isabel permuy
Cerebro

«A uno se le puede quemar el pollo, pero no olvidarse de que está cocinando»

El neurocientífico argentino Facundo Manés nos descubre las situaciones que nos deberían alertar sobre un posible Alzhéimer

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Facundo Manés es neurólogo, neurocientífico, investigador del Conicet y rector de la Universidad Favaloro (Buenos Aires, Argentina), y uno de esos especialistas que reconoce que, «lamentablemente, las respuestas más difíciles sobre el cerebro suelen quedarse sin respuestas». «En las ultimas décadas hemos aprendido más sobre el cerebro que en miles de años, pero no sabemos todo. Hemos aprendido sobre el lenguaje, la memoria, la toma de decisiones, el procesamiento emocional... pero nos quedan muchas preguntas sin responder», dice el además autor del libro «Usar el cerebro. Conocer nuestra mente para vivir mejor» (Paidós).

—La propuesta de su libro «Usar el cerebro» consiste básicamente en utilizar la materia gris para utilizar la mente en beneficio nuestro.

—Es que todos tenemos pensamientos tóxicos que no nos ayudan nada. Pero unos más que otros. Las personas más resilientes afrontan los problemas, porque se fortalecen. Digamos que tienen una tendencia natural a reescribir la realidad, a ver la mitad del vaso llena. Otras, sin embargo, se inclinan por ver la mitad vacía. Pero sabiendo cuál es nuestra manera de usar nuestro cerebro para pensar y sentir, uno puede utilizar distintas herramientas para vivir mejor. No se puede cambiar la realidad pero sí como se afronta.

—El libro muestra evidencia científica de que proteger al cerebro y tener una estrategia saludable puede proteger en cierta manera de sufrir enfermedades en el futuro, pero no del todo.

—Hay que tratar de hacer una vida saludable, comer verduras, fruta, pescado, cuidar el colesterol, la glucemia, dormir bien, hacer deporte... Al cerebro le hace muy bien el ejercicio físico, es un gran ansiolítico, y un gran antidepresivo… Por otra parte, al cerebro le hace bien el contacto social. Necesitamos estar en contacto con otras personas, con otros cerebros… Por último, para proteger al cerebro es importante el desafío intelectual. No acomodarse. Abrir otros caminos en a la mente, transpirar la cerebro en términos vulgares…

—Parece mentira la importancia del sueño para el cerebro.

—El cerebro nunca descansa, siempre trabaja, incluso estando adormilados, tirados en el sofá, disfrutando del sol… Cuando no hacemos nada, el cerebro procesa información que adquirimos cuando estábamos despiertos. E incluso cuando dormimos profundamente se pone en marcha un coordinador de orquesta que se llama «red en reposo». El sueño es muy importante, y se asocia estrechamente con la protección cerebral. No sabemos todas las funciones del sueño, pero sabemos que es importante para la consolidación de la memoria, del sistema hormonal... Hay que tener un sueño reparador porque dormir definitivamente es salud. De otra forma estás irritable, cansado, descentrado… Recientes estudios confirman que dormir bien es un protector cognitivo.

—Usted habla largo y tendido en su obra sobre el Alzhéimer. Nadie está libre de padecerlo, tenga antecedentes en la familia o no.

—Es terrible pero es así. Hoy no sabemos la causa del Alzhéimer. Sabemos que hay un porcentaje pero la causa no está definida. La genética concluiría un rol, pero no la causa. En los grupos familiares donde hay Alzhéimer hay mayor incidencia sí (es hereditaria entre el 1% y el 5% de las veces), pero en la mayoría de casos no sabemos la causa. Hay estudios que muestran que para prevenir es bueno cuidar el sistema vascular, tener desafíos intelectuales y dormir bien suponen estudios de grupo, pero no se pueden extrapolar los resultados de grupo a personas individuales. Si uno compara los estudios de 1.000 personas con vida sana y 1.000 con mala vida que no se cuida… observará fácilmente que tiene más incidencia el Alzhéimer, pero nadie está libre.

—Es curioso que para el cerebro es también importante aburrirse.

—Soy un firme defensor de los efectos positivos del ocio. Los jóvenes deben volver a aburrirse, a tener introspección y a mirar e imaginar el futuro. Si están todo el tiempo conectados, no permiten a su cerebro estar en «off» o apagado. Y para procesar información la introspección y el aburrimiento es clave. Como padres tenemos que tener cuidado con el uso que dan a la tecnología nuestros hijos. Y limitar el uso continuo de dispositivos, claramente. Ser «multi-task» (multitarea) disminuye el rendimiento cognitivo y genera estrés, además de reforzar o aumentar conductas ansiosas e impulsivas.

