Los militares del bando sublevado vigilan los movimientos de los combatientes repúblicanos desde el otro lado del Ebro - Campua | Vea el vídeo con el que el Gobierno conmemora la Constitución

La verdadera historia de los combatientes del vídeo conmemorativo de los 40 años de la Constitución

Germán y José fueron enemigos durante la contienda pero hoy, 80 años después, se dan la mano y celebran «la paz»

ZaragozaActualizado:

Bastante guerra tuvimos, aquello ya está pasado», acostumbra a decir José Mir (98 años) para esquivar conversaciones que le recuerden el dolor y el sufrimiento que le tocó vivir en la Guerra Civil. No le gusta hablar de aquello. Él es uno de los dos protagonistas del vídeo con el que el Gobierno ha querido destacar la reconciliación entre españoles que consumó la Constitución hace 40 años justos. En este vídeo, José Mir charla afablemente con Germán Visús (102 años). Desde bandos enfrentados, los dos lucharon en la Batalla del Ebro, los dos hicieron la guerra a la fuerza -no por ideológica voluntad-, y a los dos les marcó para siempre y condicionó el resto de sus vidas, aunque de forma tremendamente dispar: José, que había sido soldado republicano, tuvo que lidiar de lleno con los rigores de la posguerra; a Germán, que había luchado en el bando vencedor, le esperaba un puesto de funcionario -chófer oficial- que le procuró el régimen de Franco.

El primer carné laboral de Visús fue de la República, el segundo fue el avalado por el Sindicato Vertical del franquismo, y el último fue al servicio de la reinstaurada Generalitat catalana, a la que fue transferido poco antes de retirarse -se jubiló con 68 años-.

Movilizados a la fuerza

La Guerra Civil cazó a Germán en sus primeras horas. Tenía 20 años recién cumplidos. Vivía con su familia en Murillo de Gállego (Zaragoza) y aquel día había marchado con su grupo de amigos a disfrutar de las fiestas de la vecina localidad de Ayerbe (Huesca). En el camino de vuelta, los jóvenes fueron abordados por hombres armados. Uno de los amigos de Germán intuyó que eran falangistas y, en cuanto empezaron a ser interrogados, para salir del paso y ponerse a salvo lanzó un «¡viva la Falange!». Aquello garantizó sus vidas, pero les obligó a cumplir con la proclama: sin dejarles volver a sus casas, fueron llevados hasta Huesca para afiliarse a las filas falangistas y ponerse a disposición del bando franquista. A los dos días se les permitió recalar en sus casas. Cuando Germán llegó a la suya se enteró que el bando al que acababa de alistarse había asesinado a su único hermano varón -en la casa eran dos chicos y dos chicas-.

José Mir (abajo) y Germán Visús (arriba) se abrazan en el vídeo (izqd.)
José Mir (abajo) y Germán Visús (arriba) se abrazan en el vídeo (izqd.)

Durante la Guerra Civil cayó cuatro veces herido. Los años de frente y trinchera le hicieron identificarse cada vez más con el bando para el que luchó. Entró en Barcelona en las filas del bando vencedor y acabó como chófer oficial al servicio de los sucesivos gobernadores civiles de Barcelona. Como tal le tocó conducir hasta Hendaya, en la comitiva que arropó el histórico encuentro que mantuvieron Franco y Hitler el 23 de octubre de 1940.

Durante años, una de sus rutinas laborales consistía en conducir una vez al mes al Palacio de El Pardo, residencia de Franco y epicentro de la dictadura, en donde también les tocaba rendir cuentas periódicamente a los gobernadores civiles. Aquello, y alguna que otra cacería a la que le tocaba ir de chófer, hizo que Germán Visús coincidiera con Franco en varias ocasiones a lo largo de su vida y que incluso llegara a cruzar con él alguna palabra.

