El pasado nuclear del bikini

El atolón de las islas Marshall que prestó involuntariamente su nombre al popular traje de baño es hoy un paraje deshabitado símbolo de la era de las bombas atómicas

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Cuando el 5 de julio de 1946 Micheline Bernardini se presentó en una piscina de París con el provocador traje de baño inventado por el ingeniero mecánico Louis Reard no era consciente de que sus palabras bautizarían de por vida a la prenda que el verano pasado cumplió 65 años sin atisbo de jubilarse. «Va a ser más explosivo que la bomba de Bikini», dicen algunas crónicas que respondió la bailarina del Casino de París a un reportero que le preguntó por el nombre del invento.

Apenas cuatro días antes había tenido lugar en el atolón Bikini de las Islas Marsall la primera explosión nuclear en tiempos de paz. Eran los tiempos de la Guerra Fría y Estados Unidos pretendía poner en escena el despliegue de la energía nuclear estadounidense y estudiar el impacto directo de una explosión nuclear en una flota naval. Tres barcos hundidos y más de 30 averiados fue el resultado de la prueba en la que participaron 42.000 hombres y que lanzó el agua de la laguna a 9.000 metros, según los primeros informes del vicealmirante Blandy que en el momento de la explosión se encontraba en el buque Mc Kinkey, a 16 kilómetros del blanco. «La explosión de la bomba atómica en Bikini fue de menor efecto que la de Nagasaki», informó ABC el 2 de julio de 1946.

«No se han producido oleajes, ni terremotos, ni fenómenos anormales análogos. La radioactividad que está produciendo, según ya se había previsto y calculado, no constituirá un peligro para el personal de los buques ni para ninguna otra isla del Pacífico», hacía constar el almirante Blandy en su texto.

Semanas después se conocía que si bien los daños estimados en principio fueron menores de los que se temían, a la postre resultaron mayores. Muchos de los animales que no perdieron la vida a bordo de la flota cobaya murieron después víctimas de la radiactividad.

El 24 de julio del mismo año se realizaba un segundo experimento atómico al que seguirían más de 60 pruebas nucleares, incluyendo la explosión de la primera bomba H en 1952. Dos años después le seguiría «Bravo», la bomba de hidrógeno más potente jamás realizada, mil veces más potente que la que destruyó Hiroshima. Tres islas y la barrera de coral que las rodeaba desaparecieron y hubo centenares de heridos porque no se pensó que llegaría tan lejos.

Un pueblo desterrado

Los 167 indígenas que habitaban Bikini y los 26 islotes próximos al atolón fueron evacuados antes de la primera prueba al vecino atolón de Rongyu y hasta 1968, diez años después de la última prueba, no fueron autorizados a regresar. Durante 22 años vivieron prácticamente de la caridad en barracones de la Marina de los Estados Unidos en Kili, un islote de poco más de un kilómetro de longitud sin recursos naturales. «El Gobierno está dispuesto a hacer las cosas a lo grande para resarcir a los indígenas de los sufrimientos padecidos durante 22 años. En Bikini el pasado será olvidado y sus habitantes constituirán una comunidad modelo que visitarán muchos millares de turistas», auguraba entonces ABC ateniéndose a las informaciones de la Casa Blanca.

Se llevó a cabo un programa de producción agrícola, pero los exámenes médicos que se hicieron periódicamente a los habitantes mostraron altos niveles de contaminación por consumir alimentos del atolón y agua de sus pozos. En 1978 volvían a ser evacuados, para no volver.

Cementerio submarino

unesco
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Hoy los 6 kilómetros cuadrados de superficie del atolón continúan deshabitados. La flota fantasma hundida en sus aguas claras y a profundidades medias atraen a submarinistas que acuden a contemplar la imponente mole del «Saratoga o del «Nagato». Nadar y bucear en las aguas de Bikini ya no es peligroso, aunque todavía la isla tiene altos contenidos de Cesio-137 radiactivo.

En total la fuerza acumulada de los ensayos en todas las Islas Marshall fue equivalente a 7.000 veces mayor que la de la bomba de Hiroshima, según la Unesco, que en 2010 incluyó el atolón de Bikini en la lista del Patrimonio Mundial. Las pruebas desencadenaron un movimiento en contra en todo el mundo que suscribieron intelectuales como Bertrand Russell y Albert Einstein, autores del célebre manifiesto de protesta de 1955.

En la bandera de Bikini queda el recuerdo a Estados Unidos de las tres islas destruidas y los años de destierro del pueblo bikinio en las vecinas Kili y Ejit. Son las estrellas negras de la enseña que contiene otras 23 estrellas blancas y las supuestas palabras de Juda, el líder de Bikini al que el comodoro estadounidense Ben H. Wyatt pidió en 1946 el uso de las islas «por el bien de la humanidad y para poner fin a todas las guerras del mundo»: «Men otemjej rej ilo bein anij» («Todo está en manos de Dios»).