Don Juan, el hombre que se adelantó a la Transición

Hoy se cumplen 25 años de la muerte del Conde de Barcelona. Hijo de un Rey depuesto y padre de un Monarca restaurado, Don Juan llevó durante 36 años el peso de la Corona sin llegar a reinar. El martes los Reyes asistirán a una misa en su memoria en El Escorial

MadridActualizado:

Decía Don Juan de Borbón que «ni siquiera cuando estaba en el barco, en esas soledades del océano» dejaba de meditar «en las cosas de España». Quinto hijo de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, este Infante de España había nacido para marino, pero el destino le marcó otra senda: sería hijo de un Rey depuesto y padre de un Monarca restaurado, y durante 36 años, llevaría el peso de la Corona en el exilio, pero él nunca llegaría a ser Rey.

Hoy se cumplen 25 años de su muerte en la Clínica Universitaria de Navarra, donde falleció rodeado de sus seres queridos. Murió con casi ochenta años, tras haber pasado más de la mitad de su vida en el exilio, soñando con restaurar la Monarquía y la democracia en una España sin vencedores ni vencidos. Vivió lo suficiente para ver a su hijo, Don Juan Carlos, convertido en «el Rey de todos los españoles».

Con motivo del aniversario de su muerte, los Reyes Don Felipe y Doña Letizia, y Don Juan Carlos y Doña Sofía asistirán el martes a una misa en el Real Monasterio de El Escorial, donde reposan los restos de Don Juan, a la espera de ser depositados en su sepultura definitiva. Aunque nunca reinó, Don Juan Carlos quiso que su padre fuera enterrado como un Rey y, cuando se cumpla el proceso natural de reducción de los restos –todavía no ha concluido–, será trasladado al Panteón de Reyes, donde están enterrados todos los Monarcas de España desde Carlos V, excepto dos. En su futuro féretro, ya está grabado su nombre: «Ioannes III», pero debajo no pone «Hispanaie Rex» –porque nunca reinó–, sino «comes Barcinonae», el título de la Corona que él utilizó desde los años 40. Con su cuerpo y el de su esposa, Doña María de las Mercedes, ya no quedará hueco para más sepulturas en el Panteón de Reyes.

La Infanta Cristina

Ala misa del martes, que será oficiada por el arzobispo castrense, Juan del Río, está previsto que asistan familiares y personas próximas a Don Juan, así como representantes institucionales. Es muy probable que también acuda la Infanta Doña Cristina, que vive unos momentos difíciles a la espera de que el Supremo dicte la sentencia definitiva sobre su marido. Quienes no asistirán a la ceremonia religiosa son la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía, aunque será difícil que vuelvan a tener ocasión de rendir homenaje a su bisabuelo.

Don Juan nació el 20 de junio de 1913 en el Palacio de La Granja (Segovia) y tuvo que abandonar España el 15 de abril de 1931, al día siguiente de la proclamación de la República. Arrancado de su tierra, intentó proseguir su carrera de marino en la Armada británica, pero diez años después de su partida, tras la renuncia de sus hermanos mayores y la abdicación de su padre, Don Juan se convirtió en el jefe de la Casa Real española. Él tenía 27 años y España era un país arruinado y dividido por la reciente Guerra Civil.

A partir de ese momento, su prioridad fue unir en torno a la Institución monárquica a la gran mayoría de los grupos de la oposición que compartían el objetivo de restaurar la democracia. De esta forma, Don Juan empezó a allanar desde el exilio el proceso que, 35 años después, se llamaría la Transición. Para ello, puso todo su empeño en hacer de la Monarquía una institución en la que cupieran todas las opciones políticas. También quería dotar a España de una Constitución sometida «a la votación popular», aprobar una «amplia amnistía política», reconocer la diversidad de regiones que integraban España y promover una «justa distribución de la riqueza».

Todas estas ideas las defendía Don Juan desde el exilio en discursos y manifiestos, y esa forma de pensar hizo que Franco le viera, desde el primer momento, como a un enemigo. Al general le bastó conocer el Manifiesto de Lausana (1945) para excluir a Don Juan de sus planes sucesorios y cuando, dos años después, estableció por ley que España era un Reino sin Rey, añadió que a su sucesor lo propondría él.

El marino

Don Juan era un hombre campechano, expansivo y mucho más alto que los españoles de su época. Él y sus hermanos fueron la última generación de la Familia Real española que había crecido en palacios y conocido a la Corte, pero donde se sentía más cómodo era en el mar. Sorprendía que aquel hombre con modales de Rey tuviera dos dragones marinos tatuados en los antebrazos, recuerdo de sus travesías por los mares del Sur. También fumaba tabaco negro francés («Celtic») que sacaba de una pitillera de piel de cerdo, hasta que la enfermedad se le enroscó en la garganta.

Su vida estuvo jalonada de grandes gestos y renuncias. Don Juan pudo haber vivido holgadamente, pero prefirió hacerlo con austeridad y no tocar la herencia que su padre dejó en Suiza para que los sucesivos Jefes de la Casa Real pudieran representar su función con dignidad en el exilio. Y mantuvo la austeridad años después, cuando logró vender los Palacios de Miramar, en San Sebastián, y La Magdalena, en Santander, donde había pasado los veranos de su infancia.

Una vez restaurada la Monarquía, Don Juan no descansó hasta que pudo reunir en España –en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial– los restos de sus seres queridos que habían muerto en el exilio. Repatrióa su madre, la Reina Victoria Eugenia, desde Lausana; a sus hermanos Don Alfonso, Don Jaime y Don Gonzalo, fallecidos en Miami, Suiza y Austria, y a su hijo, Don Alfonsito, desde Portugal. Cuando en 1980 pudo cumplir la voluntad de su padre, el Rey Alfonso XIII, fallecido en Roma en 1941, y trasladó sus restos a El Escorial, Don Juan se cuadró ante su hijo, Don Juan Carlos, y afirmó: Majestad, misión cumplida».

Pero el gesto más excepcional de Don Juan fue la renuncia formal a sus derechos dinásticos en favor de Don Juan Carlos. El Conde de Barcelona esperó hasta asegurarse de que la democracia iba a ser restaurada y, en cuanto se convocaron las primeras elecciones –que se celebrarían el 15 de junio de 1977– viajó a Madrid desde Estoril. En una sencilla ceremonia celebrada en La Zarzuela, Don Juan hizo una profunda inclinación de cabeza ante su hijo, dio un sonoro taconazo y, con palabras entrecortadas por la emoción, afirmó: «Majestad, por España, todo por España».