clero, seducido por la prosperidad del reinado de Abderrahmán, llegó a calificar a los mártires como locos y herejes.

San Eugenio de Córdoba
San Eugenio de Córdoba

Ante el fracaso de la moderación y de la mediación del Obispo, el emir Muhámmad I aplicó una política de mano dura para erradicar el problema del mozarabismo. No obstante, esta estrategia de violencia extendió a largo plazo el descontento a otras zonas y germinó en un sentimiento de nostalgia hacia el reino cristiano perdido, cuyas reclamaciones algunos vieron encarnadas en el Reino de Asturias.

Precisamente el Rey de Asturias, Ordoño I, no dudó en apoyar una revuelta mozárabe en Toledo en el año 852. En la sucesiva batalla los cristianos fueron superados por las tropas de Muhámmad I, pero aún permaneció Toledo sublevada cinco años más. El movimiento radical perdió fuerza solo tras la política dura contra los cristianos y, a raíz de la muerte de uno de sus impulsores, San Eulogio, en el 859, se encaminó hacia el ocaso.

Ante el fracaso de la moderación y de la mediación del Obispo, el emir Muhámmad I aplicó una política de violencia para erradicar el problema del mozarabismo, lo cual logró a corto plazo

Pero aquel no fue un episodio aislado. La desconfianza de los cristianos hacia las élites árabes que regían su estatus legal provocó un constante foco de tensiones que contradicen el mito de la paz religiosa en Al-Ándalus. La presión económica, social y cultural ahogó con el tiempo a los mozárabes, quienes en los primeros años de la invasión había sido el grupo mayoritario de la población. La conversión de muchos para integrarse de pleno derecho en la sociedad islámica (esto pensaban a nivel teórico) y la emigración de otros tantos a los reinos cristianos del norte, que demandaban colonos para las tierras conquistadas, redujeron paulatinamente esta población hasta que ya en tiempos de Almanzor era un grupo residual.

El endurecimiento de su situación y el desprestigio de los cristianos y sus clérigos contribuyeron de forma crucial a esta reducción de la población mozárabe, sin desmerecer el papel que ejerció la asimilación de estos grupos a la cultura de los invasores.