El detenido, el «rey del cachopo», junto a su novia, Heidi Paz Bulnes
El detenido, el «rey del cachopo», junto a su novia, Heidi Paz Bulnes

«Gracias por todo», le dijo «el rey del cachopo» a su jefa como despedida cuando se lo llevó la Policía

El detenido no perdió los modales mientras su patrona contenía los nervios: «No puede ser, es mi cocinero» le dijo a los agentes

ZARAGOZAActualizado:

«Sí, yo soy al que están buscando. No lo duden». Eso fue lo que les dijo ayer César Román, el «rey del cachopo» a los policías de paisano que, simulando ser repartidores, acudieron a Casa Gerardo para detenerle a media mañana. Su cambio físico les desconcertó e hizo titubear en un primer momento. Sin embargo, él les sacó de dudas.

En el tiempo que ha estado trabajando como cocinero ni una sombra de sospecha, ni un motivo para desconfiar de él. Román se ganó la discreta confianza de quienes compartieron su día a día en Zaragoza. Se apresuró a buscarse un empleo y la suerte le acompañó. Hace un par de meses cruzó la puerta de ese discreto bar-restaurante del populoso barrio zaragozano de Delicias y lo logró. Se ofreció como cocinero y, precisamente, estaban buscando a uno.

Es un establecimiento veterano, con 40 años de historia situado en el número 57 de la calle de Italia. Tras la jubilación de sus anteriores propietarios, reabrió a primeros de septiembre y al poco apareció Román bajo el nombre de Rafael. Convenció rápidamente a la dueña, Raquel Contreras, que ayer recordaba aquel día: «Vino, se presentó, se ofreció a hacer una prueba y se le contrató. Fue de lo más normal».

Y esa misma normalidad, le sirvió de eficaz camuflaje para la nueva etapa que trató de emprender en la capital aragonesa. El «rey del cachopo» decidió vivir en la misma zona en la que se había logrado colocar de cocinero. De los fogones de Casa Gerardo a la suya, situada en la calle Unceta, había pocos minutos a pie. Se fue ganando la confianza desde la discreción, el trato diario y el trabajo cotidiano.

«No decía nada, para mí era una persona normal», insistía su jefa, a las puertas del establecimiento donde trabajaba y donde fue detenido

Raquel, la dueña del establecimiento insistía en que nada en él levantaba sospecha alguna, y mucho menos del crimen por el que ha acabado detenido por el que pudo haber desaparecido. «No decía nada, para mí era una persona normal», insistía a las puertas de su bar-restaurante quien ha sido su jefa estos dos últimos meses.

Como un día más, ayer acudió puntual a su puesto de trabajo en la calle Italia, una de las vías que confluyen en la popular Plaza Roma de la capital aragonesa, una zona llena de comercios, oficinas y establecimientos de hostelería cercana a la estación.

«No puede ser»

Cuando entró a trabajar a media mañana, la Policía Nacional ya iba a por él porque la dueña del local les había avisado. «No me lo puedo creer. Es mi cocinero. Es mi cocinero», dijo al ver unas imágenes suyas en televisión que le vinculaban con elcrimen de la joven hondureña. Los agentes le advirtieron de que actuara con normalidad cuando él llegara. Ella se esmeró en contener el nerviosismo, saludó como si nada y poco después los agentes se plantaban ante él.

Pese a saberse descubierto, no perdió la compostura. Reconoció rápidamente su auténtica identidad, pidió que le dejaran recoger sus cosas y luego fue conducido a comisaría. Al marcharse se despidió gentilmente de su jefa: «Me ha dicho que muchas gracias por todo», concluyó, conmocionada.