Anna Netrebko: «No hago nunca «striptease» sobre el escenario»

Es la musa de la ópera. En Salzburgo ha cautivado con «Las bodas de Fígaro» y acaba de recibir la nacionalidad austriaca-De usted se ha dicho: «En cuanto reciba las primeras críticas malas la van a

POR KAI LUEHRS-KAISER
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Es la musa de la ópera. En Salzburgo ha cautivado con «Las bodas de Fígaro» y acaba de recibir la nacionalidad austriaca

-De usted se ha dicho: «En cuanto reciba las primeras críticas malas la van a dejar caer como si fuera una patata caliente». ¿Tiene miedo al futuro?

-Sí, por eso ya no dejo que lo profesional invada tanto mi vida. Para ser sinceros: hace dos años estuve a punto de salir huyendo y dejarlo todo. Quería abandonar y poner fin a mi carrera.

-¿Por qué motivo?

-No sentía alegría por nada. Cada vez que abría el periódico me tropezaba con mi cara. No me hacía ninguna gracia y acaba cansando a la gente. Muchas de mis entrevistas que circulan por ahí son pura invención. Pero desde entonces he cambiado radicalmente el ritmo. Concedo menos. Las pausas entre actuaciones son ahora más largas. Soy y quiero seguir siendo artista. Es mi esencia.

-Recientemente se presentó en Viena con «Romeo y Julieta». Cantó de forma increíble al tiempo que daba una imagen de muchachita cándida. ¿Le resulta todo tan fácil como parece?

-Desgraciadamente no. Tuve muchos problemas con ese papel, tanto musicales como de contenido. Canto y canto sin parar, pero en cuanto Romeo aparece en escena todo gira en torno a él. No me malinterprete: no tengo por qué ser siempre el centro de atención. Pero me ha llevado mucho tiempo penetrar en esa música. He escuchado todos los CD y de todos he aprendido. Me gusta especialmente Mirella Freni.

-Tiene una escena de amor con Romeo en la que se revuelcan por el suelo como si hubieran perdido el juicio. Su pareja es Rolando Villazón. ¿Cuánto maquillaje le queda después?

-Nada. No queda ni rastro (ríe). Hay pocas escenas de amor tan intensas como ésa. Pero en la función de Los Ángeles la cosa era todavía peor, porque había una cama sobre el escenario, así que uno podía permitirse mucho más.

-Pero no se ve mucho.

-¡No se preocupe! Yo no hago nunca «striptease» sobre el escenario... Lo cierto es que en Los Ángeles estábamos casi desnudos.

-Hollywood está cerca de allí. ¿Su futuro está en el cine?

-Ya he rodado mis primeros 80 segundos. En «El diario de la Princesa 2», con Julie Andrews, salía cantando en una fiesta en el jardín. Hace poco me hicieron una oferta que implicaba rodar una escena de amor con un actor de Hollywood que es genial. Me pareció magnífico. Desgraciadamente, el guión era una chorrada.

-¿Quién era él?

-No puedo decírselo. Pero lo cierto es que en Hollywood estaría dispuesta a rodar casi con cualquiera. Aunque sólo si el guión es realmente bueno. Quiero seguir siendo cantante.

-Ya ha posado para «Vanity Fair». ¿No fomenta así esa promoción a gran escala que teme?

-Suena ridículo, pero lo cierto es que en la portada de «Vanity Fair» sólo utilizaron mi cabeza. El cuerpo no. Aunque lo cierto es que cuando los fotógrafos son buenos resulta divertido. ¿Qué mujer dejaría escapar la oportunidad de tener buen aspecto y ponerse ropa bonita? Lo único que me da miedo de las sesiones de fotos es el ventilador que utilizan para simular el viento. No debo resfriarme.

-¿Le gusta que la traten como a una estrella pop?

-En absoluto, porque yo no soy una estrella pop. Tampoco sé por qué ocurre siempre eso.

-Porque es guapa y, sin embargo, canta estupendamente.

