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Barcelona, España

La ciudad no se puede gobernar sin el PP. Así que Barcelona seguirá siendo el hueso del nacionalismo catalán

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Las metrópolis quieren el futuro abierto y las mentes despejadas, por eso la mejor Barcelona viene dándose de bofetadas con las ideologías de la esencia y del terruño. Dicho de otro modo, Barcelona es el hueso del nacionalismo catalán. ¿Fue alguna vez de otro modo? Sí, cuando un joven catalanismo político, del que ya no queda nada, aspiraba no sólo a ser «la locomotora de España», sino a tomar los mandos de un renovado Imperio español. Aquella burguesía desapareció, con todo su vigor, su amor al riesgo y su esplendor estético, hoy petrificado para distracción de turistas japoneses. Vaya usted a recordarle estas cosas al quejumbroso y plano nacionalismo contemporáneo.

Amigas del campanario, del tiempo circular y rural, fantasmales excrecencias políticas salpican aún el continente, extendiendo al infinito los posibles bastardeos del Romanticismo alemán. Son los hermanos fracasados de los últimos procesos de unificación europeos, y fracasaron porque pretendían justo lo contrario: separarse de estados nación antiguos y consolidados.

Siempre a punto de divorciarse de sí misma, siempre a un paso de la esquizofrenia política, la penúltima bajeza de la responsable y moderada coalición nacionalista CiU fue recurrir en campaña a un «¡España nos roba!» que ahora —ya en clave de gobernante— reprocha a sus más desenvueltos epígonos. En un spot televisivo, España (un personaje cubierto con la rojigualda) le agarraba al descuido la cartera a un pobre catalán y salía corriendo. Necesitan periódicamente de estas cosas para mantener vivo el sentimiento de agravio y para mantener muerta cualquier esperanza de estabilidad institucional. Pelillos a la mar; hoy Rajoy y Mas están condenados a entenderse por una poderosa razón: Primum vivere deinde philosophari. Adaptado: primero la supervivencia y después la demagogia. Los ajustes presupuestarios y las reformas estructurales son prioridades absolutas, en la Moncloa y en la Plaça de Sant Jaume.

Pero, al contrario que sus homólogos nacionalistas, la derecha española suele confundir las coincidencias estratégicas con la necesidad de actuar en Cataluña con el dinamismo de un maniquí de El Corte Inglés. No otra cosa impuso Aznar a Alberto Fernández Díaz: congelar intelectual y simbólicamente la presencia del PP en el Principado. Su sucesora en la presidencia (Josep Piqué mediante), Alicia Sánchez Camacho, no está precisamente por la labor de quedarse quieta y callada durante cuatro años para no interferir en la estrategia de entendimiento con los nacionalistas que, aun con mayoría absoluta, desea Rajoy. Lo tendrá difícil para sustraerse a las presiones que, con toda seguridad, va a recibir. Mientras, por supuesto, CiU seguirá dando pasos adelante, como siempre ha hecho, en la incansable construcción de su relato nutricio: la pequeña patria esquilmada, etc. Algún día se entenderá en Madrid que este larguísimo desencuentro es cultural, no económico.

Por justicia poética, y por merecimiento, el PP catalán cuenta hoy, en la persona de Alberto Fernández Díaz, con una baza que no existía cuando Aznar le instó a hibernar el partido hasta nueva orden. Resista o no doña Alicia las presiones, el centro derecha desprejuiciado y no nacionalista seguirá vivo en Cataluña en la voz del jefe del grupo municipal popular en Barcelona. Poca broma: con sus tres coronas —que son una sola red urbana, humana, laboral, cultural, comercial, de infraestructuras— la metrópoli barcelonesa acoge a 5'5 millones de habitantes de los 7'5 que tiene Cataluña.

Alberto Fernández Díaz acaba de comunicar su renuncia a entrar en un gobierno municipal que, empeñado en complacer al independentismo con constantes guiños simbólicos, no haría sino borrarle paulatinamente del mapa político. Pero, oh, dada la aritmética, la ciudad no se puede gobernar sin el PP. Así que Barcelona seguirá siendo el hueso del nacionalismo catalán.