Josep Tarradellas, en su despacho de la Generalitat, en octure 1979
Josep Tarradellas, en su despacho de la Generalitat, en octure 1979 - Luis Díez Solano

Josep Tarradellas: Honorable President, en mayúscula

Presidente de la Generalidad de Cataluña en el exilio desde 1954 hasta 1977, y de la Generalidad provisional hasta 1980

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Con la muerte de Josep Tarradellas –10 de junio de 1988– desaparecía una cierta forma de entender a Cataluña en España. El President más Honorable se iba de este mundo entristecido por la deriva de Jordi Pujol, quien le había sucedido en 1980. Nunca se llevaron bien. En 1970, el entonces banquero le ofreció ayuda económica para paliar sus estrecheces de exiliado. El President declinó el ofrecimiento que «compraba» su independencia política.

Tarradellas fue el gran estadista de Cataluña; su estatura –física y moral– recordaba al general De Gaulle. Su rigor le prevenía del entusiasmo demagógico que conduce a la frustración y al caos.

Tarradellas fue el gran estadista de Cataluña: su estatura –física y moral– recordaba a De Gaulle. "En la muerte de un gran español", titulaba ABC su portada del 11 de junio de 1988, al día siguiente de su fallecimiento.
Tarradellas fue el gran estadista de Cataluña: su estatura –física y moral– recordaba a De Gaulle. "En la muerte de un gran español", titulaba ABC su portada del 11 de junio de 1988, al día siguiente de su fallecimiento.

La crónica catalana del siglo XX, sintetizada con un sabio dictamen: «La Mancomunidad suprimida por un general al que la burguesía catalana aplaudió el golpe de estado de 1923. El Estatut de 1932 lo tiramos por la ventana el 6 de octubre de 1934. Los grandes entusiasmos, las grandes victorias de Cataluña han tenido el contrapunto de nuestras ‘rauxes’ imprevisibles».

Tarradellas no era simpático a los partidos. En 1977, Pujol declara en Le Monde que el presidente de la Generalitat desde 1954 ha de volver a Barcelona… presentar su dimisión y dejar que la Asamblea de Parlamentarios negocie con el gobierno las atribuciones autonómicas de 1932: «Tarradellas, en realidad, no es más que un símbolo de continuidad. Es una ilusión», concluía.

El President que retorna a Barcelona en 1977, no se comporta de forma diferente al joven de Esquerra que en 1932 rompe con Macià; o al que en 1934 no secunda el golpe de Companys del 6 de octubre. El desastre del 36 le vacunó contra el maximalismo: «No me gusta enfadarme nunca, siempre he procurado pactar. Y si no llego al pacto hoy, llegaré mañana o pasado mañana. La violencia no resuelve nada… No he sido nunca partidario de romper…», confiesa a Josep Maria Bricall, su hombre de confianza. El Tarradellas de la Transición identifica el bien de Cataluña con el de España. Por eso quiso hablar «de presidente a presidente» con Adolfo Suárez. Detestaba el victimismo. Si alguien disculpaba a Cataluña aduciendo que en España también se equivocan llamaba a la responsabilidad política: «Ellos se lo pueden permitir. Hace quinientos años que mandan. Nosotros hemos de demostrar que sabemos mandarnos». Su claridad molestaba a los traficantes de mitos nacionalistas de la Abadía de Montserrat y Òmnium. En sus últimos años, el político que previno de la corrupción que amparaban las mayorías pujolistas veía en Cataluña una «dictadura blanca».

Consciente de que la ruptura solo conducía a la derrota, Tarradellas concibió la Generalitat como una parcela del Estado en Cataluña y el Estatuto un pacto constitucional adaptable a cada circunstancia histórica. Los políticos en minúscula que hoy juegan a la desobediencia deberían aprender del President en mayúscula. Cataluña no tiene suficiente fuerza para alcanzar la independencia, mientras que en el resto de España tiene fuerza de sobra para evitarla. Y, a modo de corolario: en política se puede hacer de todo… menos el ridículo.