El 28 de septiembre de 1936, el general Franco recorre las ruinas del alcazar de Toledo. - ABC / Vídeo: Moscardó, el militar que defendió Toledo por encima del cadáver de su hijo

La admiración secreta de Ronald Reagan por el coronel español Moscardó, el defensor del Alcázar de Toledo

El presidente de EE.UU. arrancó una reunión en 1981 con el ministro Pérez-Llorca congratulándose de que España se hubiera sobrepuesto al golpe de Estado del 23-F, tras lo cual abordó el tema que más parecía interesarle sobre los asuntos ibéricos: «What a man!» (¡Qué Hombre!), afirmó con deleite sobre el coronel franquista

Actualizado:

El 9 de julio de 1981, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, visitó Washington para hablar de las relaciones entre EE.UU. y España cuando la democracia parecía, 23-F mediante, germinar definitivamente en el país. La primera sorpresa para el ministro fue que el propio Ronald Reagan, presidente del imperio entre 1981 y 1989, anunció que le recibiría y le dedicaría unos minutos de su apretada agenda. Nada comparado con el verdadero asombro de la jornada...

Cuenta el diplomático jubilado Inocencio Arias en su libro «Los presidentes y la diplomacia» que Pérez-Llorca iba a ser recibido en lo que en principio era un «photo oportunity», esto es, cuatro o cinco minutos de cordialidad para escenificar las buenas relaciones entre ambos países. Sin embargo, el encuentro se alargó hasta los 14 minutos por el interés de Reagan en un asunto que no estaba en la agenda. La delegación española esperaba hablar de la renovación del convenio firmado con EE.UU. y del futuro común entre ambos países, pese a lo cual terminó haciéndolo sobre el general franquista que defendió el Alcázar de Toledo durante tres meses.

«What a man!»

El presidente de EE.UU. arrancó la reunión congratulándose de que España se hubiera sobrepuesto al golpe de Estado del 23-F, tras lo cual abordó el tema que más parecía interesarle sobre los asuntos ibéricos: «What a man!» (¡Qué Hombre!), afirmó con deleite sobre José Moscardó. Fascinado con «el abnegado gesto» de Moscardó, el presidente reclamó más detalles del asedio en Toledo al ministro, quien se sorprendió de que conociera tan en profundidad aquel episodio de la Guerra Civil. El Alcázar ocupó así un tiempo importante de la reunión en la Casa Blanca.

Ronald Reagan, en los años ochenta
Ronald Reagan, en los años ochenta- AFP

El porqué de aquella obsesión por Moscardó resulta hoy un misterio. Pudo ser simplemente un gesto para demostrar el gran conocimiento que tenía Reagan de la historia de España; o que recientemente hubiera leído alguna información o libro sobre el general y pretendiera sorprender así a sus invitados. No existen más referencias a aquella inesperada admiración de Reagan, salvo por el hecho de que la defensa del Alcázar de Toledo alcanzó gran notoriedad en su época y resultaba aún de vigencia en plena Guerra Fría, donde EE.UU. encabezaba la lucha contra la URSS, que había apoyado al bando republicano en la Guerra Civil española.

El asedio al Alcázar se estudiaba en las academias militares de medio mundo y, dado su valor humano, impactó a la opinión pública de las sociedades que tras la Segunda Guerra Mundial se oponían al comunismo.

José Moscardó Ituarte, el protagonista de este episodio, era un veterano de las campañas de Marrueco que, al estallido de la Guerra Civil, ejercía como mando de la Comandancia Militar de Toledo y director de la Escuela Central de Gimnasia. El golpe militar acontecido el 17 de julio le sorprendió en Madrid, camino de Barcelona, donde iba a encabezar el viaje de la delegación española en los Juegos Olímpicos de Berlín. A pesar de no formar parte del núcleo que organizó el fallido golpe, el coronel decidió unirse de manera unilateral al bando de Mola, Franco y compañía.

Sin novedades, salvo la muerte de su hijo

El mismo 17 de julio regresó a Toledo y estableció su puesto de mando en el Gobierno Militar de la ciudad. Moscardó recibió en los siguientes días órdenes de numerosas personalidades republicanas para que entregara las municiones almacenadas en la Fábrica de Armas de Toledo. Ante su negativa, el general de brigada Sebastián Pozas Perea, director de la Guardia Civil, amenazó con bombardear la plaza y enviar una columna a asaltar Toledo.

La amenaza se consumó el 22 de julio, cuando el ejército republicano al mando del general Riquelme obligó a las fuerzas de Moscardó –1.290 hombres, 550 mujeres y 50 niños– a replegarse hasta el Alcázar, el punto más alto y mejor defendido de Toledo. Con menos armas que hombres, el asedio devino en agónico durante los setenta días, en los que la fortaleza recibió más de quince mil proyectiles de artillería, quinientas bombas de avión y dos mina cuya explosión se oyó a 70 kilómetros

Jose Moscarde Ituarte, delante de las ruinas de dicha fortaleza
Jose Moscarde Ituarte, delante de las ruinas de dicha fortaleza - RODRÍGUEZ

La crueldad de la Guerra Civil quedó plasmada en las represalias que tomaron los republicanos contra la familia de Moscardó, de los que varios miembros se encontraban detenidos porque el coronel no había querido que le acompañaran en el Alcázar. El 23 de julio, el militar mantuvo con su hijo Luis una conversación telefónica donde le informó que iban a fusilarlo si no rendía la fortaleza. Según la versión mitificada del asedio, Moscardó habría respondido a su propio hijo: «Pues encomienda tu alma a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota». Luis Moscardó sería asesinado un mes después, junto a un grupo de prisioneros, como represalia por un bombardeo en el que murieron ocho personas. La correspondencia entre Moscardó y su mujer confirma que los republicanos ofrecieron salvar la vida del hijo de haber entregado el Alcázar.

Moscardó habría respondido a su propio hijo: «Pues encomienda tu alma a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota».

Finalmente, el 28 de septiembre de 1936, las tropas del general José Enrique Varela Iglesias levantaron el asedio. Moscardó recibió a sus salvadores con una frase que bien recordaba Ronald Reagan y los que conocen por encima el relato: «Sin novedad en el Alcázar, mi general». Dos días después sería ascendido a general de brigada de Infantería por méritos de guerra, y premiado con la Cruz Laureada de San Fernando a principios de 1937.