Lo que Julio Verne dijo sobre Risco Caído en Canarias

Describe Artenara: «las casas de los hombres están cavadas, colocadas unas encima de otras e iluminadas por aberturas que desempeñan el papel de las ventanas»

Las Palmas de Gran CanariaActualizado:

Julio Verne disfrutó de lo lindo de las islas Canarias. El hijo del abogado de Nantes y mayor de cinco hermanos soñó con el mar y le apasionaba viajar. Así, en sus novelas «Agencia Thompson y Cía.» y «El Rayo Verde» destaca sus estancias de sus protagonistas en las islas. Fue a Gran Canaria a Tenerife. En su libro hay una crítica al turismo de masas y eso que se editó en 1907. En sus textos se describe al Teide. Pero también el recinén nombrado Risco Caído, designado este 2019 Patriimonio Mundial de la Humanidad.

En «Agencia Thompson y Cía.» Verne, un misógino de tomo y lomo que ya había ubicado a algunas mujeres en el texto de soslayo, narra el viaje de unos turistas de finales del siglo XX por el Atlántico. Uno de los lugares visitados es Canarias. «Allí, el Teide, su ascenso, se revela como una de las vías hacia ese mundo que se busca. También habla de turismo y de Canarias en la época. Sutilmente, se mete con la influencia británica en el archipiélago.

La novela comienza en Londres, donde un empobrecido profesor de francés Robert Morgand solicita en la agencia de viajes Baker & Company el puesto de guía e intérprete en un recorrido por tres archipiélagos: Azores, Madeira y Canarias. Como Morgand habla inglés, español y portugués con fluidez, fácilmente logra el trabajo. Sin embargo, en los días siguientes, Morgand ve un anuncio de una agencia rival, Thompson & Company, que ofrece la misma gira a un mejor precio.

Competencia

Ambas agencias de viajes compiten hasta que el empleador de Morgan, Baker, se ve obligado a cancelar su gira. Sin embargo, la agencia triunfante de Thompson también necesita un intérprete, por lo que Morgand inmediatamente encuentra un trabajo, aunque con mucho menos sueldo.

Morgand comienza sus servicios en el vapor Seamew. A bordo se encuentran más de cien turistas, así como el propio Thompson, propietario de la agencia de viajes. Durante el viaje queda claro que el Thompson, un empresario irresponsable y obsesionado con el dinero, no ha planeado ni el viaje por el océano ni las visitas a tierra; todo tiene que arreglarse en el acto. Los problemas se acumulan, la comida se echa a perder y los viajeros se sienten cada vez más insatisfechos en el camino desde las Azores a Madeira.

Naufragio

El viaje continúa a través de Gran Canaria y Tenerife, donde los viajeros escalan el Teide. Sin embargo, durante el viaje de regreso a Gran Bretaña, los motores del Seamew fallan y el barco se ve obligado a avanzar a un ritmo mucho más lento, impulsado solo por la vela. El barco finalmente naufraga cerca de Cabo Verde, pero los sobrevivientes llegan a la costa y finalmente a África continental, donde son capturados por los saharauis. En las siguientes aventuras, Jack Lindsay es asesinado en la batalla, pero los otros sobrevivientes finalmente son rescatados. El viaje resulta bien incluso para el Sr. Thompson, quien, a pesar de sus acreedores y pasajeros descontentos, logra astutamente escapar de la bancarrota.

Verne señala que «si los canarios no eran grandes admiradores de ese minotauro que se llama el Progreso, no debía ello causar grande extrañeza (...) la ciencia, que hizo se despreciaran sus cañas de azúcar, la ciencia, que no supo defenderse del microscópico enemigo de la vid, vino a atacarles en seguida en sus nuevas tentativas, creando los colores químicos (...) y amenaza con un último y próximo desastre a los infortunados cultivadores de cochinilla». En «Agencia Thompson y Cía» no se diferencia mucho de un paseo turístico similar a los actuales. En «El segundo secreto de Roberto Morgand», menciona algunas islas de Las Palmas.