-Me gusta vestirme de forma un poco loca, es cierto. Pero eso es todo. «En Romeo y Julieta» tenía que tener un aspecto muy moderno y por eso compré yo misma los vaqueros. Luego vino la chaqueta de lentejuelas, pero todavía faltaba algo. Así que fui al «Burger King» y cogí una de esas coronas de cartón que se ponen los niños en los cumpleaños. Sólo entonces me sentí completa, por fin un poco de broma desmadrada. Fue tan sólo para la puesta en escena.

-¿Qué tiene de especial Rusia?

-Nosotros los rusos pensamos que si todo está en orden hay algo que no marcha. Yo también creo que si alguien se siente siempre feliz es porque es tonto. En Rusia todavía se nota la huella de los tiempos duros.

-Se ha hablado mucho de usted y de Rolando Villazón como pareja ideal operística...

- Es cierto que es una persona importante para mí, porque me da muchísimo. Nos compenetramos. Necesito urgentemente una pareja en escena. Las partes que canto prácticamente no existen si no es con un compañero. Si el otro sólo se preocupa de sí mismo puede llegar a sacar lo peor de uno. Rolando saca siempre lo mejor de mí. Además, cuando voy por la calle con Rolando, siempre le reconocen a él, a mí nunca. Y eso me resulta muy agradable.

-¿Tener buen aspecto sobre el escenario lo consigue sin proponérselo?

-Claro que quiero tener buen aspecto. El problema es que a menudo nosotros, los cantantes de ópera, resultamos desagradables cuando cantamos, porque abrimos mucho la boca y hacemos muecas. Tenemos pinta de estar trabajando y eso no suele resultar muy estético que digamos.

-Usted apenas hace muecas. ¿En eso podría radicar parte de su éxito?

-Sí, pero me he esforzado poco para conseguirlo. El canto no está hecho para primeros planos, ni siquiera en mí. No dejo que la cámara se me acerque demasiado. Los sentimientos también se pueden detectar sin aproximarse tanto.

-Es usted un icono de la moda. ¿Le parece bien?

-Sí, porque es todo un cumplido. Me siento a gusto en la ópera, aunque dicen que está pasada de moda. Lo que importa es el canto, una buena imagen no es más que un ingrediente agradable. Me gusta lo llamativo. En mi vida privada suelo vestirme según mi estado de ánimo. Si voy de negro es que estoy triste. Así que, como ve, hoy tengo un buen día.

-¿De qué color es su voz?

-No lo sé, porque yo solamente me oigo «desde dentro».

-Se sabe poco acerca de su vida privada...

-Vivo sola. Mi novio, Simone, reside en Bolonia, también es cantante y trabaja mucho en EE.UU. Me acompaña a veces y cuando no lo hace nuestra relación es telefónica. Todavía no sé si me casaré o no. Me encanta estar sola. Algún día tendré hijos. Pero todavía no dispongo del tiempo suficiente. Quiero ser una buena madre, no una madre a toda costa.

-¿Nos revela cómo consigue mantener su figura?

-Desgraciadamente, eso es un problema para mí. Tiendo a engordar. Incluso han llegado a pensar que estaba embarazada, porque venía justo de comer (sonríe). En cuanto como algo parece que estoy de seis meses. Además, soy de las que piensa que cualquier cosa menos deporte. ¡Y eso también es peligroso! Una cortesana con sobrepeso en «La Traviata» sería fatal. El aspecto de Aida no es tan importante.

-Existen ya dos biografías sobre usted. ¿Cuál debemos leer?

-Ninguna. Mi vida aún no ha terminado. Uno es parte de un proceso que se le escapa de las manos. Gracias a Dios ahora todo ha cambiado a mejor. Siento que vuelvo a dominar la situación. Dentro de diez años me gustaría interpretar a Leonore en «El trovador», de Verdi. Pero, para conseguirlo, tengo que ir despacio. Y no perder nunca el buen humor.