Tras la Guerra Civil se afincó en Barcelona. Se casó con Josefina, una joven de Reus cuya familia también tuvo que salir huyendo por culpa de la guerra. El matrimonio tuvo dos hijas. El marido de una de ellas, bautizada Josefina -como la madre-, desciende de Fayón y hace un tiempo decidió volver con su familia a esos orígenes. Aunque a regañadientes, Germán aceptó irse con ellos a esta localidad que sufrió de lleno la Batalla del Ebro durante la Guerra Civil. «Para Germán, que había hecho su vida en Barcelona y al que le gustaba el ambiente de esa gran ciudad, Fayón se le quedaba pequeño; pero cuando empezamos a preparar el Museo de la Batalla del Ebro se le abrió el cielo, se ilusionó y se implicó de lleno para contribuir y participar en su diseño y puesta en marcha», explica a ABC el director de este museo, José Miguel Ferragut, cuya participación también ha sido decisiva para la elaboración del vídeo en el que Germán Visús comparte protagonismo con José Mir.

Visús y Mir hicieron la guerra en estos parajes en los que han acabado coincidiendo por avatares de la vida. A ninguno de los dos les gusta hablar de la guerra, de aquellos años marcados a sangre y fuego en su memoria. «En casa era un tema tabú por lo que habían visto y pasado tanto mi madre como mi padre», indica Josefina, la hija que está al cuidado de Germán Visús. «Vale más comerte media sardina en paz que mucha carne en guerra», acostumbra a decir José Mir, según explica a ABC su hijo, que también se llama José.

Quinta del biberón

A diferencia de Germán, José sí volvió a su pueblo al acabar la guerra. En la primavera de 1938 había sido movilizado forzoso por la República en Mequinenza (Zaragoza), donde vivía con su familia. Aún no había cumplido 17 años. Formó parte de la «Quinta del biberón», llamada así por la corta edad de quienes la integraban, adolescentes a los que la República alistó y armó en sus desesperados intentos para evitar la derrota. Acabó destinado en una de las divisiones republicanas más expuestas y que mereció el apodo de «La Bruja».

Cayó prisionero en Reus durante la Batalla del Ebro, tras un episodio en el que vio morir a la mayoría de compañeros. Él fue uno de los escasísimos supervivientes. La muerte le pasó a milímetros, los suficientes para que solo le quedara como señal el roce de la metralla en un costado.

«Ese preso y Germán, que iba tras él, se tiraron a por el garbanzo, desesperados por el hambre»

Después le llegó la dureza física y moral del cautiverio. Hace escasas fechas le contó al director del Museo de la Batalla del Ebro uno de los episodios que vivió un día en el que, junto al resto de presos, estaba en la cola para recibir la comida -miseria gastronómica, correctivo digestivo-. En el plato del preso que iba delante de él cayó un poco de caldo y un solitario garbanzo. Le temblaron las manos y el garbanzo cayó al suelo. Ese preso y Germán, que iba tras él, se tiraron a por el garbanzo, desesperados por el hambre. Ninguno acertó a cogerlo a la primera y, al ver la escena, un vigilante remató la humillación aplastando intencionadamente el garbanzo bajo su bota.

La posguerra

Acabada la guerra, José Mir regresó a su Mequinenza natal, donde sigue residiendo. Fueron años duros, de posguerra que para tantos españoles llegó cargada de apuros, escasez y trabajo duro para salir adelante. A José, tras la guerra, le esperaban las minas de carbón de las que vivía esta zona de Aragón. Para complementar los cortos ingresos, el trabajo en la mina lo compaginaba con el cuidado de un puñado de tierras de la familia. Al tiempo se lesionó la espalda y no pudo seguir en la mina. Se hizo con algún campo más, y así sacó adelante a la familia con humildad y esfuerzo. José Mir se casó con Josefa, con la que sigue compartiendo su vida en Mequinenza junto a uno de sus dos hijos -el otro falleció hace años-. Allí prefiere no hablar de la guerra. «Vale más comerse media sardina en paz…».