—¿Podemos decir que Internet está robando nuestra memoria?

—No. Muchos hablan de ese «efecto Google»: Como tenemos el servidor, no necesitamos recordar datos y nuestra memoria puede estar afectada... Mi reflexión en este sentido es que la memoria episódica, semántica, de trabajo… no se ven alteradas. La imprenta no impactó en la escritura, como tampoco lo va a hacer Google. De hecho, buscar instintivamente información en Google es un impulso sano, el uso de la web como un banco de la memoria es virtuoso, pues nos ahorramos espacio en el «disco duro» para lo que importa. Un beso de alguien que queremos, del efecto emocional de estar con otra persona... eso no nos lo va a robar Google.

—¿Cómo diferenciar los olvidos, los despistes, de un Alzhéimer incipiente?

—Uno empieza a perder memoria en la cuarta década de la vida, en torno a los 40. Pero el olvido es algo normal. ¿Cuando es patológico, cuando debe preocuparnos? Cuando el sentido común dice que «algo pasa». Cuando ese olvido escapa a la normalidad. Si yo estoy cocinando un pollo y se quema, es normal. Pero si me olvida que estoy cocinando, eso es un problema. Si me pierdo en Hong-Kong, es normal. Sin embargo, si lo hago en la esquina de mi calle, no es normal. También suele pasar cuando la familia del paciente refiere que hay un problema y el paciente asegura que «no pasa nada». Entonces suele existir un problema, y hay que preocuparse. Cuando el paciente es consciente y la familia no, generalmente la situación es benigna. Otro factor esencial que debemos tener en cuenta para determinar si una pérdida de memoria es normal o no es la frecuencia con la cual ocurren los olvidos. Puede ser normal olvidarse alguna vez de una visita al médico que reservamos unas semanas atrás, pero no olvidarse varios días de ir a recoger a nuestro hijo a la escuela.

—Pero los problemas de memoria y el «dónde están las llaves, qué cabeza tengo», o el «no me acuerdo cómo te llamabas» durante una presentación se escucha en boca de personas cada vez más jóvenes.

—Hay una epidemia de Alzhéimer eso es cierto, pero en el caso de las personas jóvenes sucede que por el estrés, la ansiedad o la depresión se impacta la atención. Y la atención o la adquisición de la información es el primer paso en el proceso de la memoria. El estrés o la depresión la bloquean. Lo que veo en consulta es mucha gente que se tiene que quitar el estrés de encima. Otro aspecto relevante es que en las personas con esta enfermedad la memoria no se consolidó. Uno no recuerda algo, un nombre, un «era Jorge» o «Raúl», pero si les ayudas y les das opciones responden con rapidez «¡Ahhh, era Jorge!». Uno debe preocuparse si aún con ayuda de opciones, uno no recuerda. A un depresivo le das opciones y como la información estaba guardada solo tiene que rescatarla. Un enfermo de Alzhémer ni siquiera la puede rescatar, porque no está guardada en ninguna parte.

—¿A usted le parecen efectivos los juegos de cartas on line, o los sudokus, etc. para ejercitar la memoria o ser más rápidos e inteligentes?

—Desarrollar una tarea cognitiva bien no implica que esa tarea mejore otras funciones cognitivas. Hay experimentos realizados con la forma que tienen los camareros de recordar comandas extensas (Efecto Tortoni) o los taxistas de Londres memorizando el callejero, por el que se ve que ambos grupos tienen más desarrollada una área del cerebro relacionada con la memoria espacial. Hay mozos que no anotan los pedidos porque, inconscientemente, con los años, han desarrollado una asociación de la cara y el sitio con el pedido, pero si los clientes se cambian de lugar, ya no lo recuerdan. No son mejores que otras personas, ni más inteligentes para resolver que otras personas.

—¿Le gustaría dar algún consejo a los padres lectores para cuidar un cerebro infantil?

—Que les enseñen a hacer ejercicio, los alimenten bien, y los ayuden a tener buenos hábitos a la hora de dormir en sus primeros años… El cerebro termina de madurar entre la segunda década de la vida, entre los 20 y los 25 años. El último área en desarrollarse es el área frontal, el del control de impulsos, la planificación a largo plazo de una decisión… Otro dato que les puede resultar interesante saber sobre el desarrollo de sus hijos es que el cerebro tiene muchas conexiones que no son desarrolladas si no se usan. Por eso es interesante que, por ejemplo, aprendan una lengua cuanto antes. Y si esto sucede antes de los 8 años, mejor que mejor.

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