Premonitorio

Con frecuencia se recuerda la influencia de los británicos en las islas Canarias y cuánto han escrito sobre ellas o desde ellas, como Agatha Christie. Pero no tanto se recuerda a los franceses y sus marinos y naturalistas, como Jean-Baptiste Bory de Saint-Vincent o Sabin Berthelot (aunque tiene una calle en Santa Cruz), y sus escritores, que situaron sus ficciones en las Afortunadas, ya por un conocimiento directo o bien por haber leído acerca de ellas.

Rabelais, Chateaubriand, Victor Hugo, Breton y el contemporáneo Houellebecq vienen enseguida a la memoria, pero no siempre Julio Verne. El célebre novelista no llegó a los puertos isleños, pero como con tantos asuntos tratados a lo largo de su más de medio centenar de novelas, se documentó por lo que otros habían escrito, y así fue como pergeñó «Agencia Thompson & Cía.», una entretenida novela que transcurre en parte entre Gran Canaria y Tenerife.

Al igual que otras obras de Verne, esta tiene un carácter premonitorio, pero no vinculado a la ficción científica, sino a que anticipa lo que a día de hoy es el principal motor económico canario, el turismo. Así, dos empresas de viajes londinenses, Baker y Thompson, compiten por ofrecer al menor precio una excursión a la Macaronesia: visitar Azores, Madeira y Canarias durante algo más de un mes, embarcados en un yate a vapor. Y la que se sale con la suya es Thompson, que por 40 libras incluidos todos los gastos se compromete a esta exótica travesía a bordo del «Seamew».

Risco Caído

Atravesado por un tono siempre dispuesto a cierta anglofobia por parte de Verne, el relato del viaje combina datos reales de las islas con otros fruto de la imaginación del autor, que pone a los pasajeros, en medio de una excursión al Teide —«el pico más alto del globo»—, a merced de «nubes de parásitos», unos «odiosos insectos» que no dejan conciliar el sueño a los turistas, antes de atacar la cumbre del volcán tinerfeño.

La Laguna, reconocida como Patrimonio de la Humanidad, es descrita como «una ciudad en decadencia», con muchos monumentos en ruinas y un sitio donde «la hierba verdea el piso de sus calles y hasta el techo de sus casas». Quizá se refería a los tradicionales verodes que engalanan los tejados de muchas casas antiguas canaras.

En Gran Canaria, por otra parte, se sorprende por los «excelentes caminos que rodeaban la capital» y al salir de ella se encuentra con «numerosos campesinos» montados sobre camellos, «que se han aclimatado perfectamente en Canarias».

Al subir a la cumbre, llegan a Artenara, «el pueblo más elevado de toda la isla» y poblada únicamente por carboneros trogloditas. «Tan solo la iglesia eleva su campanario al aire libre. Las casas de los hombres están cavadas, colocadas unas encima de otras e iluminadas por aberturas que desempeñan el papel de las ventanas», dice. Es la zona de Risco Caído, que Unesco ha declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad.

¿Una segunda Artenara?

Más tarde, se encuentran con «una segunda Artenara», pero poblada únicamente por negros, que atacan a los excursionistas y de los que se libran con no poco esfuerzo. «¿Qué clase de colonia es esa, negra en pleno país de raza blanca?», pregunta uno de los personajes. A lo que le responden que se trata de los restos de «una antigua república de negros» que, abolida la esclavitud «en todo país civilizado» ha perdido su razón de ser. «Pero los negros tienen cerebros obstinados y los descendientes persisten en las costumbres de sus antepasados», reflexiona finalmente otro.

«Los canarios ven con malos ojos cómo los extranjeros llegan a su país cada vez en mayor número», dice uno de los personajes en otro momento, palabras premonitorias también en este caso las de Verne, al anticipar uno de los discursos más persistentes del vicepresidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez, autor de la primera moratoria regional de priincipios de los 2000.

La novela, de unas 250 páginas, fue publicada en 1907 tras la muerte de Julio Verne, ocurrida en 1905, y su autoría es en realidad compartida, ya que el escritor la dejó inconclusa. Fue su hijo Michel quien se encargó de escribir los capítulos finales y publicarla, por entregas, en «Le Journal». Pero no caben dudas, afirman los estudiosos, de que fue su padre quien escribió los capítulos dedicados a Canarias, ya que las últimas líneas que había dejado fueron precisamente aquellas en las que los viajeros dicen adiós al archipiélago.